Выбрать главу

Ella asintió.

– Fingió hasta el último momento -dijo-. Entró en coma y esa misma noche murió. Estaba en casa. -Volvió ligeramente la cabeza y sus miradas se encontraron-. Nathan y yo le vimos soltar el último suspiro. Ser testigo de algo así te cambia para siempre. Ves con mayor claridad cuáles son las cosas realmente importantes. -Tragó saliva con dificultad-. Te das cuentas de que hay cosas que deben hacerse bien.

Jack estaba inmóvil, tenía un nudo en el estómago. Las palabras de Daisy le habían afectado mucho más de lo que habría esperado. No había visto morir a sus padres, y estaba agradecido por ello. Ya tenía suficientes recuerdos desagradables.

– ¿Sabías que el interior de algunos ataúdes está recubierto de un acolchado? -preguntó Daisy.

– Sí -respondió Jack. Billy y él habían tenido que elegir dos. En aquel momento, Jack no disponía de dinero suficiente como para afrontar un gasto excesivo. Sus padres fueron enterrados en ataúdes baratos pero con unas bonitas almohadas de raso-. Lo sabía.

– Oh, claro -exclamó Daisy mientras volvía a mirar por la ventana-. Recuerdo el entierro de tus padres. Eras demasiado joven para tener que pasar por algo así. En ese momento no me di cuenta de lo duro que puede llegar a ser. Ahora lo sé.

Jack caminó unos pasos hasta colocarse a la espalda de Daisy y alzó las manos con la intención de cogerla por los brazos. Pero antes de llegar a tocarla se lo pensó mejor y volvió a bajar las manos.

Daisy sacó el sobre del bolsillo de su horrible vestido y lo dejó junto al fregadero.

– Ésta es la carta de Steven de la que te hablé -le dijo.

Jack no quería leerla y se sentía mal por ello. Sin embargo, se negaba a rememorar el agujero negro que había sido su pasado.

– Steven y yo nunca quisimos hacerte daño, Jack -dijo ella-. Éramos buenos amigos, y nuestra amistad jamás debería haber acabado de ese modo. Éramos jóvenes y estúpidos. La noche que vinimos a verte sigue siendo uno de los recuerdos más negros de mi vida. -Daisy hizo una pausa y añadió en un susurro-: Aquella noche también llevabas una camiseta blanca.

Sí. Era una noche de luna llena. Le había pedido a Daisy que no lo abandonase. Le había pegado una buena paliza a su mejor amigo, y ahora ese amigo estaba muerto. Algo en su interior también murió aquella noche. Por alguna razón, hablar de ello esa mañana lo hacía más real de lo que lo había sido durante muchos años.

– Ya basta, Daisy. -Jack la agarró de los brazos, por debajo de las mangas de la camiseta-. No digas nada más.

– Tengo que hacerlo Jack. -Daisy le miró por encima del hombro y prosiguió-: Cuando me dijiste que necesitabas que nos separásemos durante un tiempo, me asusté. No supe qué hacer. Tienes que entender lo asustada que estaba…

Él le alzó la barbilla con los dedos y la besó, silenciando de ese modo sus palabras. La atrajo hacia su pecho desnudo y le pasó las manos alrededor de la cintura. No quería oír ni una palabra más; sólo deseaba sentir. Sentir el cuerpo de Daisy contra el suyo. Desnudos. Quería que el sexo volviera a sumirlo en la inconsciencia hasta lograr echar a Daisy de sus pensamientos. Hasta quitársela de la cabeza.

En un principio, Daisy no hizo nada, pero cuando Jack suavizó la intensidad del beso, ella separó ligeramente sus labios. Era una silenciosa invitación a seguir adelante.

Sonó el teléfono pero Jack no se inmutó. Lo oía sonar mientras introducía la lengua en la boca de Daisy y disfrutaba de su calidez y su dulzura, tal como lo había hecho hacía unos instantes, encima del maletero del Custom Lancer. Daisy sabía a cosas durante largo tiempo olvidadas: su suave piel, el deseo y la lujuria, y también el amor que le había partido en dos el corazón.

Jack dejó a un lado todos esos recuerdos y abarcó uno de los pechos de Daisy con la mano. Dejó que el teléfono siguiera sonando y se colocó entre sus piernas.

