– Le localizamos en casa de su novia -explicó Neal.
– ¿Así que no estaba en casa? -quiso saber Daisy.
– En ese momento, no -precisó Neal.
– ¡Gracias a Dios! -exclamó Daisy. Su hermana no sería juzgada por asesinato. Estaban en Tejas. Si uno tenía pesado asesinar a alguien, Tejas no era el mejor estado del país para hacerlo. Por otra parte, las mujeres de los jurados de Tejas solían simpatizar con la esposa de un perro traidor.
– ¿Puede tratarse tal vez de un intento de suicidio? -Preguntó Neal.
Sus palabras hicieron recapacitar a Daisy y a su madre. Lily estaba deprimida y hecha polvo, pero Daisy no creía que quisiese acabar con su vida. Con la de Ronnie ya era otra cosa.
– No -respondió Louella-. Acababa de encontrar trabajo en la charcutería de Albertsons. Las cosas empezaban a irle bien.
– Yo estuve con ella anoche, y estaba bien -le dijo Daisy al agente. Y era verdad. Lily parecía encontrarse bien. Daisy sólo había tenido que escuchar Earl Had to Die dos veces. Una cuando se dirigían al Slim Clem’s y la otra en el camino de regreso a casa.
Neal les formuló unas cuantas preguntas más y, cuando se fue, Daisy le dijo a su madre:
– ¿Crees que intentaba matar a Ronnie?
– Daisy Lee, tu hermana resbaló, eso es todo. -Y ahí acabó la discusión.
Pero eso no era todo. Al menos para Daisy. Lily estaba en el hospital y cabía la posibilidad de que la acusasen de asesinato, así que posiblemente no pudiera regresar a Seattle al día siguiente. A Nathan no iba a hacerle ninguna gracia.
Se excusó y se acercó a las cabinas de teléfono que había junto a las máquinas de refrescos y de dulces. Utilizó su tarjeta telefónica, y cuando Nathan respondió intentó mostrarse contenta. Pero ¿por qué? Se suponía que era lo que tenía que hacer.
– Hola, Nathan.
– Hola, mamá.
Aunque estaba nerviosa, fue directa al grano.
– Tengo que decirte una cosa, y no va a gustarte.
Tras una larga pausa, el muchacho preguntó:
– ¿De qué se trata?
– Tu tía Lily ha sufrido un grave accidente de coche esta mañana. Se encuentra en el hospital. Mañana no podré estar en casa.
Nathan no le preguntó por Lily. Tenía quince años y sólo le preocupaban sus propios problemas.
– No me hagas eso -le rogó a su madre.
– Nathan, tía Lily está muy mal -le explicó Daisy.
– ¡Lo siento, pero me lo prometiste! -le recordó Nathan.
– Nathan, no sabía que Lily iba a incrustar su coche en el salón de Ronnie.
– ¡Ya me he cortado el pelo! No es justo. No es justo, mamá. No voy a quedarme aquí. Anoche intentaron obligarme a que comiese albóndigas.
Con toda probabilidad no habían intentado obligarle, pero Nathan odiaba las albóndigas y prefirió ver en ello una conspiración. Una razón más para no querer quedarse en casa de la hermana de Steven. Daisy suspiró y se colocó entre la cabina y una de las máquinas de refrescos.
– No sé qué hacer, Nate. No puedo dejar a mi madre y a Lily ahora. No creas que estoy todo el día de fiesta mientras tú lo pasas fatal.
– Entonces me voy contigo -dijo Nathan.
– ¿Qué?
– Mamá, no soporto estar aquí prefiero estar contigo.
Daisy pensó en Jack.
– No puedes hacerme esto -insistió Nathan. Daisy notó que se le quebraba la voz a pesar de sus esfuerzos por evitarlo-. Por favor, mamá.
¿Qué posibilidades había de que el muchacho topase con Jack antes de hablar con él? Prácticamente ninguna. Lo más probable era que se quedase viendo la televisión en casa de su abuela. Y en caso de que se encontrasen de manera accidental, ¡qué pasaría? No se parecían físicamente. No se reconocerían el uno al otro. Nathan nunca había preguntado por Jack, y dudaba de que recordase siquiera su apellido.
– Si eso es lo que quieres de verdad, haré una llamada y te reservaré un billete -le dijo Daisy.
Nathan soltó un suspiro de alivio.
– Te quiero, mamá.
