Jack se puso en pie y estudió la foto. Estaba en lo cierto. Si se imaginaba a su padre con el pelo de punta y el piercing en el labio, era clavado a Nathan Monroe. Pero no se trataba de Nathan Monroe. Aquel chaval era un Parrish.
Billy se colocó a su espalda y miró por encima de su hombro. Soltó un silbido de sorpresa que resonó en la habitación vacía y le preguntó a su hermano:
– ¿Crees que Steven lo sabía?
Jack se encogió de hombros. Estaba embarazada de tres meses. Steven tenía que saberlo. Jack salió de la habitación y recorrió el pasillo hasta llegar a la cocina. Abrió uno de los armarios y sacó la carta de Steven de donde la había dejado el sábado anterior. Con la fotografía de su padre todavía en la mano, abrió el sobre y leyó.
Jack:
Por favor, te ruego que disculpes mi caligrafía y los errores de ortografía. A medida que mi enfermedad avanza me resulta más difícil concentrarme. Desearía que nunca tuvieses que llegar a leer esta carta, desearía poder superar esta enfermedad y decirte las cosas en persona. Pero, por si no es así, quiero expresar mis pensamientos ahora, antes de que sea incapaz de hacerlo.
Deja que empiece diciendo, sencillamente, lo mucho que te he echado de menos, Jack. No sé si tú me habrás echado en falta o me habrás perdonado, pero yo sí he añorado a mi amigo. En innumerables ocasiones, a lo largo de estos quince años, he deseado llamarte por teléfono y hablar contigo. Muchas veces me he reído para mis adentros recordando las cosas que hacíamos. El otro día vi a dos muchachos montados en bicicleta bajo la lluvia y recordé cundo nosotros hacíamos lo mismo. Íbamos por todo Lovett en busca de los charcos más profundos. O cuando nos sentábamos en el sofá de mi madre para ver los viejos programas de Andy Griffith y nos partíamos de risa cuando Barney se encerraba él mismo en una celda. Creo que cuando más te echo de menos es justamente cuando me río solo. Sé que es culpa mía. Pero he sentido en muchas ocasiones la soledad que entraña haberte perdido, amigo mío.
No he podido olvidar la última vez que nos vimos ni las terribles cosas que nos dijimos. Me casé con Daisy, y tú estabas enamorado de ella. Pero yo también lo estaba, Jack. Y sigo estándolo. Tras todos estos años la quiero tanto como el día que me casé. Sé que ella me ama. Sé que siempre me ha amado, pero a veces pierde la mirada, y me pregunto si estará pensando en ti. Me pregunto si ella se lamenta de haberme elegido a mí y de haberse venido conmigo a Seattle. Me pregunto si piensa que le habría gustado quedarse contigo y si todavía te quiere como te quería entonces. Por si te sirve de consuelo, te diré que he sufrido, porque sé lo mucho que te amó y lo que, tal vez, te ama todavía.
La noche en que nos fuimos de Lovett, Daisy estaba embarazada de tres meses y el hijo era tuyo. Sé que ahora ella está en disposición de decírtelo. Cuando me dijo que llevaba en su vientre a un hijo tuyo estaba muy asustada, creía que tú dejarías de amarla. Yo permití que siguiera creyéndolo, a pesar de que sabía que muy probablemente no era cierto. Ella creyó que lo mejor sería no decirte lo del niño. Daisy pensaba que no podrías soportar la presión de tener un hijo en ese momento de tu vida. También dejé que lo creyese. Le dije que tenía razón, que no podrías soportarlo, pero sabía que no era verdad. Yo sabía que podrías llevar adelante cualquier cosa que te propusieses. Así que me casé con ella y me la llevé muy lejos de tu lado. Sé que debería arrepentirme por haber hecho lo que hice, pero no me arrepiento. No me arrepiento de ninguno de los días que he pasado con ella y con Nathan. Pero sí me arrepiento de cómo hicimos las cosas y de no haberte contado antes lo del niño.
Nathan es un chico estupendo. Se parece mucho a ti. No le tiene miedo a nada, es impaciente y se lo guarda todo para sí. Sé que Daisy hará todo lo que esté en su mano para criarlo, pero creo que te necesitará. He disfrutado inmensamente cuidando de él, y lo que más lamento, y tengo muchas cosas de las que lamentarme en mi vida, es no poder ver cómo se convierte en un hombre. Me habría encantado ser testigo de ello.
Para finalizar, te pido que me perdones, Jack. Sé que posiblemente sea pedir demasiado, pero te lo pido de todos modos. Lo que deseo es que seas capaz de dejar a un lado la amargura y que puedas seguir adelante con tu vida. Egoístamente, te ruego que me perdones con la esperanza de poder morir con la conciencia tranquila. Y cuando nos veamos en el otro barrio, espero que podamos darnos un abrazo y volver a ser amigos. Si no pudieses perdonarme, lo entendería. No sé si yo podría llegar a perdonarte si estuviese en tu lugar. Me llevé una gran parte de tu vida, Jack. Pero tal vez puedas echar la vista atrás algún día y reírte de vez en cuando al recordar los buenos ratos que pasamos juntos.
STEVEN
Mientras Jack intentaba recuperar el aliento, la carta y la foto de su padre se le cayeron de las manos y acabaron sobre la encimera. Sintió que algo en su interior se rompía en mil pedazos, tal como le había ocurrido quince años atrás.
– ¿Es tu hijo? -le preguntó Billy.
Jack asintió.
– Joder -dijo Billy-. Qué cabrona.
Durante años se había sentido traicionado por su mejor amigo porque le había robado a su novia. Pero ni siquiera había sido consciente de la mitad del asunto. Jamás se le habría ocurrido imaginar que al marcharse se estaban llevando con ellos a su hijo. No podría haberse imaginado una traición de tal magnitud.
– ¿Qué vas a hacer?
Jack se desabrochó la camisa y se la sacó de los pantalones.
– Hablar con Daisy -le respondió a su hermano.
– Bueno, pero no te pongas hecho una furia con ella.
– Creía que habías dicho que era una cabrona.
– Y lo es -admitió Billy-. No voy siquiera a preguntar si deseas formar parte de la vida de Nathan, porque te conozco. Sé quién eres. Sé que te sientes herido y estás furioso, y tienes todo el derecho a estarlo. Pero ella es su madre y puede hacer la maleta y llevárselo bien lejos.
Durante años había cerrado sus recuerdos con doble llave. Había levantado una muralla alrededor de su dolor y su ira. Desde que Daisy había vuelto todo se le había ido de las manos. Pero nada igualaba lo que acababa de ocurrir esa mañana. Esa mañana la muralla había quedado reducida a cenizas.
– Jack, prométeme que no te pondrás como un energúmeno -le rogó Billy.
Jack no tenía la intención de prometer absolutamente nada.
Capítulo 12
Daisy dejó a Pippen sobre la cama de su madre y entrecerró la puerta de la habitación. Su pequeño mundo era ahora totalmente caótico y debía de estar completamente agotado por todo lo sucedido. Daisy había llevado al niño al hospital esa misma mañana para que viese a su madre y no había querido irse. Estaba asustado y contrariado y no dejó de llorar en todo el trayecto de vuelta a casa, aunque finalmente, cuando ya casi habían llegado, el sueño lo venció. La madre de Daisy se había quedado en el hospital con Lily: quería hablar con el médico para saber cuándo le daría el alta médica a su hija.
Daisy se puso una camiseta verde botella sin mangas y unos pantalones cortos de color caqui. Se recogió el pelo a la altura de la nuca con un pasador negro muy grande. Estaba exhausta y necesitaba con urgencia una buena dosis de cafeína. Podría haberse echado junto a Pippen, pero Nathan no estaba en casa y no quería que la encontrara dormida cuando regresase.
Bajó las escaleras y sacó una Coca Cola de la nevera. En la puerta, bajo un imán con la forma del estado de Tejas, había una nota de Nathan. En ella decía que había salido a dar una vuelta con su monopatín. No especificaba cuándo iba a volver. Tendría que haberle recordado a su hijo que siempre debía decirle la hora en que pensaba volver para no preocuparla sin motivo.
Aunque aquello era Lovett, se dijo. No había mucho de lo que preocuparse allí. No existían muchas posibilidades de meterse en problemas. Aunque si algo había aprendido del hecho de tener un hijo es que cuando no había problemas los muchachos se los inventaban. Si encontraban un charco, se metían en él. Si veían una piedra la convertían en un arma arrojadiza. Si tropezaban con una lata de Coca Cola la hacían pedazos, y si tenían que bajar unos cuantos escalones lo hacían en monopatín, se caían de bruces y acababan con algunos puntos en la cabeza.