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A la luz de los fluorescentes que iluminaban el despacho, la camiseta de Jack parecía increíblemente blanca. Frunció el ceño y un mechón de pelo le cayó sobre la frente.

– No mucha, la verdad. Esas chancletas tuyas hacen mucho ruido -dijo Jack.

Daisy miró hacia el suelo y después volvió a mirar a Jack.

– ¿Te estabas escondiendo de mi? -le preguntó ella.

Jack negó muy despacio con la cabeza y respondió:

– A decir verdad, no.

Parecía muy tranquilo, pero la tensión que había entre ellos era evidente. Jack la miraba intensamente; paseó los ojos por su vestido y esbozó una sonrisa burlona.

– El taller ha cambiado mucho -dijo ella rompiendo el silencio-. Debes de sentirte orgulloso, Jack.

Volvió a mirarle a la cara y al dejar caer los brazos a los lados, le dijo:

– No has venido aquí para decirme eso.

– No -admitió Daisy.

Jack se apartó de la puerta y se acercó a ella. El eco de sus botas tenía un tono amenazador. Daisy se agarró a uno de los alerones rojos del coche para obligarse a no salir corriendo.

– Te advertí lo que sucedería si venías aquí hoy -recordó Jack.

No tuvo que preguntarle a qué se refería. Lo sabía perfectamente. Daisy sentía el corazón en su garganta.

– He venido a hablar.

– Entonces no tendrías que haberte vestido así -le insistió Jack.

Daisy observó el vestido de su madre y preguntó:

– ¿Te refieres a esto? -A pesar del nudo que le oprimía la garganta, Daisy se rió-. Es horrible.

– Por eso. Está pidiendo a gritos que te lo quite y lo eche al fuego. -Jack estaba tan cerca de ella que Tigger y Winnie the Pooh casi le rozaban la camiseta.

Por encima del hombro de Jack, Daisy vio el póster de una mujer semi desnuda acostada sobre el capó de un Nova.

– Tenemos que hablar ahora mismo -insistió Daisy.

Jack le pasó la punta de los dedos por el mentón para obligarla a mirarlo y le dijo:

– Ahora no. -Repasó la línea de la mandíbula de Daisy con el dedo e inclinó la cabeza hasta que sus narices se tocaron-. Incluso con ese ridículo vestido me pones a cien. -A Daisy le dio un vuelco el corazón; apenas podía respirar-. Eres incluso más guapa ahora que antes. Y ya entonces eras tan guapa que me dolía mirarte. -Le acarició los labios con los suyos y le besó un extremo de la boca-. Me he pasado la mañana deseando y temiendo que cruzases esa puerta. -Le rozó la mejilla con los labios-. No tendrías que haber vuelto, Daisy Lee. Tendrías que haberte quedado donde estabas, pero no lo has hecho. Ahora estás aquí y no puedo pensar en otra cosa que en poseerte. Adentrarme en tu húmedo y cálido interior, donde sé que deseas que esté. -Le tocó el lóbulo de la oreja con la punta de la lengua y a Daisy se le cayó el bolso al suelo-. La primera noche que te vi me dije que esto no ocurriría. Pero me equivoqué, Daisy.

La calidez de su aliento se extendió por su cuello y le recorrió la piel de todo el cuerpo. El deseo le endureció los pezones y le humedeció la entrepierna. Tenía que detener aquello de inmediato o se dejaría ir.

– Jack, escucha… -le rogó Daisy.

– Esto era inevitable desde que pusiste el pie en el pueblo. Estoy cansado de oponerme -dijo Jack interrumpiéndola al tiempo que le colocaba la palma de la mano en su mejilla y le acariciaba la sien con el pulgar tratando de calmarla-. Dime que tú también lo sientes. Dime que tú lo deseas tanto como yo.

– Sí, pero…

– Podemos hablar después… Después de hacer el amor -insistió él.

Daisy apoyó las manos en el pecho de Jack, sobre su camiseta. Sus músculos se tensaron y todo en su cuerpo pareció paralizarse; excepto su corazón, que latía tan rápido como el de Daisy. Si hacían el amor, resultaría todavía más difícil hablarle de Nathan. No tomó la decisión de manera consciente; simplemente se dejó llevar. El deseo que sentía era demasiado potente para rehuirlo por más tiempo. Hacía más de dos años que no estaba con un hombre que la desease, y no disponía ahora de fuerza de voluntad suficiente para resistirse a Jack. Tenía razón, era inevitable.

