Выбрать главу

– Sí.

– A Billy le encanta Monster Garage -dijo Jack, y acto seguido ambos empezaron a discutir sobre cuáles habían sido los mejores programas.

– Convertir aquel PT Cruiser en un triturador de madera fue una pasada -dijo Nathan.

– Jesse James, el presentador, no se acercó hasta que empezaron a meter animales disecados en el triturador -añadió Billy.

– Sí. Je, je, je -rió Nathan, echando la cabeza hacia atrás-. Salieron trozos disparados por todas partes.

– ¿Te fijaste en la Barbie que quedó atrapada dentro? -preguntó Billy con los ojos brillantes, y también se puso a reír.

Jack estaba anonadado. Por fin Billy había encontrado a alguien que disfrutaba tanto como él viendo aquel programa.

– ¿Viste el capítulo de la segadora? -preguntó Billy con interés.

– Sí, habría sido genial si hubiese funcionado -opinó Nathan.

Billy sacudió la cabeza y añadió:

– Quemaron la primera correa y la bomba se calentó demasiado, así que no pudieron poner en marcha los cilindros ni tampoco mover los brazos hidráulicos.

– He oído decir que el coche fúnebre estaba encantado y que por eso fallaron -dijo Nathan.

– Fallaron porque falló la hidráulica -aseguró Billy.

– ¿Viste a Jesse cuando se incendió la ambulancia? -preguntó Nathan con los ojos resplandecientes-. Fue total.

– Ése es mi capítulo favorito -se apresuró a decir Billy.

– ¿Te fijaste en cómo le gritaba su mujer?

Ambos estallaron en una sonora carcajada al unísono. La voz de Billy era más grave, pero Jack se percató de que la risa de ambos era muy similar. También los dos echaban la cabeza hacia atrás al reír. Cuanto más los miraba, el uno junto al otro recordando conjuntamente los mejores momentos de Monster Garage, más abstracción hacía del peinado y el piercing de Nathan y mayor protagonismo adquirían sus rasgos.

Entonces, de pronto, en sólo unas décimas de segundo, todo cambió para Jack. Se le erizó el vello de la nuca. El tiempo se detuvo y el mundo se le vino abajo.

Hasta hacía sólo medio segundo su vida marchaba más o menos bien, pero ahora todo había cambiado. Tras darse cuenta de que su hermano y Nathan tenían exactamente la misma risa, de pronto se dio cuenta de que el muchacho era la versión adolescente de su propio padre, Ray Parrish. Se levantó del escritorio de un brinco, y el café caliente que quedaba en su taza acabó encima de su camisa.

– ¡Mierda! -exclamó Jack.

– ¿Qué pasa? -preguntó Billy.

Jack no le quitaba los ojos de encima a Nathan. Estudió la forma de su rostro y el perfil de su nariz. Ya no había vuelta atrás. Estaba observando la viva imagen de su padre. Le parecía tan obvio que ahora no entendía cómo había tardado tanto en darse cuenta.

– No has venido a buscar trabajo, ¿Verdad? -le preguntó Jack.

La sonrisa se esfumó del rostro de Nathan, que mientras recogía su monopatín respondió:

– No.

De repente, todo adquirió pleno sentido. La insistencia de Daisy para que hablase. La cantidad de veces que le había dicho que tenía que decirle algo. Algo que no podía contarle por teléfono ni en la pizzería Showtime. Algo importante…, como un hijo. Sintió como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago.

– ¿Cuándo es tu cumpleaños? -le preguntó Jack con urgencia.

– Tengo que irme.

Jack agarró a Nathan por el brazo e insistió:

– Dímelo.

Nathan abrió mucho los ojos y dejó caer el monopatín. Intentó retroceder pero Jack le retuvo. No podía soltarle.

– En diciembre -respondió por fin el muchacho.

– Y tienes quince años, ¿no es así?

Nathan casi no podía tragar saliva.

– Sí -reconoció con un hilo de voz.

Jack sabía que lo estaba asustando y que lo mejor era soltarlo. Tenía que calmarse, pero en ese momento le resultaba imposible. Un torbellino de pensamientos descontrolados se agitó en su cerebro.

– ¡Hija de puta! -exclamó Jack.

Billy cogió a Jack por el hombro y, colocándose entre él y Nathan, le gritó a su hermano:

– Pero, ¿qué demonios te ocurre? ¿Has perdido la cabeza o qué?

Sí. Había perdido la cabeza. Soltó el brazo del chico y Nathan se fue tan deprisa que nadie habría dicho que había estado allí. Salvo por el monopatín: estaba en el suelo, boca arriba, con la enfermera a la vista.

Jack se quedó mirando la puerta por donde Nathan había salido y preguntó:

– ¿No lo has captado, Billy?

– Lo único que he captado es que te has comportado como un loco -respondió Billy.

Jack sacudió la cabeza, se volvió hacia su hermano y afirmó:

– Se parece a papá.

– ¿Quién? -preguntó Billy.

– Nathan. El hijo de Daisy.

– El hijo de Daisy y Steven.

Jack señaló hacia el pasillo vacío y le preguntó:

– ¿Acaso crees que se parece a Steven?

– A decir verdad, no recuerdo bien la cara de Steven -admitió Billy.

– No era como la de nuestro padre -dijo Jack dejando la taza sobre la mesa. Tenía un hijo. No. Imposible. Siempre había utilizado preservativos. Bueno, con Daisy no siempre. Era joven y estúpido y todavía creía que a él nada podría afectarle-. Estaba embarazada cuando se fue y no me lo contó.

Billy alzó las manos y se apresuró a decirle a su hermano:

– Espera un segundo. Yo ni siquiera sabía que habíais estado liados, pero en cualquier caso, ¿cómo sabes que es hijo tuyo?

– No me estás escuchando -protestó Jack frotándose la cara con las manos-. Es como aquella fotografía, la de papá cuando se graduó en el instituto. Es idéntico a él. -Bajó los brazos-. Por eso ha venido Daisy. -Expresaba todos sus pensamientos en voz alta, como si eso tuviera que darles más sentido; pero la verdad es que no tenían ninguno-. Para contarme lo del chaval.

– Eso es una locura. Tiene quince años -dijo Billy.

Sí. Era una locura. Era de locos pensar que tenía un hijo de quince años. Un hijo del que no había sabido nada porque nadie le había dicho nada.

– Estoy convencido, Billy.

Billy se acercó a su hermano y, mirándole a los ojos, le aconsejó:

– Será mejor que te asegures de eso antes de volver a atemorizar al muchacho agarrándole por el brazo. No lo sabes a ciencia cierta y, aunque así fuera, tal vez él no esté al corriente.

Billy tenía razón.

– No pretendía asustarlo -explicó Jack.

Jack miró hacia la puerta, detrás de Billy: Penny estaba allí. Jack apartó a su hermano con la mano y, cuando ya salía por la puerta, le dijo a su secretaria:

– Voy a salir un momento.

Salió del taller por la parte de atrás y cruzó la calle para llegar a su casa. Se dirigió directamente a la que había sido la habitación de Billy y abrió un armario lleno de cajas. Fue sacándolas una tras otra y vaciándolas en el suelo. Viejos trofeos, revistas y recuerdos de infancia que su madre había guardado con mimo se esparcieron por todas partes.

– ¿Qué estás buscando? -le preguntó Billy.

Jack ni siquiera se había dado cuenta de que Billy le había seguido.

– El viejo álbum de fotos de la boda de papá y mamá. La foto de la que te he hablado antes está ahí.

Encontraron el álbum en la quinta caja que abrieron. Las tapas estaban cubiertas de flores de encaje y seda, el tipo de detalles femeninos que le encantaban a su madre. El encaje había adquirido un tono amarillento y las flores habían perdido volumen. Jack lo abrió. El pegamento que sujetaba las fotografías se había deteriorado, así que se deslizaron tras el celofán y cayeron a los pies de Jack. La fotografía que andaba buscando estaba ahí, en el suelo, y él se arrodilló para recogerla: era una instantánea en blanco y negro de su padre a los diecisiete años. En una esquina de la fotografía, su padre había escrito con tinta negra: «A mi chica favorita, Carolee. Con amor, Ray.»