Se echó a llorar.
Capítulo 10
Nadie había llorado nunca delante de Jack. Al menos justo después de hacer el amor con él. Por Dios, pero si Daisy ni siquiera había llorado la noche en que él le arrebató la virginidad.
Dejó la camiseta sobre la encimera de la cocina y miró de medio lado a Daisy, que estaba al otro lado de la habitación, con los brazos cruzados, mirándose los dedos de los pies. Jack recordó la noche que había vuelto a verla tras su regreso, con su chubasquero amarillo. Ahora llevaba un ridículo vestido con dibujos de Winnie the Pooh, el mismo que le había ayudado a ponerse hacía unos minutos.
Esa mujer iba a volverle loco. Hacía sólo unos instantes estaba disfrutando, jadeando, arañándole de placer y pidiéndole cada vez más. Y ahora lloraba como una magdalena. ¿Qué demonios había ocurrido?
Jack se había excusado y la había dejado unos segundos para ir a tirar el preservativo al lavabo de empleados, y cuando regresó Daisy se estaba peleando con el vestido, buscando sin éxito el agujero por donde meter la cabeza. Jack estaba convencido de que si hubiese podido vestirse con rapidez Daisy ya se habría ido. Y tal vez habría sido lo mejor.
Estaba tan nerviosa que tuvo que ayudarla a ponerse el vestido, a pesar de que lo que a él le habría gustado hubiese sido tirarlo a la basura. Le colocó el bolso en el hombro y, en lugar de dejar que se marchase, tal como habría actuado con cualquier otra mujer histérica que se le hubiese puesto a llorar, la llevó a su casa. No sabía decir por qué. Tal vez debido a que le había prometido que hablarían después de hacer el amor.
Sí, era por eso, pero ahora que tenía la mente despejada no le apetecía en absoluto escuchar lo que ella pudiese decirle. A menos que tuviese que ver con el hecho de haber hecho el amor.
Jack creía que el deseo que sentía por Daisy desaparecería una vez hubiesen hecho el amor. No fue así, y eso le molestó porque no quería ponerse a pensar lo que eso podía significar. No quería sentir nada por Daisy. Ni siquiera deseo.
Abrió la nevera y sacó un cartón de leche. Antes de que su mente empezase a especular con la posibilidad de llevarla a su dormitorio, se detuvo y se dijo a sí mismo que Daisy estaba alterada, hecha un mar de lágrimas y, sobre todo, que era Daisy Monroe. Tres razones de peso para quedarse en la cocina y meterse las manos en los bolsillos.
– Antes de disculparme -dijo Jack mientras cerraba la puerta de la nevera con el pie- me gustaría saber de qué tengo que disculparme.
Daisy le miró. Tenía dos borrones oscuros bajo los ojos enrojecidos y la cara hecha un desastre.
– No has hecho nada, Jack.
Él tampoco creía que hubiese hecho nada malo, pero cuando se trataba de mujeres uno nunca podía estar seguro del todo. Si no había ningún problema, lo inventaban.
– ¿Quieres beber algo? -Le ofreció Jack, pero Daisy negó con la cabeza y él, sin dejar de observarla, se llevó el envase de la leche a la boca. Dejó de beber y se enjugó los labios. Tal vez había sido demasiado rudo. Había olvidado que Daisy llevaba mucho tiempo sin hacer el amor-. ¿Te he hecho daño?
Ella se pasó la m ano por las mejillas y dijo:
– No.
Jack dejó la leche sobre la encimera y abrió un armario. Llenó un vaso con agua y hielo y cruzó la cocina para dárselo. Le rozó los dedos al pasárselo y le preguntó:
– ¿Por qué lloras, Daisy?
– No lo sé -respondió ella.
– Yo creo que sí lo sabes -aseguró Jack. Daisy tenía una pinta horrible. Parecía asustada, pero, por alguna razón, lo único que asustaba a Jack en esos momentos era lo mucho que seguía deseándola-. Dímelo, Daisy.
Daisy le dio un largo trago al vaso de agua y, después, apoyó el frío cristal en su mejilla y reconoció:
– Me da mucha vergüenza.
Y se puso roja como un tomate.
– Cuéntamelo de todos modos. -En lugar de mantener cierta distancia tal como debería de haber hecho, Jack se inclinó hacia ella.