– ¿Me prometes que después hablaremos? -le rogó Daisy.

– Dios, sí -respondió Jack con ímpetu agarrándola por el vestido-. Lo que tú quieras, Daisy.

Durante días, el cuerpo de Daisy había respondido a la presencia de Jack como si reviviese la pasión que él le había hecho sentir. Y ahí estaban ahora. Uno enfrente del otro. Daisy se apartó ligeramente, le miró a la cara y le preguntó:

– Anoche, cuando te fuiste, ¿acabaste con otra mujer?

– Casi, pero te deseaba a ti.

Le sacó el vestido por encima de la cabeza y lo lanzó sobre el Corvette. Ella no intentó detenerlo y la camiseta que llevaba debajo fue a reunirse con el vestido. Daisy estaba en bragas, sujetador y chancletas, iluminada por la luz del sol que entraba por las ventanas. Sin darle tiempo a pensar, Jack la apretó contra su pecho y Daisy casi perdió el contacto con el suelo. Ella le pasó los brazos alrededor del cuello, y cuando sus senos se aplastaron contra el pecho de Jack él inclinó la cabeza y la besó con pasión.

Incapaz de contenerse, Daisy se vio inmersa en un torbellino de lujuria y deseo. Y le gustó. Tal vez incluso demasiado. El roce carnal de la lengua de Jack provocó una respuesta por su parte igualmente carnal. Al sentir el algodón de la camiseta de Jack y el roce de sus Levi’s contra la piel desnuda, un escalofrío recorrió su espalda. Ella enredó los dos dedos en su pelo mientras él la besaba sin descanso. Se apretó contra él, intentando sentirle todavía más. Le deseaba con tal intensidad que su piel parecía en carne viva.

Hacía tanto tiempo. Demasiado tiempo para ir despacio. Un gemido de frustración se ahogó en su garganta al volver a apoyar los pies en el suelo. Daisy sintió la dura erección de Jack contra su vientre mientras le lamía la piel del cuello.

– Sabes bien. Quiero comerte de arriba abajo -le susurró Daisy.

– Oh, sí, Daisy -gruñó Jack mientras sus manos recorrían la espalda desnuda de Daisy…

Tiró de la goma que le sujetaba la cola y dejó que el pelo le cayese sobre los hombros. Tiró de un par de mechones para que echase la cabeza hacia atrás y la besó de nuevo. Con la mano libre se encargó de desabrochar el sujetador. Tiró de él y acabó lanzándolo sobre el maletero del coche blanco y rojo. Siguió besándola mientras le abarcaba los pechos con las manos. Sus pezones se apretaron contra las palmas de sus manos, y Daisy deslizó las suyas por debajo de la camiseta de Jack para acariciarle el pecho, el vientre y la espalda.

Él llevó las manos hacia el trasero de Daisy y aferró sus nalgas. La alzó y la apoyó en el maletero del coche, y Daisy colocó los pies descalzos sobre el parachoques cromado. Al notar el frío del metal, abandonó por un momento la nube en la que se encontraba, y se dio cuenta de que estaba sentada bajo un rayo de son, sin otra cosa encima más que sus bragas. Se cubrió los pechos con las manos.

– ¿Qué coche es éste? -preguntó Daisy para disimular su repentina incomodidad.

– Lo que tienes debajo es un Custom Lancer -respondió Jack quitándose la camiseta y lanzándola hacia donde yacía el vestido-. Me parece de lo más apropiado para hacerte lo que tengo pensado.

Ella se mordió el labio y preguntó:

– ¿Qué es lo que tienes pensado?

– Vamos a probar los niveles de suspensión. -Jack le separó las rodillas y se colocó entre sus muslos-. Baja las manos, florecita.

Cuando dio a luz a Nathan sus pechos habían crecido bastante y ya no habían vuelto a perder volumen.

– Son más grandes que antes -le dijo Daisy.

– Ya me he dado cuenta. -Jack la agarró por las muñecas y añadió-: Quiero comprobar si sigues teniendo aquella pequeña marca en forma de chupetón.

– Sí.

No la obligó a bajar las manos, simplemente se limitó a decir: