Ahora era una idiota.
La noche anterior había querido enrollarse con Jack. Hoy tenía que contarle lo de Nathan. ¿Cómo iba a poder mirarle a los ojos después de haberle besado y acariciado de aquel modo? «Oh, Dios», dijo entre dientes al recordar que le había confesado que hacía dos años que no mantenía relaciones con nadie. ¿Cómo podría enfrentarse a él después de eso?
Pues haciéndolo: no tenía otra alternativa.
Echó la almohada a un lado y salió de la cama. Bajó las escaleras vestida con los mismos pantalones de pijama que llevaba en el sueño. Después de que Jack la dejara apoyada en la pared de la parte trasera del Slim Clem’s, Daisy regresó dentro, adujo que le había sentado mal la cena y consiguió que Lily la llevase a casa. No volvió a ver a Jack, lo cual, al menos, fue de agradecer.
Su madre estaba sentada frente a la mesa de la cocina; llevaba puesto un camisón de nailon color rosa y tenía un lado de su vaporoso pelo ligeramente chafado.
La noche anterior, cuando llegaron a casa, Pippen estaba profundamente dormido, así que Lily lo dejó en casa de su abuela. Ahora estaba en la trona cerca de Louella, comiendo cereales y bebiendo zumo en su taza preferida. Llevaba su gorro de piel de mapache, su pijama con la imagen de los Blues Clues y una calcomanía en la mejilla.
– Buenos días, mamá -dijo Daisy mientras se servía una taza de café-. ¿Qué tal Pip?
– Dibujos -respondió Pippen.
– Podrás ver los dibujos cuando acabes de desayunar -le dijo su abuela; después miró a Daisy y dijo en un tono que expresaba profunda decepción-: Me han contado lo que pasó. Thelma Morgan me ha telefoneado esta mañana y me ha dado todos los detalles.
Daisy sintió que le ardían las mejillas y preguntó:
– ¿Thelma Morgan me vio?
¿Dónde se había escondido? ¿Detrás del contenedor? Sólo eran las ocho de la mañana y todo indicaba que ese día sería una auténtica pesadilla.
– Paró en el Minute Mart para tomar una taza de café y una pasta y lo vio todo -le explicó su madre.
¿Cómo era posible?
– Oh. -Daisy dejó escapar un sonoro suspiro de alivio y se echó a reír-. Eso.
– Sí, eso. ¿Qué demonios pretendíais Lily y tú? ¿Montar un espectáculo en público? -Louella le dio un bocado a su tostada y añadió-: Es para echarse a llorar.
– Paramos en el Minute Mart para tomar una Dr. Pepper -explicó Daisy, dejando de lado con toda intención la parte del acoso de Lily a su ex. Cruzó la cocina y se sentó junto a su madre-. Kelly y Ya-sabes-quién -añadió deteniéndose para mirar a Pippen- dejaron el coche en el aparcamiento, y una cosa llevó a la otra. Entonces, Ya-sabes-quién empujó a Lily.
Louella se mordió el labio inferior y dejó la tostada en el plato.
– Tendrías que haber llamado a la policía -le dijo Louella.
Probablemente.
– Ni siquiera pensé en ello -admitió Daisy-. Vi que la empujaba y perdí los estribos. No me paré a pensar, le golpeé en el ojo y le di un rodillazo en la entrepierna.
Todavía no podía creer que se hubiese comportado de ese modo.
Su madre esbozó una sonrisa y preguntó:
– ¿Le hiciste daño?
Daisy negó con la cabeza y sopló el café de su taza.
– No lo creo -respondió.
– ¡Qué vergüenza! -exclamó su madre mientras apartaba el plato de su lado-. ¿Viste a Jack?
Sí, por supuesto que lo había visto. Su pecho desnudo y su vientre sudoroso. Sus ojos entrecerrados y sus húmedos labios besándola. Pero no era eso lo que su madre quería saber.
– Todavía no le he hablado de Nathan -le respondió Daisy, y bebió un trago de café-. Voy a ir esta mañana a hablar con él.
Louella alzó una ceja y dijo:
– Lo has dejado hasta el último momento.
– Lo sé -reconoció Daisy con la mirada baja-. Antes estaba totalmente segura de haber hecho lo correcto. Creía que no haberle dicho a Jack lo de Nathan e irme a vivir a Washington había sido lo más adecuado para todos.
– Y lo fue -aseguro Louella.
– Ahora no estoy tan segura -admitió Daisy; se colocó el pelo por detrás de las orejas y tomó aliento-. Antes de venir a Lovett estaba segura. Estaba convencida de que irme con Nathan había sido la mejor elección, también para Jack. -Volvió a alzar la vista y añadió-: Siempre quisimos decírselo, mamá. Queríamos darle a Jack unos cuantos años para que recompusiese su vida y después teníamos pensado decírselo.
Pippen tiró la taza vacía al suelo y Louella la recogió.
– Lo sé -aseguró Louella, y dejó la taza sobre la mesa.
– Pero cuanto más lo retrasábamos más difícil nos resultaba hacerlo. Pasaban los meses y los años y siempre encontrábamos una excusa para no decírselo. Estaba intentando quedar embarazada otra vez, o bien Nathan parecía muy feliz y no queríamos alterarlo… Siempre encontrábamos algo. Siempre teníamos una excusa, porque ¿cómo se le dice a un hombre que tiene un hijo del que no sabe nada? -Daisy se inclinó hacia delante y apoyó los brazos en la mesa-. Ahora ya no estoy segura de haber hecho lo correcto todos estos años. Empiezo a creer que no debería haberme ido sin contárselo.
– Lo que yo creo es que ahora tienes dudas y te lo cuestionas todo -la tranquilizó su madre.
– Tal vez.
– Daisy, eras joven y estabas asustada. En su momento, fue la decisión correcta.
Ella siempre lo había creído así. Ahora ya no podía decir lo mismo. Lo único que tenía claro era que se había equivocado al esperar tanto tiempo. ¿Cómo podría corregir semejante error?
– Jack no estaba preparado para ser padre -insistió su madre-. Steven, sí.
– Siempre te gustó más Steven.
Su madre reflexionó durante unos segundos y después contestó:
– Eso no es exactamente así. Siempre pensé que Steven era el más estable de los dos. Jack era más salvaje. No puedes culpar a nadie por ser como es, pero tampoco puedes ponerte en sus manos. Tu padre también era así, y mira lo que ocurrió. Lo que nos ocurrió a todos.
– Papá no murió aposta…
– Desde luego que no, pero murió. Me dejó sola con dos niñas, un Winnebego escacharrado y trescientos dólares. -Louella sacudió la cabeza y prosiguió-: Steven estaba más preparado para cuidar de ti y del bebé.
– Porque su familia tenía dinero -dijo Daisy.
– El dinero es importante -replicó Louella y alzó la mano para evitar que su hija discutiese con ella-. Sé que el amor también lo es. Yo amaba a tu padre. Él me quería, y a vosotras también, pero el amor no pone la comida en la mesa. Con amor no puedes comprar un abrigo para el invierno o unos zapatos para ir al colegio. -Extendió el brazo y le cogió la mano a su hija-. Pero aun suponiendo que hubieses tomado la decisión equivocada, ahora no hay modo de echarse atrás. Nathan ha disfrutado de una buena vida. Steven fue un padre maravilloso. Hiciste lo mejor para tu hijo.
Las palabras de su madre hacía que todo pareciese de lo más lógico. Pero Daisy ya no estaba tan convencida de que una decisión así tuviese que basarse en la lógica. Que fuese joven y estuviese asustada justificaba que no le hubiese dicho nada a Jack en aquel momento. Pero no justificaba que callase durante quince años.
– Fíjate en Lily -dijo su madre casi en un susurro-. Su vida era un caos desde mucho antes de que Ya-sabes-quién se largase. La engañaba constantemente. Siempre estaba haciendo el loco. Nunca tendría que haberse casado con él, y ahora Pippen está pagando los platos rotos. No habla bien para la edad que tiene, y todavía tiene que llevar pañales. Ha sufrido un retroceso.
Daisy opinaba que Lily podría haberse esforzado un poco más a la hora de proteger y cuidar de Pippen, pero no había querido comentarlo con ella. Daisy no había sido precisamente una madre perfecta y no se creía con el derecho de juzgar la labor de las demás madres.