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– Ah, sí, la falda de campesina color fucsia -dijo Jack sin estar seguro de lo que era una falda de campesina. La estrechó contra su pecho todavía un poco más, hasta que sus pechos se apretaron contra él, y entonces dijo-: Recuerdo cómo te quedaba cuando te la levantabas hasta la cintura.

Daisy falló el paso y se retiró un poco para mirarle a la cara. En su boca empezó a dibujarse una sonrisa, y dijo:

– No quiero hablar de sexo.

Por lo general, a él tampoco le gustaba hablar del tema. Era un hombre más bien reservado.

– Qué lástima -empezó a decir Jack mientras deslizaba la mano hacia el final de la columna de Daisy-. Ya que tú quieres hablar conmigo, seré yo el que escoja el tema a tratar.

– En la vida hay cosas más importantes que el sexo -replicó Daisy.

Jack también lo creía, pero en ese momento no podía pensar en nada más.

– Dime una -le pidió Jack.

– La amistad -respondió ella.

– Cierto -admitió él-. Muy propio de una chica.

– No, muy propio de un adulto -lo corrigió Daisy.

Se estaba quedando con él. Hasta que volvió a aparecer por el pueblo, Jack había ido tirando con su propia vida. Ya había ingerido una elevada dosis de lo que suponía ser adulto siendo bien joven. Tras la muerte de su padre, había tenido que criar a su hermano y sacar a flote el negocio. Y ahora allí estaba Daisy, con sus botas rojas y su vestido blanco, removiendo el pasado.

– El sexo fue una parte importante de nuestro pasado, Daisy, pero por lo visto no quieres hablar de ello.

– No fue una parte tan importante, Jack.

– Ya, claro.

La canción llegó a su fin y ella se apartó de él.

– Tal vez para ti sí lo fue. Pero para mí no representó lo más importante -dijo Daisy; después volvió y se alejó de su lado.

Daisy irguió el mentón y se encaminó al lavabo de señoras. Una vez dentro, humedeció una toallita de papel y se la pasó por las mejillas. El corazón le latía en la garganta y observó su rostro en el enorme espejo que colgaba encima de los lavabos. Sus ojos brillaban tal vez en exceso. Estaba demasiado colorada. Su piel parecía extremadamente sensible; cada una de sus células había respondido a los roces de Jack. Él la había atraído hacia su cuerpo y ella se había sentido tan bien al sentir la fuerza de su pecho… Había sido un fastidio tener que prescindir de esa sensación tan pronto, pero Jack se estaba empeñando en recordarle cosas que ella prefería mantener en el olvido. Le recordaba, por ejemplo, el tiempo que hacía que no se acostaba con un hombre, o lo que era sentir aquella punzada de lujuria, caliente y vital, en los pechos y entre los muslos. Y no era sólo porque hubiese hablado de sexo, ero por él, por el contacto de sus manos, por sus pulgares rozándole la cintura, por el tono profundo de su voz junto al oído, por el aroma de su piel. De no haber acabado la canción justo cuando acabó, Daisy podría haberse consumido allí mismo, en medio de la pista de baile.

Una mujer en camiseta con flecos negros se acercó hasta donde estaba Daisy para maquillarse frente al espejo.

– Hace un calor de mil demonios ahí dentro -dijo para justificar el rubor de sus mejillas.

– Eso parece -dijo Daisy, y, tras tirar las toallitas a la papelera, abrió la puerta para salir.

Jack la esperaba apoyado en la pared de enfrente, y cuando la vio se incorporó al instante.

– ¿Cuándo vuelves a casa, Daisy? -le dijo dando un paso hacia ella.

Daisy miró por encima del hombro de Jack hacia la barra atestada de gente y respondió:

– Cuando Lily quiera.

La voz de Jack se hizo algo más grave para aclarar la pregunta.

– ¿Cuándo vuelves a Seattle?

Jack la miró con los ojos entornados. Ella retrocedió un par de pasos para no tener que inclinar la cabeza hacia arriba al mirarlo y respondió:

– El domingo.

Él dio un paso hacia delante.

– O sea, pasado mañana… -precisó Jack.

– Sí.

– Estupendo.

