Pero en ese caso la había abrazado, se recordó. La había agarrado por detrás y apretado contra su pecho, notando la presión de su trasero contra la bragueta. La había tocado, y había percibido el aroma de su cabello y de su piel.
Alzó la vista hacia el vistoso anuncio luminoso de Budweiser que había encima de los surtidores de cerveza. Unos tubos de neón perfilaban el coche de carrera de Dale Earnhardt Jr. Las ruedas giraban dibujando el legendario número ocho, como si Junior fuese a trescientos kilómetros por hora en el circuito Tejas Motor.
Daisy se había marchado hacía quince años, pero había algo que no había cambiado en todo ese tiempo. Le fastidiaba tener que admitirlo, pero a pesar de odiarla seguía deseándola. Todavía. Después del tiempo transcurrido. A pesar de lo que le había hecho.
No tenía ningún sentido, pero no podía negar lo evidente. La mera visión de ese vestido ajustado le provocó una erección allí mismo, en medio del Slim Clem’s. La deseaba con la misma intensa inconsciencia que cuando tenían dieciocho años: la punzada del deseo le recordaba el sabor de su boca y lo arrastraba a probarlo de nuevo sumergiéndose en las suaves curvas de su cuerpo. Pero ya no tenía dieciocho años. Tenía un mayor control sobre sus actos, y el hecho de que se le pusiese dura no significaba que tuviese que hacer nada al respecto.
No, iba a quedarse allí mismo observando con detenimiento el cartel de Budweiser tras la barra. Eso era todo. Terminaría su cerveza y se iría a casa. Si Buddy no quería irse con él, tendría que buscar a otro que lo llevase.
Cuando la banda empezó a tocar el tema No problem de Kenny Chesney, Buddy y Lily se unieron a Jack en la barra. Justo en el instante en que iba a decirle a Buddy que se marchaba, vio que Tucker y Daisy se encaminaban también hacia allí. Cuanto más se acercaba Daisy, más deseaba Jack que se hubiese quedado en la otra punta del bar. Se había pintado la raya de los ojos de color negro, los labios de un rojo oscuro y llevaba el pelo rizado y algo resuelto. Tenía esa pinta de mujer fogosa que normalmente tanto le gustaba a Jack, pero no esa noche. No, tratándose de Daisy.
– Hola, Jack -le dijo Tucker tendiéndole la mano-. ¿Cómo te va?
Jack le dio un apretón y después se llevó la cerveza a la boca.
– No puedo quejarme -respondió Jack después de beber un trago-. ¿Qué tal tu mano? -le preguntó a Daisy.
Ella cerró los dedos lentamente y le respondió:
– Mejor que ayer.
– He oído decir que Lily y tú os peleasteis con Ronnie Darlington y Kelly Newman -dijo Tucker.
– Ronnie es una rata asquerosa y Kelly una alimaña -dijo Lily.
– ¿Quién te lo dijo? -quiso saber Daisy.
– Fuzzy Wallace pasaba por Vine y os vio -le explicó Tucker.
Daisy cerró los ojos y maldijo entre dientes.
Jack paseó la mirada por su rostro, y luego le hizo un buen repaso al vestido. Debía de tener todo el cuerpo bronceado: los tirantes y los suaves bordes de las copas que elevaban ligeramente los pechos resaltaban sobre su piel. Deslizó la mirada por los corchetes que se cerraban sobre el pecho, descendió por su plano vientre hasta llegar al cinturón y se fijó en la gran hebilla plateada suspendida justo encima de su monte de venus. El vestido le llegaba hasta la mitad de los muslos, y cuando bajó hasta sus pies casi perdió el aliento. Llevaba las botas rojas con corazoncitos blancos. Recordaba perfectamente esas botas. Las llevaba siempre. Habían hecho el amor sin que se las quitase en más de una ocasión. Cuando llevaba falda, o algún vestido como el que lucía esa noche, Jack le bajaba las bragas y ni siquiera se preocupaba de las botas.
– Si tienes algún otro problema, llámame -le dijo Tucker a Daisy mientras pasaba las manos por ante la mirada de Jack.
– De acuerdo, lo tendré en cuenta -dijo Daisy. Dio un paso atrás y cogió a Jack de la mano-. Jack me prometió que bailaría conmigo. -Lo miró con aire de súplica-. ¿Verdad?
– Si tú lo dices… -musitó Jack.
– Sí -afirmó ella.
Jack tenía dos opciones: dejar a Daisy en manos de Tucker o bailar con ella. Dejó la cerveza en la barra y le pasó el brazo por la cintura hasta alcanzar el codo.
– Me temo que me falla la memoria -dijo. La agarró del brazo y la llevó hacia la pista.
La banda atacó un tema lento de los Georgia Satellite, Keep Your Hands to Yourself. Jack se detuvo en mitad de la pista y cogió la mano de Daisy. Colocó la otra en su cintura y empezó a moverse al ritmo de la música. A través del fino vestido sintió el calor de la piel de Daisy.
– ¿Vas a irte con Gooch? -le preguntó Jack.
– Me lo ha pedido. -Ella apoyó ligeramente la mano sobre el hombro de Jack-. Pero no, no voy a irme con él.
Jack se sintió aliviado, y eso no le gustó nada.
– No sé de dónde habrá sacado la idea de que podría aceptar su proposición -se preguntó Daisy.
Pasaron junto al escenario y las luces rosas destellaron en el cabello de Daisy, acariciaron su frente y sus mejillas y se adentraron por la fina abertura que habían dejado sus labios.
– Tal vez porque llevas un vestido muy ceñido -le aclaró Jack.
– No es tan ceñido.
Jack la apartó de sí un poco y después volvió a acercarla sin perder el ritmo. Sus pechos estaban a pocos centímetros de distancia, y Jack se dijo que si quería concentrarse en sus palabras, lo mejor era no acercarse más. Acarició con los pulgares la tela del vestido y le dijo al oído:
– Es tan ceñido que he podido verte el sujetador -confesó Jack.
– ¿Y por qué tenías que mirarme el sujetador, Jack?
– Aburrimiento, supongo -explicó él.
– Ah, no. -Daisy se separó lo suficiente como para mirar a Jack a los ojos-. Estás intentando imaginarme desnuda.
Jack sonrió mientras la banda cantaba algo sobre el amor verdadero y el pecado.
– Florecita, ya sé qué aspecto tienes desnuda.
Entre las sombras de la sala de baile, Jack vio que le subían los colores. Se puso colorada desde el cuello a las mejillas.
– Es curioso, yo no recuerdo qué aspecto tenías desnudo.
Daisy le miró a los ojos durante un segundo y después apartó la vista e intentó centrar la mirada en cualquier cosa que no fuera Jack.
A Daisy nunca se le había dado bien mentir. Jack no recordaba que eso le hubiera incomodado nunca antes, pero, por alguna razón, en ese momento lo hizo.
– ¿Sabías que iba a estar aquí? -le preguntó Jack.
Ella volvió a mirarle a los ojos y respondió:
– No. -No sabía si él le creía-. ¿Estarás en tu casa mañana?
– ¿Por qué? -preguntó él.
– Porque tenía pensado pasar a verte.
Jack contempló el rostro de Daisy. La sexy línea de sus ojos, sus labios carnosos.
– No recuerdo haberte invitado -espetó Jack.
– Antes dijiste que tienes mala memoria -le recordó Daisy.
– Para ciertas cosas, tal vez. Para otras, sin embargo, tengo una memoria estupenda -puntualizó él-. Por ejemplo, me acuerdo perfectamente de tus botas.
Daisy sonrió y deslizó la mano por el hombro de Jack.
– Lo sé -dijo ella-. Es alucinante que todavía me entren. ¿Te acuerdas de cuando las llevaba con mis Wranglers de color rojo?
¿«Wranglers de color rojo»? Él le hizo dar unas cuantas vueltas rápidas con la intención de marearla un poco. Él pensaba en su sujetador y no podía borrar de su mente el recuerdo de aquellas botas rozándole las orejas, pero ella sólo pensaba en cosas que a él no le interesaban en absoluto y de las que no tenía intención de hablar.
La apretó contra sí y ella dijo:
– ¿Y te acuerdas de aquella falda de campesina color fucsia? Dios mío, la moda de entonces era como una pesadilla.
¿«Falda de campesina»? ¡Ya basta de tonterías! Sólo por lo que acababa de decir iba a darle vueltas y más vueltas hasta hacerla caer al suelo. No hacía más que hablar de bobadas para sacarle de sus casillas. Como si ella no estuviese pensando también en sexo puro y duro. Como si la atracción sexual que existía entre ellos sólo fuera cosa de Jack, cuando él sabía perfectamente que ella también la sentía.