– Es curioso que sólo me lo digas cuando te sales con la tuya -dijo Daisy con una sonrisa en los labios-. Dile a tía June que quiero hablar con ella.
Después de haber hablado con la hermana de Steven, Daisy llamó para reservar el billete de avión de Nathan. Salía a las seis de la mañana del día siguiente, y tardaba tres horas y cuarenta minutos en llegar a Dallas, y no llegaría a Amarillo hasta las cinco de la tarde. Se le ocurrió ir a busca a Nathan a Dallas en coche. Era un viaje de seis horas, sólo ida. Tal vez pudiesen pasar la noche en la ciudad. Ir a Fort Worth y a Cow Town a hacer una barbacoa. Cuanto más pensaba en ello más le gustaba la idea. Necesitaba unas vacaciones de sus vacaciones, pero cuando volvió a llamar a Nathan su hijo le dijo que prefería esperar tres horas en el aeropuerto de Dallas que comer carne a la parrilla y montar seis horas en coche al día siguiente. Era un precio demasiado alto por apartarse del caos. En cualquier caso, pensó Daisy, por muy tentador que resultase, no podía dejar solas a su madre y a su hermana en ese momento.
Así que reservó el billete de avión y, de camino hacia la sala de espera, se preguntó si su familia siempre había estado tan loca o si habían empezado a estarlo hacía poco para simplificarle un poco más la vida.
Cuando llegó a la sala de espera, el doctor estaba sentado en el sofá junto a su madre. Daisy se colocó al lado de Louella.
– ¿Ha despertado? -preguntó su madre.
– Despertó hará unos quince minutos. El escáner no revela daños en el cerebro ni en los órganos internos. Por suerte, llevaba puesto el cinturón de seguridad y el coche iba equipado con airbag. -El doctor miró a Daisy y prosiguió-: Tiene el tobillo roto y habrá que operarla para poner los huesos en su sitio. Hemos llamado a un cirujano ortopedista de Amarillo.
Cuando el doctor se fue, Louella se quedó con Lily en el hospital y Daisy fue a cuidar de Pippen. Le puso a hacer la siesta y ella se quitó el dichoso vestido de su madre con dibujos de Winnie the Pooh. Como no tenía otra cosa en la que ocupar su mente, se puso a pensar en Jack. «Incluso con ese ridículo vestido me pones a cien», le había dicho, lo que parecía absurdo.
Se puso una falda caqui y una blusa blanca y buscó en la cocina algo para comer. Se preparó un bocadillo caliente de queso y se sirvió algo de sopa de tomate y un vaso de té helado. Lo llevó todo a la mesa de los desayunos, cuyo color amarillo brillaba bajo la luz del sol.
Hacer el amor con Jack encima del maletero de un coche había sido un error. No, haber hecho el amor con él no había sido un error. El problema había sido su total falta de voluntad incluso para ponerle una tímida objeción. Sabía que se arrepentiría, pero eso no la detuvo.
Mojó el bocadillo en la sopa y le dio un bocado. Había hecho el amor con Jack. No había estado nada mal. No, sí había estado mal. El sexo había estado bien. Fabuloso, de hecho. Tanto que se había echado a llorar y le faltó poco para morirse de vergüenza. Se ruborizaba sólo de recordarlo… O al recordar el deseo que expresaban los ojos de Jack cuando la miraba mientras acariciaba cada rincón de su cuerpo. Pensar en ello la excitaba.
Sopló la sopa. Le fastidiaba admitirlo, pero si su madre no hubiese llamado por teléfono probablemente habrían acabado en la cama. Tal vez todavía estarían allí.
Bebió un sorbo de té. ¿Y ahora qué? No tenía ni idea, y, dado que todos los demás aspectos de su vida estaban en el aire, lo mejor era no pensar en Jack hasta que las cosas se hubiesen calmado un poco.
Cuando Pippen se despertó de su siesta Daisy le hizo unas cuantas fotografías en el jardín de su madre. Lo retrató cogiendo flores y caminando entre los flamencos rosas. Durante ese corto espacio de tiempo, mientras contemplaba el mundo a través del objetivo de su cámara, los problemas pasaron a un segundo plano.
Más tarde, cuando Louella llegó a casa, Daisy habría jurado que su madre era diez años mayor que esa misma mañana. Las arrugas que rodeaban sus ojos parecían más profundas, y sus mejillas estaban más pálidas. Daisy preparó algo de sopa y un par de bocadillos para su madre y Pippen, y después se fue al hospital.