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Ahora Daisy se había ido y no había razón alguna para seguir pensando en ella.

Ni una sola.

Un coche patrulla salió de la casa de Ronnie cuando Daisy y Louella pasaron por delante camino del hospital. Les pillaba a unas pocas manzanas de Locust Grove, y querían ver la destrucción con sus propios ojos.

Ronnie vivía en una pequeña casa de estuco color beige, y alguien en la entrada había colocado la calavera de una vaca de largos cuernos encima de la puerta. El jardín de la entrada era poco más que un puñado de hierbajos y, de no ser por la presencia del Ford Taurus rojo de Lily empotrado contra el salón de la casa, podría haberse dicho que su aspecto era de lo más anodino.

– ¿Ronnie se encontraba en casa? -preguntó Daisy justo antes de acelerar. Supuso que los policías estaban demasiado ocupados con el Taurus de Lily como para preocuparse de un coche que acelerase en mitad de la calle.

– No lo creo, pero no lo sabremos hasta que lleguemos al hospital -respondió su madre.

Daisy odiaba los hospitales. Todos olían igual y daban la misma impresión, independientemente de la ciudad o el estado donde se encontraban. Eran estériles y fríos. Había pasado en ellos tiempo suficiente para saber que podían darte medicamentos o consejos, pero rara vez buenas noticias.

Daisy y su madre atravesaron la puerta de urgencias y, tras unos minutos, las llevaron junto a Lily. Pippen se había quedado en casa de una vecina de Louella; que no estuviese con ellas era lo mejor. En cuanto la enfermera descorrió la cortina verde y azul que separaba las camas, Louella se echó a llorar.

– Tranquila, mamá -dijo Daisy, sintiendo de repente que era el único miembro de la familia que estaba en sus cabales. Le dio la mano a su madre y se la apretó-. Lily se pondrá bien.

Pero Lily no parecía estar bien. Tenía hinchado el costado izquierdo de la cara y una herida en la frente. La sangre le había manchado el pelo y los extremos de los ojos, que mantenía cerrados. Un vendaje le impedía mover el brazo izquierdo, también hinchado y, a excepción del punto por el que había sangrado, casi sin color. En el brazo derecho no llevaba vendaje: le habían cortado la manga y colocado una intravenosa. El doctor, un joven con bata verde, alzó la sábana para auscultarle el corazón y los pulmones. Miró a Daisy y a su madre desde detrás de unas gafas con montura metálica.

Louella avanzó hasta la cabecera de la cama y Daisy la siguió.

– Lily Belle. Mamá está aquí. Y Daisy también.

Lily no respondió y Daisy alargó la mano para acariciarle la parte de la cara que no tenía hinchada. Estaba muy pálida, y, de no haber sido por el rítmico subir y bajar de su pecho, Daisy habría creído que estaba muerta. Eran demasiadas emociones para un solo día, y Daisy sintió que en su interior el piloto automático se activaba y todas sus sensaciones se adormecían.

– ¿Cómo está, doctor? -preguntó Louella.

– Lo que sabemos hasta ahora -respondió el joven médico- es que tiene heridas en el brazo izquierdo y la frente, y que al parecer se ha fracturado el tobillo. No sabremos nada más hasta que le hagamos un escáner.

– ¿Por qué no está despierta? -preguntó de nuevo Louella.

– Se ha dado un buen golpe en la frente. No parece que se haya fracturado el cráneo, y sus pupilas responden a los estímulos. Tendremos más detalles cuando veamos las radiografías.

– ¿Ha habido algún herido más en el accidente? -preguntó Daisy rogando porque Lily no se hubiese llevado por delante a Ronnie y a Kelly.

– Fue la única persona que nos trajeron -le respondió el agente.

Aquello no quería decir nada. A Ronnie y a Kelly podrían haberlos atendido en el lugar de los hechos o tal vez, Dios no lo quisiese, habían muerto allí mismo. Daisy no había visto a Ronnie, pero tampoco se había detenido allí el tiempo suficiente.

