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Jack se detuvo. Aquel muchacho parecía estar en plena adolescencia y llevaba una cadena de perro alrededor del cuello y otra colgando de un costado de sus pantalones. Le dijo algo a Billy y después echó a andar hacia Jack. Éste se fijó en la atónita sonrisa de su hermano antes de volver a mirar al chico. Le dio un sorbo al café y bajó la taza.

En verano, siempre contrataba a muchachos jóvenes para limpiar o hacer recados. Pero si ese chico venía buscando un trabajo podía esperar sentado. No se trataba tanto de su aspecto, sino de haber tenido el buen tino de vestirse más adecuadamente y dejar en casa la cadena del perro a la hora de pedir trabajo.

Llevaba el pelo como un erizo; oscuro, pero con las puntas blancas. Lucía un Piercing en un extremo del labio superior, y en su camiseta negra podía leerse la palabra ANARQUÍA en letras de un rojo sangre. Llevaba un monopatín bajo el brazo y los pantalones le iban tan anchos que, si se hubiera colocado bien recto, se le habrían deslizado hasta los tobillos.

– ¿Puedo ayudarte en algo? -le preguntó Jack cuando el joven se detuvo frente a él.

– Sí. Mi madre me ha dicho que conociste a mi padre.

Jack conocía a muchos padres.

– ¿Quién es tu madre? -dijo antes de beber otro sorbo de café

– Daisy Monroe -respondió el chico.

Jack casi se atraganta con el café. Daisy no se había marchado del pueblo.

– No sé si ella te habrá hablado de mí. Soy… -Al chico le tembló la voz, y tragó saliva con dificultad-. Soy Nathan.

No se había formado una idea concreta sobre el hijo de Daisy y Steven, pero si lo hubiera hecho sin duda no habría sido ésa. En primer lugar, había supuesto que debía ser mucho más joven.

– Daisy Monroe me dijo que tenía un hijo, pero creí que rondaría los cinco años -le dijo Jack.

Nathan frunció el ceño y miró a Jack con sus llamativos ojos azules. Parecía un tanto desconcertado, como si no encontrase motivo alguno para que alguien se confundiese sobre su edad.

– No. Tengo quince -le informó Nathan.

Daisy debió quedarse embarazada poco después de casarse con Steven. Pensar en Steven y Daisy juntos conjuró una antigua animosidad que llevaba enterrada muchos años, y le molestó más de lo que era esperable. Mucho más de lo que le habría molestado días atrás, antes de hacer el amor con Daisy apoyados en el maletero del coche que estaba a escasos metros de donde ahora se encontraba su hijo. Antes de saber lo bueno que iba a ser hacer de nuevo el amor con ella.

– Deduzco que tu madre sigue aquí -dijo Jack.

– Sí. -Nathan le miró como si esperara que dijese algo más. Al ver que no era así, el joven añadió-: Estaremos en casa de mi abuela hasta que la tía Lily mejore. Mi madre calcula que será cosa de una semana.

Jack se preguntó qué debía haber ocurrido para que Daisy se hubiera marchado a toda prisa de su casa el sábado anterior.

– ¿Qué le ha pasado a tu tía? -le preguntó Jack.

– Empotró el coche contra el salón de la casa de Ronnie.

Vaya, al parecer la pelea frente al Minute Mart no había saciado la sed de venganza de Lily.

– ¿Está bien? -se interesó Jack.

– Supongo.

El torno empezó a chirriar de nuevo y Jack llevó a Nathan hasta su oficina. Aunque Nathan hubiera acudido a su taller vestido de un modo más adecuado no le habría dado trabajo. Tener allí al hijo de Daisy sería poco menos que una pesadilla. Verle no dejaría de recordarle a Daisy. Y no importaba lo dulces que pudieran ser ahora esos recuerdos, lo mejor era olvidarlo todo.

– Tu padre y yo fuimos muy buenos amigos durante un tiempo. Me dolió mucho saber que había muerto -dijo Jack.

Nathan apoyó un extremo del monopatín sobre su zapatilla de deporte negra y desplazó el peso de su cuerpo sobre esa pierna. Tras un examen más detallado, se apreciaba que en la cara inferior del monopatín había dibujada una enfermera más bien escasa de ropa.

