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– Enséñamela.

– Tengo estrías -le advirtió Daisy. Las finas líneas blancas apenas resultaban visibles, pero estaban ahí.

– Quiero verte entera, Daisy.

– Me he hecho mayor, Jack -se lamentó ella.

– Yo también.

Daisy se inclinó hacia delante y le besó en el hombro desnudo.

– No, estás mejor que antes -dijo Daisy. Le besó en el hueco de la garganta y él apartó las manos de los senos de Daisy y las colocó en la cintura de su pantalón.

– Desabróchamelo -dijo Jack apasionadamente. Introdujo la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y extrajo un condón que dejó encima del maletero del Custom.

Daisy se peleó con el botón metálico hasta que lo abrió. No llevaba ropa interior; abrió poco a poco la cremallera y dejó al descubierto la línea de vello que iba desde el ombligo hasta la ingle. Daisy levantó la mirada y la clavó en su rostro mientras introducía la mano dentro del pantalón. Presionó su duro pene con la palma de la mano y Jack la miró fijamente: sus ojos ardían de pasión.

– Sácala -dijo Jack con voz algo ronca.

Tiró del pantalón y se lo bajó hasta los muslos. Su erección saltó hacia ella, apuntándola como una figura de mármol grande y suave. Ella aferró su miembro con la mano. Notó su calor mientras recorría su alargada forma. Daisy se deslizó hasta sentarse en el parachoques y lo besó en la punta. No había planeado hacerlo, pero hacía mucho tiempo que ella no pasaba por algo así y el ansia la dominaba. Quedaba un resto de humedad en la hendidura y ella lo lamió. Olía bien. Y sabía aún mejor, y era más grande de lo que ella recordaba. Aunque tal vez simplemente lo había olvidado.

Él gruñó de placer, un placer que ardía en lo más profundo de su pecho, y le apartó a Daisy el pelo de la cara. Ella alzó la mirada y le miró a los ojos al tiempo que se llenaba aún más la boca. Respiró hondo por la nariz.

– Ah, Daisy -susurró Jack echando la cabeza hacia atrás. Había sido él, muchos años atrás, el que le enseñó a darle placer de ese modo. No había olvidado sus consejos. Con una mano le acarició el muslo y después le apretó la nalga. Con la otra mano abarcó los testículos. Con la lengua notó el pulso de Jack justo encima del glande.

A Daisy le dio la impresión de que apenas había empezado cuando Jack la obligó a retirarse.

– No quiero acabar así -dijo Jack, y volvió a sentarla sobre el maletero del coche. Hizo que se tumbase y le sacó las bragas. Después se colocó entre sus piernas. Con la mirada recorrió su rostro, su cuello y sus pechos. Se inclinó hacia delante y se acopló entre sus muslos-. Haces que vuelva a sentirme como un adolescente -le dijo apoyando todo su peso en los antebrazos, cerca de los hombros de Daisy-. Como si fuese a correrme antes de que empiece lo bueno.

Ella arqueó la espalda y dijo en un gemido:

– Entonces empecemos con lo bueno.

– Daisy.

– ¿Mmm?

Jack besó la marca de nacimiento de Daisy y rozó con los labios sus pezones.

– Tus pechos son tan hermosos como siempre.

Ella se habría reído o habría hecho algún comentario, pero Jack abrió la boca y le abrazó con los labios el pezón. Así que Daisy no habló, se limitó a mesarle el pelo con los dedos. Daisy cerró los ojos y dejó que las oleadas de sensaciones recorriesen su cuerpo hasta que empezó a temer ser ella la que se corriese antes de que empezase lo bueno.

– Daisy, abre los ojos y mírame.

Así lo hizo. Y Jack, a su vez, le dedicó una mirada intensa y enfebrecida. Agarró el condón y abrió el envoltorio.

– Quiero ver tu cara cuando esté dentro de ti -le dijo Jack, y se colocó el preservativo haciéndolo rodar por su falo hasta tocar el vello púbico. Pasó las manos por debajo de las nalgas de Daisy y tiró de ella hasta colocarla en el borde del maletero-. Y quiero que me veas.

Daisy se sumergió en los profundos ojos verdes de Jack, tan familiares para ella.