Estuvieron con Lily sólo unos minutos; luego vinieron a llevársela. Les dijeron que el doctor acudiría enseguida para hablar con ellas, pero Daisy sabía que ese «enseguida» podía significar unas cuantas horas.

Las llevaron a una pequeña sala de espera; era parecida a todas las que Daisy había visto antes, que eran muchas, y supuso que todos los hospitales elegían más o menos los mismos colores. Azule, verdes y un toque de granate.

Se sentaron juntas en un pequeño sofá azul. Sobre la mesita que tenían enfrente había un ejemplar del Reader’s Digest, otro de Newsweek y una Biblia. Había leído un montón de Reader’s Digest en los dos últimos años y medio, y ni siquiera estaba suscrita.

Junto a la puerta, un hombre y una mujer hablaban en susurros como si temiesen perder el control y ponerse a gritar si subían un poco el tono de voz. Daisy conocía esa sensación. Había pasado por eso unas cuantas veces: intentaba encontrar distracciones para no echarse a gritar y conseguir no desmoronarse, concentrarse en algo bonito, o incluso en la propia respiración, para fingir que su marido no se estaba muriendo. Y ahora su hermana yacía en una cama de hospital con su hermoso cabello rubio cubierto de sangre.

Cogió el Reader’s Digest y pasó las páginas hasta llegar a la sección «Humor en uniforme».

– Estaba muy pálida -dijo Louella con un ligero temblor en la voz-. Había mucha sangre.

– El cuero cabelludo sangra mucho, mamá -explicó Daisy fríamente, como si no estuviera temblando por dentro, donde solía guardárselo todo. En lo más profundo de su ser, donde nadie pudiera encontrarlo. Se había convertido en una experta en el arte de mantener ocultas sus emociones. No dejaba que las cosas se acercasen demasiado a la superficie, de lo contrario sabía que se le irían de las manos. Como le había sucedido con Jack esa misma mañana.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Louella.

– Steven -respondió Daisy, y se concentró aún más en la revista. No quería pensar en Jack. Tendría que lidiar con él, y con las repercusiones de lo que había hecho, pero no en ese momento. Colocó todo lo relacionado con Jack en el número dos de su lista de tareas. Lily y la posibilidad de que la acusasen de intento de asesinato ocupaban ahora el número uno. Se preguntó cuánto costarían las sesiones de un buen psicólogo.

– ¿Por qué no han querido decirnos nada?

– Porque de momento no saben nada -respondió Daisy.

Un policía de uniforme entró en la sala y les preguntó si eran familiares de Lily. Llevaba el pelo cortado al rape y parecía un levantador de pesas. Se identificó como agente Neal Flegel.

– Estudié en el instituto con Lily y Ronnie -añadió.

– Eres el hermano pequeño de Matt. -Daisy le dio la mano-. Fui al baile de la escuela con Matt en el penúltimo curso. ¿Sigue viviendo en Lovett? -preguntó; al fin y al cabo estaban en Tejas, y los buenos modos eran lo primero.

– Se trasladó de nuevo a San Antone. Le diré que has preguntado por él. -Sacó su libreta y se puso manos a la obre-. Te aseguro que me dolió mucho ver a Lily en ese coche. -Les dijo que el coche de Lily había penetrado metro y medio en el salón de la casa de Ronnie. Y mientras Daisy intentaba imaginar una manera sutil de preguntarle si Lily había matado a Ronnie, Neal Flegel le preguntó-: ¿Tenéis algún motivo para creer que lo haya hecho a propósito?

Eso era, de hecho, lo primero y lo único que Daisy había pensado.

– No -respondió Daisy negando con la cabeza e intentando parecer sorprendida-. Tiene que haber sido un accidente.

– Le resbalaría el pie -añadió Louella, y Daisy se preguntó si su madre se creía lo que acababa de decir-. Y ha sufrido unas terribles jaquecas últimamente -prosiguió Louella como si se le acabara de ocurrir.

– Hemos hablado con Ronnie y nos ha dicho que se pelearon hace poco -dijo Neal.

– ¿Has hablado con Ronnie hoy? -preguntó Daisy a punto de echarse a reír debido al alivio-. ¿Después del accidente?