– Sí. Fue un buen padre. Lo echo mucho de menos -admitió Nathan.

Jack había perdido a sus padres siendo no mucho mayor que Nathan. Sabía a qué se refería. Explicarle a aquel muchacho alguna anécdota no le haría ningún mal.

– ¿Te habló alguna vez de los líos en que solíamos meternos? -le preguntó Jack.

Nathan asintió con la cabeza y el arete que llevaba en el labio brilló bajo la luz del fluorescente.

– Me dijo que robabais tomates y que los lanzabais a los coches -le explicó Nathan.

Steven había sido rubio como un surfista de California. Tal vez era por el peinado que llevaba, pero aquel muchacho no se parecía en nada a Steven cuando tenía su edad. Ni siquiera un poquito. Tampoco es que se pareciese mucho a su madre. Tal vez la boca sí. Bueno, excepto el piercing.

– Construimos una casa en un árbol en ese jardín. ¿Te lo contó? -le preguntó Jack.

Nathan negó con la cabeza y Jack prosiguió:

– Tardamos todo un verano. La hicimos con madera y con viejas cajas de cartón. -Jack sonrió al recordar cómo acarreaban con todo ello desde kilómetros de distancia-. Tu madre también nos ayudó. Y justo cuando acabamos, un tornado F2 la echó abajo.

Nathan rió y, señalando hacia la puerta con el mentón, preguntó:

– ¿Eso que hay ahí fuera es un Cuda 440?

– Sí. Lleva un motor Hemi 426 original -respondió Jack.

– Vaya. Cuando tenga trabajo voy a comprarme un Dodge Charger Daytona con un Hemi 426.

Ahora fue Jack el que no pudo evitar reír. Se sentó en la punta del escritorio, junto al reloj del Buick Riviera. No tenía ganas de aguarle la fiesta al muchacho, pero sabía que sólo se habían construido unos setenta Daytona con un motor Hemi 426. Si conseguía encontrar uno, tendría que invertir unos sesenta mil dólares para hacerse con él.

– Con cuatro velocidades, ¿verdad? -le preguntó Jack.

– Así es.

Bebió un sorbo de café. Cómo no. El chaval reducía todavía más sus posibilidades con ese requisito, pues Dodge sólo había sacado a la venta veinte automóviles con caja de cuatro velocidades.

– Una vez vi uno en una exposición de coches en Seattle -explicó Nathan; tuvo que tragar saliva, la voz le temblaba por la excitación-. El Daytona mantuvo el récord de velocidad en circuito durante trece años. Ni los Ford ni los Chevrolet pudieron hacerle sombra.

Dios, era como Billy; también se parecía al padre de Jack, Ray. Le cegaba la velocidad. A Jack también le gustaban los coches rápidos, pero no como a ellos. ¿Cómo se las apañaron Steven y Daisy para traer al mundo a un loco de la velocidad?

– ¿Ves el programa Monster Garage? -le preguntó Nathan a Jack.

– De vez en cuando. -Era Billy el auténtico seguidor del programa.

– ¿Viste cuando transformaron un coche de carreras en una de esas máquinas que barren las calles?

– No, ese programa me lo perdí -admitió Jack, pero Billy le había contado todos los detalles.

– ¡Fue un trallazo! -exclamó Nathan.

¿Trallazo? Jack supuso que quería decir que había estado bien.

Billy asomó la cabeza por la puerta y dijo:

– Tenemos un problema con el rotor delantero de la derecha del Plymouth.

Siempre surgían problemas, así que Jack había aprendido a no tomarse las cosas a la tremenda.

– Pasa, Billy. Deja que te presente a Nathan, el hijo de Steven y Daisy.

Billy entró en el despacho. Llevaba su camisa azul oscuro abotonada hasta arriba, con el distintivo de Clásicos Americanos Parrish en el bolsillo de la pechera. Jack los presentó y se dieron un apretón de manos.

– Lamento mucho lo de tu padre -dijo Billy-. Era un buen tipo.

Nathan bajó la vista y musitó: