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Su hermana dormía cuando ella entró en la habitación. El corte de la frente estaba cerrado y vendado. La mitad de su cara seguía hinchada, y debajo de sus ojos se extendían unas sombras negras y azuladas: los restos de sangre, sin embargo, habían desaparecido.

Daisy quería preguntarle a su hermana qué había sucedido aquella mañana, pero Lily estaba totalmente sedada. Cada vez que se despertaba empezaba a llorar y a preguntar dónde estaba. Daisy ni siquiera intentó indagar sobre el accidente.

Lo hizo al día siguiente.

– ¿Has hablado ya con la policía? -le preguntó a su hermana mientras ojeaba la revista People que había traído consigo.

Lily se humedeció el labio hinchado. Su voz apenas era un áspero susurro cuando preguntó:

– ¿Acerca de qué?

Daisy se puso en pie y llenó un vaso de plástico con agua. Acercó la pajita a la boca de Lily y dijo:

– Acerca del accidente de coche.

Lily tragó y a continuación dijo:

– No. Mamá me ha dicho que he destrozado el Taurus.

– ¿No lo recuerdas? -le preguntó Daisy.

Lily negó con la cabeza e hizo una mueca.

– En cualquier caso, odiaba ese coche.

– ¿No te ha dicho mamá contra qué te estrellaste?

– No. ¿Me salté un stop? -preguntó Lily.

– Lily, estampaste el Taurus contra la casa de Ronnie -le explicó Daisy.

Lily miró a su hermana y parpadeó. No parecía tan sorprendida como Daisy habría esperado.

– ¿En serio? -le preguntó a Daisy.

– La policía le preguntó a mamá si tenías intención de suicidarte.

– No me suicidaría chocando contra Ronnie Darlington -dijo Lily con frialdad.

– ¿Intentabas matar a Ronnie? -quiso saber Daisy.

– No.

– Entonces, ¿en qué estabas pensando? ¿Ocurrió algo?

Lily se puso entonces nerviosa, apartó la mirada y respondió:

– No lo sé.

Daisy tuvo la sensación de que en realidad lo sabía y sufría una curiosa amnesia selectiva. Había ocurrido algo, pero Lily no quería hablar de ello en ese momento. Muy bien. Siempre podrían hablar al día siguiente.

Después de dejar a Lily, Daisy condujo hasta el pueblo y le compró a Pippen una silla para el coche. Su otra silla todavía estaba en le Taurus.

Cuando se detuvo ante el semáforo de la Tercera con Main, oyó un rugido y vio el Mustang de Jack. Ella iba dos coches por detrás de él y dudaba que hubiese descubierto su presencia. Pero el mero hecho de haberlo entrevisto entre el tráfico hizo que sintiera un nudo en el estómago, como si volviese a ser una estudiante de bachillerato que le esperaba junto a su taquilla. Sus sentimientos hacia él eran una confusa mezcla de viejas emociones y nuevos deseos… Algo que sería mejor dejar de lado.

A las tres y media de la tarde, Daisy montó a Pippen en el Cadillac de su madre y se encaminaron hacia Amarillo en busca de Nathan.

Pippen llevaba unos pantalones cortos vaqueros, botas tejanas y una camiseta en la que podía leerse NO TE METAS CON LOS TIRANOSAURIOS DE TEJAS. Daisy le tuvo en brazos mientras esperaban en la zona de recogida de equipajes. La media hora que estuvieron allí se le hizo eterna, pero cuando vio el familiar rostro de Nathan fue como si el sol hubiese decidido ponerse a brillar tras una semana de lluvias.

Su cresta color verde había desaparecido, y las puntas de su oscuro cabello eran ahora blancas. Parecía un alto puercoespín acarreando una enorme mochila con su monopatín enganchado en un costado. A Daisy no le importaba. Se alegró tanto de verle que se olvidó de la norma de no realizar muestras de afecto en público. Se puso de puntillas y le pasó el brazo libre por detrás del cuello. Le besó en la mejilla y le abrazó muy fuerte. Al parecer él también olvidó aquella norma no escrita, porque dejó caer la bolsa al suelo y correspondió a su abrazo.

