Sonó el timbre de la puerta justo cuando Daisy estaba abriendo la lata de Coca Cola. Bebió un buen trago camino del salón. Había un cuenco de cristal con frutos secos sobre una mesita de madera y dejó la lata junto a él. Abrió la puerta esperando que Nathan le hiciese alguna de sus absurdas bromas. Quería que lo tratasen como a un adulto, pero a veces no podía evitar comportarse como un niño. Quien había llamado a la puerta, sin embargo, no era su hijo.
Jack estaba allí plantado en el porche de su madre, bañado por el sol. Las sombras que proyectaba su sombrero le cubrían la mitad del rostro. Daisy sintió que le daba un vuelco el corazón y, antes de poder articular palabra, esbozó una sonrisa.
– Qué tal.
– ¿Estás sola? -le preguntó Jack borrando de golpe su sonrisa con el tono frío de su voz.
«Lo sabe»; ése fue el primer pensamiento de Daisy, aunque lo rechazó al instante. No tenía modo de saberlo.
– Pippen está arriba durmiendo -explicó Daisy.
– ¿Dónde está Nathan? -preguntó él.
«Oh, Dios mío.» La inquietud empezó a abrirse paso en su interior.
– Dando una vuelta con su monopatín.
Jack no esperó a que le invitase a pasar.
– No. Te equivocas -le corrigió Jack adentrándose en la casa y dejando a su paso el aroma de aquella cálida mañana tejana. Le tendió a Daisy el monopatín de Nathan al pasar a su lado.
Daisy se hizo con él y lo abrazó contra su pecho. La ceñida camiseta de Jack marcaba los músculos de su pecho y de sus brazos, parecía más grande y más fiero de lo habitual.
– ¿Dónde está? -preguntó.
Jack se volvió y la miró a los ojos durante unos interminables y silenciosos segundos.
– No lo sé.
– ¿Por qué tienes tú su monopatín?
– Vino a verme esta mañana.
– ¿En serio? -Que Nathan fuese al taller de Jack no era fruto de la coincidencia. Daisy no se lo esperaba, pero tampoco le sorprendió: Nathan era de ese tipo de chicos que primero saltaban del tejado y después se paraban a pensar. Igual que Jack a su edad.
– Se olvidó del monopatín al marcharse -explicó Jack.
No creía que le hubiese dicho nada a Jack sobre su paternidad biológica. Pero, por otra parte, tampoco se le habría ocurrido jamás pensar que su hijo pudiese presentarse por su cuenta en el taller.
– ¿Qué te dijo? -quiso saber Daisy.
– Habló de Steven y de Monster Garage.
«Tal vez no lo sepa.» Quizá estaba ofuscado por alguna otra razón totalmente diferente. Después de todo, se trataba de Jack. El rey de los ofuscados.
– ¿Eso fue todo? -preguntó ella.
– Yo creo que pasó por allí para verme de cerca -dijo Jack; alzó el ala de su sombrero y Daisy lo observó con detenimiento. La rabia que observó en sus ojos ya era bastante explícita, pero sus palabras disiparon toda duda-: He leído la carta de Steven.
Ahora sí que estaba sorprendida.
– ¿Cómo conseguiste la carta de Steven?
– Me la diste el sábado.
¿Se la había dado? No lo recordaba. Habían pasado demasiadas cosas ese sábado.
– ¿Y no la has leído hasta hoy?
– No tenía la más mínima intención de leerla -admitió Jack y, en un tono frío y aparentemente calmado, prosiguió-: Dímelo, Daisy. Quiero oírtelo decir. Después de todos estos años.
Su aparente calma no la despistó ni por un segundo. La ira manaba del cuerpo de Jack como una ola de calor sobre el asfalto. Parecía que el corazón fuese a salírsele del pecho. Había esperado quince años para enfrentarse a ese momento. Sabía que tenía que ocurrir tarde o temprano, así que no tuvo más remedio que decir:
– Es tu hijo, Jack.
La expresión de Jack no varió ni un ápice.
– ¿Él lo sabe?
– Sí. Lo sabe desde hace muchos años.
– Así que soy el único que no estaba al corriente.
– Sí.
– ¿Tienes una remota idea -dijo Jack con la misma calma aparente- de lo que me gustaría hacerte en este preciso momento?
Sí, se hacía una idea. No creía que Jack fuese a hacerle daño, pero dio un paso atrás.
– Iba a contártelo -se explicó Daisy.
– ¿Ah, si? -Jack enarcó una ceja y preguntó-: ¿Cuándo?
– La primera noche que nos vimos. Fui a tu casa para explicártelo, pero Gina estaba allí. Te dije que tenía que hablar contigo de algo importante. Te lo dije esa noche y también cuando nos vimos en la boda de Shay, y en la pizzería, y en el Slim. -Daisy se puso roja como un tomate y dio otro paso atrás para dejar el monopatín sobre el sofá tapizado con motivos florales de su madre-. Fui a tu taller el sábado para contártelo, pero entonces… Lily estampó su coche contra el salón de Ronnie. Por eso olvidé que te había entregado la carta de Steven. -Se quitó el pasador del pelo y respiró hondo. Jack tenía todo el derecho a enfadarse. Debería haberle hablado de Nathan hacía muchos años. Era una cobarde-. Por eso he venido a Lovett. He venido a decirte que tienes un hijo.
Jack fijó la mirada en los ojos de Daisy y dijo:
– Tiene quince años.
Daisy se echó el pelo hacia atrás y volvió a recogérselo.
– Sí, así es.
– Me lo estás contando con quince años de retraso. Deberías habérmelo dicho cuando tuviste la primera falta de la regla. -Jack recapacitó durante unos segundos y añadió-: A menos que no supieses quién era el verdadero responsable.
– Lo sabía. -Aseguró Daisy. Jack no estaba siendo justo-. Tú fuiste el primer hombre con el que estuve. ¿Cómo es posible que me digas una cosa así?
– Tal vez sea porque pocos días antes de casarte con mi mejor amigo te estabas acostando conmigo. ¿Cómo voy a estar seguro de que no te acostabas con los dos a la vez?
– Sabes que no fue así. Te estás poniendo un poco borde.
– Tú no sabes lo que es ponerse borde -dijo Jack y finalmente sus verdaderos sentimientos salieron a la superficie. Dio un paso hacia ella y la miró de frente. Entrecerró los ojos y endureció el rictus de su mandíbula-. Hiciste lo más rastrero que se le puede hacer a un hombre. Concebiste a mi hijo y lo apartaste de mí. Tendría que haber estado presente cuando nació. Tendría que haber estado allí para verlo. Para verle dar sus primeros pasos y montar por primera vez en bicicleta. Tendría que haber oído sus primeras palabras, pero no fue así. Fue Steven. Steven escuchó cómo le llamaba papá, pero yo no. -Su seriedad era extrema cuando añadió-: Tienes suerte de no ser un hombre, porque si lo fueses te dará una paliza de muerte ahora mismo. Y disfrutaría con ello.
Una de las cosas más difíciles que Daisy había hecho en toda su vida fue estar allí, frente a Jack, y aguantarle la mirada sin retroceder un solo paso más.
– Tienes que entender que nunca pretendimos hacerte daño. Los dos te queríamos.
– Chorradas -espetó Jack.
– Es la verdad -insistió Daisy.
– Si eso es lo que le haces a las personas a las que amas, no quiero ni imaginar lo que tienes reservado a las que odies.
A Daisy empezó a dolerle la cabeza y se llevó una mano a la frente, pero siguió aguantándole a Jack la mirada y prosiguió:
– Recuerda cómo eran las cosas entre nosotros por aquel entonces. No hacíamos más que discutir y pelear. Cuando me faltó la regla la primera vez me asusté mucho, pero me dije que debía ser un retraso. Tras la segunda falta opté por no prestarle atención, pero con la tercera pensé que ya era demasiado retraso y que tenía que afrontarlo. -Bajó la mano-. Acababan de morir tus padres y estabas pasando una mala época. La noche que vine a decirte que estaba embarazada me dijiste que necesitabas estar solo. Creí que ya no me querías. No supe qué hacer. -Empezaron a escocerle los ojos, pero se negó a llorar-. No tenía a nadie con quien hablar excepto Steven. Acudí a él y me propuso que nos casásemos. Me dijo que cuidaría de mí y del niño.