Daisy alzó la vista, le miró por el rabillo del ojo y se fijó entonces en la caja con la imagen del Monstruo de las Galletas que había sobre la encimera.
– ¿El Monstruo de las Galletas? -preguntó Daisy.
– Las hijas de Billy me la regalaron las pasadas Navidades junto con una bolsa de galletas Oreo. Pero no cambies de tema.
Daisy mantuvo la vista clavada en la caja, respiró hondo y admitió:
– Había olvidado lo que era el sexo. -Se encogió de hombros y luego prosiguió-: Tú me lo has recordado.
– ¿Eso es todo? -Preguntó Jack, que estaba convencido de que tenía que haber algo más.
– Bueno, no ha estado mal -dijo Daisy.
– Daisy, ha estado mejor que bien. -La corrigió Jack.
Habían hecho el amor con la urgencia de dos hambrientos en un buffet libre. Las bocas, las manos enfebrecidas, dominadas por un ansia insaciable. Daisy se había mostrado mucho más excitada que cualquiera de las mujeres con las que había estado, y lo había arrastrado a él hasta un orgasmo que le atravesó el cuerpo de arriba abajo.
Era una suerte que Daisy se fuera al día siguiente, porque a pesar de que se repetía una y otra vez que no iría tras ella de nuevo, no podía asegurar que no se estuviese mintiendo.
– Decir que ha estado bien es como decir que Río Grande es sólo un río. Decir eso es no decir nada. -Jack le cogió la barbilla y la obligó a mirarle. Se le habían pegado las pestañas. La acarició con las puntas de los dedos y después apartó la mano-. ¿Por qué has pasado tanto tiempo sin practicar sexo?
A Daisy le subieron todavía más los colores y espetó:
– Eso no es asunto tuyo.
– No has hecho nada en dos años, pero te has enrollado conmigo. Creo que eso lo convierte en asunto mío.
Daisy frunció el ceño y dejó el vaso sobre la encimera. Cuando Jack creía que ya no iba a contestar, ella dijo:
– Durante el último años y medio de su vida Steven no pudo hacerlo.
Eso sorprendió a Jack, que preguntó:
– ¿Y tú no buscaste nada por ahí?
– Por supuesto que no. ¡Vaya pregunta! -dijo Daisy algo ofendida.
Tampoco había dicho algo tan extraño. Al fin y al cabo, quince años atrás Daisy se había casado con Steven a pesar de estar acostándose con Jack.
– Algunas mujeres lo habrían hecho -aseguró él.
– Yo no. Siempre le fui fiel a Steven.
– Murió hace siete meses -le recordó Jack.
– Casi ocho -precisó Daisy.
– Ocho meses es mucho tiempo sin mantener relaciones -aseguró Jack.
Daisy se quedó mirando la boca de Jack y luego pasó los ojos por su garganta, hasta detenerse en su pecho.
– Tal vez para algunas personas sí -dijo entonces Daisy.
– Para algunas no, para la mayoría.
Daisy apartó la vista y dijo:
– Ya sabes lo que dicen: «Si no lo haces te olvidas.» Es cierto.
– Pues está claro que tú no te has olvidado.
Daisy cogió el vaso y lo llevó al fregadero. Miró por la ventana, hacia el jardín, y dio un largo trago de agua. Bajó el vaso, apoyó las manos en la encimera, y dijo:
– Durante un tiempo, lo olvidé. Cuando vives con alguien que se está muriendo el sexo deja de ser una prioridad. Créeme. Tu vida se centra en visitas a médicos y búsqueda de nuevas terapias. Intentas encontrar la medicación adecuada para combatir los ataques y el dolor.
Jack observó detenidamente a Daisy. No quería conocer todos esos detalles, no quería sentir lástima por Steven, pero aún así no pudo evitar preguntar:
– ¿Sufrió mucho?
Daisy se encogió de hombros.
– Nunca he querido admitirlo, pero sí. Cuando le preguntaba se limitaba a agarrarme del brazo y decirme que no me preocupase por él. -Dejó escapar una risotada más bien amarga-. Yo fingía no preocuparme y él, que todo iba bien. A él se le daba mejor.
– Steven siempre fue mejor que nosotros fingiendo -recordó Jack. Durante años Steven había aparentado que Daisy era sólo una amiga para él. Su colega. Steven había sabido montárselo mejor que Jack.