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– Voy a llamar a Nathan para recordarle la hora a la que voy a llegar mañana. -Se levantó y añadió-: Y luego iré a ver a Jack. -Si hubiese tenido alguna otra opción se habría inclinado por ella. Jack le había dicho que no pasase por su casa, y luego le había hecho esa advertencia acerca de que iba a perder el sentido. Ahora, cuando fuese a verle, ¿creería Jack que iba en busca de rollo?

Probablemente.

Se llevó el café a su habitación y telefoneó a Nathan.

– Estoy deseando que llegues -dijo Nathan nada más responder a la llamada-. Estoy deseando perder de vista a Michael Ann.

– Venga, hombre. No es tan mala -dijo Daisy.

– Mamá, todavía juega con la Barbie. Anoche me pidió que yo hiciese de Ken.

– ¿Te parece mayor para jugar con la Barbie? -preguntó Daisy.

– Sí, y Ollie intentó convencerme de que jugase a muñecas con ella -dijo con una voz teñida de indignación pubescente-. No soporto estar aquí.

– Bueno, sólo te queda una noche. -Dejó la taza sobre la mesita de noche y sacó la carta de Steven del cajón-. Mañana te llevarán a casa y yo llegaré hacia las tres o las tres y media.

– Gracias a Dios. ¿Mamá?

– Sí, cariño -le respondió Daisy.

– Prométeme que nunca más me obligarás a quedarme aquí.

Daisy se echó a reír y dijo:

– Te lo prometo si tú me prometes cortarte el pelo.

Se produjo un largo silencio y entonces el muchacho dijo:

– Trato hecho.

Tras colgar el teléfono, Daisy se dio una ducha y pensó en lo sucedido la noche anterior. Jack debía de estar furioso con ella. Con toda probabilidad se habría buscado a una mujer con la que pasar la noche. Mientras ella soñaba que volaba por encima de Lovett, Jack seguramente había estado haciendo el amor como un salvaje, con lo cual se habría olvidado de que Daisy había detenido todo el asunto antes de llegar demasiado lejos. Además una vez pasada la fiebre de la noche anterior, probablemente ni siquiera se acordaba de su amenaza.

Era curioso, pero pensar que Jack había pasado la noche con otra mujer le molestó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Al imaginárselo acariciando a otra mujer se le hizo un nudo en el estómago, cosa que no le ocurrió esa primera noche al verlo con Gina en la cocina de su casa.

Daisy se puso unas bragas y un sujetador negros e intentó analizar el cambio que habían experimentado sus sentimientos en tan breve espacio de tiempo. Se enfundó en una sencilla camiseta negra y se dijo que, cuanto más tiempo estaba cerca de Jack, más detalles del pasado salían a la palestra. Era inevitable. Había pensado en Jack como amigo durante muchos años, y después se enamoró de él. Se enamoró de él hasta el tuétano, pero, a pesar de lo que le había asegurado la noche anterior, el sexo había sido una parte importante de su pasado en común. Estar cerca de Jack despertaba sentimientos que llevaban muchos años dormidos: la vieja lujuria, la obsesión y los celos.

Había creído que podría volver al pueblo tranquilamente, contarle a Jack lo de Nathan y evitar tratar todo lo demás. Creía que todo estaba muerto y enterrado desde hacía mucho tiempo. Pero estaba equivocada. No había desaparecido en absoluto. No, todas esas cosas estaban ahí, esperándola en el punto exacto en que las había dejado cuando se fue de Lovett.

Sacó unos pantalones cortos de un cajón. Lo único que aliviaba su estado de confusión era pensar que cuando estuviese de vuelta a casa, en Seattle, todo habría acabado. No más secretos. No más confusión. No más besos con Jack Parrish.

«Daisy, si mañana apareces por mi casa voy a darte lo que andas buscando -le había advertido Jack-. Voy a follarte hasta que pierdas el sentido.»

La noche anterior, esa advertencia le había intrigado. Esa mañana le hizo recapacitar. No tenía ninguna intención de aparecer por casa de Jack para que le hiciese perder el sentido. No, eso era lo último que deseaba de Jack.

Volvió a meter los pantalones cortos en el cajón y fue a la habitación de su madre. Rebuscó en su armario hasta que encontró un vestido sin mangas de recia tela vaquera. Era tan ancho que no necesitaba ni botones ni cremalleras. Tenía bordados dibujos de Tigger y Winnie the Pooh en el pecho y alrededor del dobladillo. Con él Daisy parecía tan sexy como una profesora de guardería: no había modo de confundirlo con un vestido pensado para inspirar a que la dejasen sin sentido.

Se recogió el pelo en una cola de caballo y se puso sus chancletas negras. No podía salir de casa sin maquillarse un poco, así que se puso un poco de rimel y de colorete, y se pintó los labios en un tono rosa. Se echó un último vistazo en el espejo y llegó a la conclusión de que su aspecto no resultaba nada inspirador para un hombre. Especialmente para un hombre como Jack.

Se metió la carta de Steven en uno de los bolsillos del vestido y se hizo con las llaves del coche de su madre. Daisy estuvo todo el camino luchando contra el impulso de dar media vuelta. Ahora ya no tenía que hacer conjeturas acerca de cómo iba a sentirse Jack cuando le hablase de Nathan: le había visto jugar con sus sobrinas.

Enfiló la calle de Jack. Agarraba con tanta fuerza el volante que sus dedos habían perdido el color. Probablemente su madre tenía razón: había hecho lo que creyó más adecuado en su momento. Todo el mundo habría hecho lo mismo. Todo el mundo excepto Jack. Éste sin duda tendría una visión diferente del asunto; cuando Daisy llegó hasta Clásicos Americanos Parrish tenía un fuerte nudo en el estómago y se sentía físicamente mal.

El Mustang de Jack estaba aparcado frente a la casa y Daisy dejó el coche de su madre justo al lado. Las chancletas le iban golpeando en los talones a medida que recorría el camino hasta la puerta de entrada. La casa seguía pintada del mismo color blanco que recordaba de su infancia. Las contraventanas conservaban su color verde. También había rosas amarillas, aunque no estaban tan bien cuidadas como antaño. Ahora crecían a su aire, a excepción de los rosales que había frente al porche, que habían sufrido algunos recortes.

Daisy llamó a la puerta con mosquitero tal como había hecho hacía una semana. Esperaba que en esta ocasión Jack estuviese solo; si estaba con una mujer, se iría de inmediato.

No hubo respuesta. Metió la cabeza y llamó. Lo único que oyó fue el ligero zumbido del aire acondicionado en el oscuro interior. Volvió la cabeza hacia el Mustang de Jack y se dio cuenta de que había una luz encendida dentro del taller. Los viejos olmos que flanqueaban la calle proyectaban perezosas sombras sobre el asfalto, y una ligera brisa mecía la cola de caballo de Daisy en su camino hacia el taller mecánico. Con todo el sigilo de que fue capaz, Daisy abrió la puerta y se coló dentro. La luz que entraba por las altas ventanas dibujaba manchas rectangulares sobre los cinco coches clásicos que estaban siendo restaurados allí. A algunos les habían sacado el motor, que colgaba de unas guías, otros daban la impresión de que les hubiesen arrancado el chasis. Junto a las paredes, ocultas por las sombras del garaje, había enormes piezas de equipamiento, bancos de trabajo y herramientas. Pasó entre un Corvette abierto en canal y otro brillante y largísimo de color rojo y blanco. Las cuatro luces traseras de aquel clásico parecían otras tantas barras de carmín.

Esperaba encontrar recipientes con aceite y grasa y piezas metálicas por el suelo. No fue así. El taller estaba muy limpio (mucho más limpio que en los tiempos del padre de Jack) y olía a pino.

A pesar de su carácter, Jack había logrado hacer algo por sí mismo. Había mejorado lo que le habían dejado. Mucho más de lo que nadie esperaba de él, y a pesar del miedo que le daba hablar con él esa mañana se sintió orgullosa de Jack.

Miró hacia la puerta que conducía al despacho y se detuvo junto a la parte trasera de un coche blanco y rojo. Jack estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándola.

– Sorpresa -dijo Daisy con voz algo temblorosa; Jack había estado a punto de provocarle un ataque al corazón.