– Daisy -dijo junto a su oído inspirando profundamente para percibir el perfume de su cabello-. Vamos a mi cama. Deja que te recuerde una vez más lo que es el sexo.

El teléfono dejó de sonar, pero empezó otra vez casi al instante. Daisy se libró de su abrazo y cruzó la cocina.

– Tal vez sea algo importante -dijo Daisy.

Tenía una idea de quién podía tratarse. Buddy Calhoun le había dicho que pasaría para recoger el Corvair Monza del taller y se lo llevaría a su garaje de Lubbock. Buddy era uno de los mejores mecánicos del estado, y uno de los pocos restauradores a los que Jack se atrevía a confiar sus coches. Pero en ese momento lo importunaba. En lugar de ir tras Daisy, se acercó al teléfono con paso firme.

– Mas vale que sea importante -dijo Jack tras descolgar el auricular.

– Hola -dijo una voz femenina-, soy Louella Brooks. ¿Está Daisy ahí?

Jack miró a Daisy.

– Ah, hola, señora Brooks. Sí, aquí está.

Daisy cruzó la cocina y cogió el teléfono.

– ¿Sí? -Alzó la mirada y frunció el ceño-. ¿Cómo? ¿Qué ha pasado? ¿Está bien? -Enarcó las cejas-. Bien. ¿Dónde está Pippen? -Se llevó una mano a la cara-. Gracias a Dios. -Hizo una pausa y añadió-: De acuerdo. Ahora mismo voy. -Colgó el auricular y se volvió hacia Jack.

– ¿Qué sucede?

– Mi hermana ha perdido definitivamente la cabeza. Eso es lo que sucede -respondió Daisy mientras se dirigía hacia la encimera para recoger su bolso.

Jack intentó olvidarse del dolor que sentía en la entrepierna y mientras alargaba el brazo para hacerse con su camiseta y ponérsela, inquirió:

– ¿Lily está bien?

– No, está loca. ¿Qué hacían ella y mi madre antes de que yo viniese? -preguntó distraída mientras buscaba las llaves dentro del bolso-. ¿Ir por ahí haciendo cosas raras? ¿Qué van a hacer cuando me vaya? -Cruzó la cocina y el salón-. Dios mío, al parecer soy la única que tiene la cabeza sobre los hombros aquí. ¿Qué te parece?

Jack no respondió, supuso que se trataba de una pregunta retórica y no quería preocuparla más.

A través del mosquitero de la puerta, Jack la vio subir al coche de su madre y alejarse. El destello de las luces de freno del Cadillac y el chirriar de las ruedas al voltear la calle… era lo último que Jack esperaba ver o escuchar de Daisy Monroe.

Jack regresó a la cocina. Metió la leche en la nevera y posó la mirada en el sobre blanco que había dejado Daisy. La carta de Steven. La cogió y le echó un vistazo. Llevaba su nombre escrito en mayúsculas.

Abrió la puerta de un armario y dejó el sobre entre dos paquetes de café. Algún día la leería. Pero todavía no. Al menos mientras tuviese tan fresca la imagen del cuerpo desnudo de Daisy sobre el maletero del Custom Lancer, mientras tuviese en la boca el sabor de la mujer de Steven.

Desde que Daisy había aparecido por el pueblo, Jack no había dejado de preguntarse si acostarse con ella seguría siendo tan estupendo como él recordaba. Ahora ya tenía la respuesta: era todavía mejor. Mejor en un sentido que no sabía cómo definir. Lo único que podía decir era que estar con ella había sido diferente. Había sido algo más que sexo. Algo más que el placer que solía recibir en los brazos de una mujer. Algo más que un polvo encima del maletero de un coche.

No era amor. Sabía con seguridad que no estaba enamorado de Daisy Lee. Enamorarse de Daisy sería una completa estupidez, y él no era estúpido. No sabía decir por qué estar con ella había sido diferente, y tampoco quería saberlo. No era el tipo de hombre que diseccionase su vida buscando significados ocultos. Una cosa tenía clara: hacer el amor con ella había sido la mejor experiencia sexual que había tenido en mucho tiempo, de modo que se alegraba de que Daisy se marchara al día siguiente, pues de ese modo podría retomar el hilo de su vida. La que llevaba antes de que ella apareciera por el pueblo y desenterrara un montón de recuerdos que más valía olvidar.