– Por eso tenemos que hablar mañana -añadió Daisy dando otro paso hacia atrás.

Él la siguió.

– Porque quieres que seamos amigos y charlemos sobre el pasado.

– Entre otras cosas -aclaró Daisy; sus hombros toparon entonces con la puerta, y Jack alargó la mano hacia la derecha y agarró el tirador. La puerta se abrió y la obligó a salir al exterior. La cálida brisa acarició el rostro y la nuca de Daisy y le revolvió el pelo. Jack también salió y cerró la puerta a su espalda.

La luz que había encima de la puerta pasó entre los cabellos de Jack e iluminó sus ojos verdes y también su sonrisa.

– Tú tienes tan pocas ganas de hablar como yo -dijo Jack.

– No es cierto -replicó Daisy.

Ella intentó alejarse de él pero, de algún modo, acabó atrapada contra la valla de madera que delimitaba los dominios del Slim. Se quedaron entre las profundas sombras del edificio y un enorme contenedor de basura de color azul. Gracias a Dios, en el bar no servían comidas, y el único olor preveniente del contenedor cerrado era el de la cerveza y el polvo.

Jack apoyó las manos en la pared del edificio a ambos lados de la cabeza de Daisy, que quedó atrapada entre el cuerpo de él y el contenedor.

– Nunca has sabido mentir -afirmó Jack, e inclinó la cabeza hacia ella y le dijo casi en un susurro-: No me importa que lo hayas negado toda la noche, Daisy, pero yo sé lo que quieres.

Daisy apoyó las manos en su pecho para detenerle, pero al instante supo que había cometido un error. A través de la suave tela vaquera de su camisa y de los recios músculos de su pecho pudo notar el latido de su corazón: se le calentaron las palmas de las manos y el pulso se le aceleró. Volvió la cara hacia un lado para poder respirar, pero no tuvo fuerzas para bajar las manos. Ya no.

– No lo creo -dijo Daisy.

Él le agarró el mentó suavemente con dos dedos y la obligó a mirarle.

– Quieres que te lleve a casa, o que nos echemos en el asiento trasero de mi coche, o que hagamos el amor contra esta pared, ahora mismo. -Jack le rozó los labios con los suyos, y a Daisy se le cortó la respiración-. Como en los viejos tiempos.

Uno de sus dedos se enredó con la camisa de Jack. Oh, sí. Deseaba a Jack con todas sus fuerzas, pero también le gustaba comer pastel de chocolate todos los días, y no por eso cedía a ese impulso.

– Eso no estaría bien, Jack -dijo ella.

– No, Daisy. Estaría muy bien.

Durante unos segundos recordó que había tenido ese mismo pensamiento no hacía muchas horas. Entonces volvió a rozarle con los labios y ella se estremeció. No pudo evitarlo. No estaba en su mano detener lo que parecía que iba a ocurrir. Deslizó las manos por el pecho de Jack, hacia arriba, hasta llegar a sus hombros, después descendió de nuevo hasta su vientre y la cintura de sus pantalones. Tenía tan cerca la cara de Jack que sus narices se tocaban. No podía ver con claridad sus ojos, pero sentía el peso de su mirada. Y entonces la besó. La suave presión de sus labios hizo que le flaqueasen las rodillas. Daisy abrió la boca y sus lenguas se tocaron, calientes y húmedas; y con eso bastó para que sus sentidos se colapsasen. El calor, el deseo y la gula recorrieron todo su cuerpo como una exhalación, y ella ya no podía hacer nada para detener aquel flujo. Lo único que podía hacer era seguir adelante.

Los pectorales de Jack se tensaron cuando ella deslizó las manos de nuevo hacia los hombros. Correspondió al beso apasionado de Daisy, y ella le devoró. Una lujuria sin cortapisas se abrió camino en el vientre de Daisy, empujándola a tocar el cuerpo de Jack con ansia, como si desease engullirlo primero y preocuparse por ello después. Sabía tan bien… Era un hombre sano y excitado. Aquel beso encendió todos los resortes de su naturaleza mientras le acariciaba sin descanso, enredando los dedos en su pelo y desabrochándole los botones de la camisa.