– Te estoy viendo -le dijo cuando Jack la agarró por los muslos.

La penetró con un movimiento suave pero directo que le llegó al cérvix. Jack apretó los muslos con más fuerza y ella arqueó la espalda. Daisy gritó de placer y dolor, no estaba segura de cuál de las dos sensaciones era más aguda.

– Mierda -dijo Jack entre dientes, y después enmarcó con sus manos la cara de Daisy-. Lo siento. -La besó en la mejilla y en la nariz y susurró junto a su boca-: Lo siento, Daisy. Lo siento. Ahora no te haré daño. Te lo prometo. -Se retiró y volvió a entrar con más cuidad.

Daisy pensó en lo bien que cumplía Jack sus promesas. Muy despacio, le proporcionó un increíble placer mediante cuidadosas embestidas.

La miró a los ojos sin dejar de moverse y le preguntó:

– ¿Mejor ahora?

– Mmm, sí.

– Dímelo -le pidió él.

– Magnifico, Jack. -Se adueñó de ella una sensación de ingravidez y se agarró a los hombros de Jack-. No pares. Hagas lo que hagas, no pares.

– No tengo intención -le aseguró él mientras iba inclinando la pelvis hacia arriba sin dejar de entrar y salir.

Una oleada de calor que nacía en el punto en el que ambos cuerpos se unían recorrió la piel de Daisy, y apretó los dedos con fuerza. Ese ritmo pausado la estaba poniendo a cien.

– Más. Dame más, Jack.

La besó en la frente y su aliento le acarició la sien. Empezó a embestir más rápido, con más fuerza. Adentro, afuera… Llevándola hacia el clímax.

– Daisy Lee.

El nombre de Daisy en los labios de Jack sonó a pregunta, como si desease que ella se acercara todavía más. Daisy no atendía más que a su creciente placer, hasta que abrió la boca y soltó un grito. El sonido se ahogó en su garganta mientras las oleadas de satisfacción se sucedían en su interior. Sus músculos se contrajeron, atrapando a Jack con fuerza.

No se detuvo, sino que siguió bombeando. El cálido aliento continuó acariciando su sien hasta que, finalmente, Jack la embistió con tal fuerza que Daisy fue a parar a la parte de arriba del maletero. Gritó su nombre y el de Dios en una sola e indescifrable sentencia. La apretó contra su pecho, como si desease absorberla y la penetró una última vez. Un profundo sonido resonó en su garganta, un sonido a medio camino entre un gruñido y una exclamación.

Daisy vio manchitas al cerrar los párpados y empezaron a zumbarle los oídos. Iba a perder el sentido. Encima del Custom Lancer. Iba a pasarle. Tal como Jack le había dicho, y no le importaba lo más mínimo.

Sin embargo no se desmayó. En realidad, no. Pero estaba tan mareada que temía moverse. Hacía tanto tiempo que no practicaba el sexo que había olvidado lo bueno que podía llegar a ser. Y, por descontado, en esta ocasión lo había sido. Aunque, en el punto donde seguían unidos, todavía sentía un hormigueo. Eso lo había olvidado. O tal vez nunca le había ocurrido antes.

Jack permaneció dentro de su cuerpo, con el pecho apretado contra sus senos y la frente recostada en el coche, junto a su oreja derecha. Podía sentir el latido de su corazón.

Daisy abrió los ojos y observó el lucernario sobre sus cabezas. Jack Parrish la había llevado a un lugar en el que jamás había estado. Le había proporcionado un orgasmo devastador que le había hecho contraer los dedos de los pies y casi le había hecho perder la conciencia. No sabía qué pensar. De hecho, apenas podía pensar. Estaba completamente anonadada.

Jack se alzó apoyándose en los antebrazos y la miró a la cara. Una lenta sonrisa de satisfacción fue dibujándose lentamente en su rostro.

– Vaya. Eres incluso mejor que a los dieciocho -dijo Jack asombrado.

Daisy observó aquellos ojos verdes tan seductores y volvió a sentirse viva. Pues había estado muerta interiormente durante mucho tiempo y ni siquiera lo había sabido hasta ese momento. Fue como ver la luz del sol después de haber estado atrapada en la oscuridad. Una emoción incontrolable la invadió, e hizo lo peor que podía hacer.