– Por favor, mamá. No vuelvas a dejarme en esas condiciones -le rogó Nathan.

Ella se echó a reír y le apartó de sí para observar sus ojos azules.

– No te dejaré. Te lo prometo -dijo volviéndose hacia Pippen-. Éste es tu primo. ¿A que es mono?

Nathan le estudió durante unos segundos.

– Mamá, este niño lleva el pelo largo por detrás.

Daisy había supuesto que a un chico que llevaba una cresta no iba a sorprenderle que un niño llevase el pelo largo por detrás.

– No es culpa suya -dijo Daisy mirando a Pippen-. Su madre no quiere cortarle los ricitos.

Pippen miró a su tía con aquellos ojos suyos tan grandes y azules, iguales a los de Lily, y después se concentró en su primo. Daisy no supo si Nathan había captado su atención porque era un chico como él o porque le sorprendió el piercing del labio y las cadenas de perro.

– Qué tal, colega. Bonito peinado -dijo Nathan.

– No te burles -le advirtió su madre.

– No me burlo. -Nathan pasó la palma de la mano por el pelo del niño-. Corto por delante y largo por detrás. Je, je, je -rió echando la cabeza hacia atrás.

– ¡Ver dibujos! -dijo Pippen, y entonces se echó a reír, como si también hubiese hecho un chiste.

– Quiere que mires los dibujos animados con él. Sus favoritos son los Blues Clues -le explicó Daisy.

– Blues Clues es una mierda. -Nathan agarró su mochila y añadió-: Tienes que ver los Sponge Bob Square Pants.

Nathan no traía maleta y, mientras se dirigían hacia el coche, a Daisy le sorprendió pensar que si las cosas se hubiesen desarrollado según lo previsto en ese momento estaría en Seattle. Viviendo su vida. Se habría librado ya del pasado. Empezaría de cero otra vez. Ella y su hijo Nathan.

Desde que había llegado a Lovett nada había salido según lo previsto, y ahora, precisamente, tendría que mantener su vida en suspenso un poco más. Su madre y su hermana la necesitaban, y tal vez incluso podría ayudarlas. Tal vez quedase y cuidar de Pippen fuese ayuda suficiente.

Su vida no se había ido al garete, se dijo. Ya había pasado una temporada en el infierno. Habían sido dos años terribles, pero todo eso era ya historia. Nathan estaba con ella y, a partir de ese momento, las cosas sólo podían ir a mejor.

Capítulo 11

El chirriar del torno se oía en todo el taller, llegando incluso hasta la oficina de Jack, que en ese momento estaba echándole un vistazo a la lista de piezas de un Corvette del 54; al mismo tiempo, iba observando las Polaroids que había sacado de las diferentes partes del coche. Todo lo que conformaba aquel automóvil, desde los parachoques cromados hasta los tornillos que sujetaban las luces traseras, había sido catalogado y almacenado. Habían extraído el motor Blue Flame six para desmontarlo y limpiarlo más adelante. Tendrían que cambiar todas las piezas de goma y reemplazar la tapicería de cuero. Se decía que conducir un Corvette del 54 era una auténtica lata, pero ésta no era la cuestión. El difunto Harley Earl había diseñado aquel coche deportivo de acuerdo con su estilo llamativo y algo extragrande. Estaba pensado más para que para viajar en él.

Jack apartó las fotografías y se puso en pie. Esa mañana, al quitar el parabrisas, descubrió que el óxido había causado más desperfectos de lo que habían supuesto. Tendrían que reparar los daños y cambiar las abrazaderas. Cogió la taza de café con el dibujo de un Dodge Viper que le había regalado Lacy Dawn por su cumpleaños, y salió de su oficina.

Los lunes, Penny Kribs no llegaba hasta pasadas las diez y media de la mañana, por lo que un montón de correo cubría su escritorio. Volvió a llenar la taza de café y, de camino hacia el taller, dejó de oírse el chirriar del banco de trabajo. Jack sopló el café y miró a Billy, de pie junto al banco. Se había colocado las gafas de seguridad sobre la frente y sostenía el rotor del freno en una mano. Estaba hablando con un adolescente delgaducho y ambos se volvieron cuando Billy señaló hacia su hermano.