– Te olvidaste de que era mi hijo. Deberías habérmelo dicho antes de marcharos los dos a Seattle.
– Íbamos a decírtelo, pero creímos que cuando te enteraras te sentirías obligado a casarte conmigo, y no estabas en situación de cuidar ni de mí ni del niño. Sólo tenías dieciocho años y mucho peso que cargar sobre los hombros. Parecía la única solución posible.
– No, fue la más sencilla para ti -dijo Jack-. Steven tenía dinero y yo no tenía nada.
– No me casé con Steven por eso. Sabes que siempre había querido a Steven. Si no estuviese tan enfadado, recordarías que también le querías. -Daisy apoyó las manos en los antebrazos de Jack. Tal vez no llegase a perdonarla jamás, pero tenía que hacerle entender-. Me casé con él porque estaba asustada. Tú ya no me amabas, y yo no sabía que hacer.
– ¿Cómo te sentiste, Daisy? -le preguntó Jack en un tono más bajo, con voz áspera y suave al mismo tiempo-. ¿Cómo te sentiste al darme la espalda por no estar enamorado de ti? ¿Llevarte a mi hijo te hizo sentir mejor? ¿Fue una venganza satisfactoria para ti?
– No tuvo nada que ver con la venganza.
Jack agarró a Daisy por las muñecas y las apartó de sus antebrazos.
– ¿Acostarte con Steven Monroe hizo que dejases de pensar en mí? ¿Dejaste así de quererme? ¿Pensabas en mí cuando hacías el amor con Steven?
– ¡No! -gritó ella.
– ¿Te acuerdas de cómo eran las cosas cuando estábamos juntos? -Jack bajó un poco más la voz, la cogió por las muñecas y se las colocó a la espalda-. Era estupendo. -La atrajo hacia sí y le habló al oído-. Todavía sigue siendo estupendo.
El ala de su sombrero rozó la cabeza de Daisy.
– Para, Jack.
– ¿Os reíais juntos todos estos años cuando pensabais en lo que me habíais hecho?
– No, Jack. Las cosas no fueron así. Nunca nos reímos. -Daisy sentía los fuertes latidos de su corazón en el pecho-. Créeme. Sé que deberíamos habértelo dicho mucho antes.
– ¿Quién figura como padre del niño en el certificado de nacimiento? -preguntó Jack en voz muy baja.
– Steven.
Jack la miró a los ojos y exclamó:
– ¡Maldita seas, Daisy!
– Creímos que sería lo mejor para él cuando fuese al colegio. Lo siento.
– Me importa una mierda lo mucho que lo sientas. Porque no es ni siquiera la mitad de lo que vas a sentirlo a partir de ahora.
– ¿A qué te refieres? -preguntó Daisy.
Jack le soltó las muñecas, deslizó las manos hasta los hombros de Daisy, y dijo:
– Escogiste a Steven en lugar de a mí porque yo era un chico pobre con las manos sucias de grasa que trabajaba en el taller mecánico de su padre…, pero ahora las cosas son diferentes. Ya no soy pobre, Daisy. Puedo permitirme un buen abogado, y eso es lo que voy a hacer. Lucharé contra ti.
– No vamos a luchar.
– Quiero conocer a mi hijo -dijo Jack.
– Ahora podrás conocerle. Yo también lo deseo. Y cuando nos vayamos…
– Cuando tú te vayas -la interrumpió Jack-. Él se queda.
– Eso es ridículo. No va a quedarse aquí contigo. Vive conmigo en Seattle.
– Ya lo veremos.
– Sé que estás enfadado. No te culpo.
– Qué consuelo saber que no me culpas -dijo Jack en tono irónico. La soltó y se dirigió hacia la puerta.
– Tendría que haberte hablado de Nathan hace muchos años -admitió Daisy-, pero no hay razón para que lo castigues a él por mi culpa. -Siguió a Jack hasta el porche-. Ha tenido que pasar por un mal trago. Perdió a su padre y ahora esto…
Jack se volvió tan deprisa que Daisy chocó con él.
– No ha perdido a su padre. Steven Monroe no era su padre -puntualizó Jack.
Daisy prefirió no añadir que para Nathan su padre siempre había sido Steven y que lo quería con locura.
– Nathan ha sufrido lo suyo estos dos últimos años. Necesita un poco de calma en su vida -explicó Daisy sin admitir que a ella también le convenía-. Hablaré con él. Veré qué es lo que quiere hacer y te llamaré.
– No voy a esperar a que me llames, Daisy Lee -dijo Jack mientras seguía caminando en dirección al mustang que estaba aparcado junto a la acera-. Cuando hable con Nathan seré yo quien te diga cómo van a ser las cosas -añadió mientras e alejaba, con el sol bañando su sombrero y sus anchos hombros.
– ¡Espera! -exclamó Daisy bajando las escaleras a toda prisa-. No quiero que hables a solas con él. Yo soy su madre. A ti no te conoce.
Jack rodeó el coche y metió la llave en la cerradura de la portezuela del conductor.
– ¿Y quién tiene la culpa de eso? -le preguntó a Daisy.
Ella le miró por encima del coche y dijo:
– Yo estaré presente.
Jack se echó a reír.
– ¿Como lo estuve yo estos quince años?
Daisy cogió la manija de la otra portezuela para subir al coche, pero estaba cerrada con llave. Se acordó entonces de Pippen y comprendió que, aunque lograse meterse en el Mustang por la fuerza, no podía irse con Jack.
– Nathan es mi hijo. No puedes excluirme.
– Ve acostumbrándote.
– Arreglaremos esta situación. Sé que podemos hacerlo. -Daisy no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero estaba decidida a evitar que el asunto se les fuese de las manos-. Tendría que habértelo dicho. Lo sé; no puedo entregarte a mi hijo, pero haré todo lo posible para subsanar mi error.
– ¿El qué? ¿Echarte encima del maletero de un coche? -Jack abrió la puerta del Mustang-. No me interesa.
No iba a ser fácil evitar que las cosas se pusiesen feas.
Nathan estaba sentado en el patio del instituto Lovett, con la espalda apoyada en la canasta de baloncesto. El tablero y el aro proyectaban en la pista una sombra oblonga que alcanzaba hasta la línea de tiros libres.
Miró hacia las pistas de tenis, más allá del campo de fútbol americano. No había imaginado cómo sería Tejas, tal vez como Montana, se había dicho. Pero su padre y él habían estado en una ocasión en Montana, y Tejas no se parecía en absoluto. Tejas era llana. Y hacía mucho calor. Y todo era de color marrón.
Tejas no se parecía en nada a Seattle.
Se apoyó en los pies y, deslizando la espalda por el poste de la canasta, se levantó. Se colocó bien la cadena que le rodeaba el cuello y le echó un vistazo al edificio del instituto. «Instituto», balbuceó en tono burlesco. No tenía ni siquiera el tamaño de la escuela primaria en la que él había estudiado. Probablemente todos alumnos llevaban gorros de vaquero y llegaban a la escuela montados a caballo. Probablemente todos escuchaban música country y mascaban tabaco. Probablemente nadie montaba en monopatín ni escuchaba a los Korn o los Weezer, ni jugaba a Sniper Fantasy con la XBOX.
Nathan se subió los pantalones, y ni siquiera notó que volvían a deslizarse hasta su cadera. Tenía problemas mucho mayores con los que lidiar. El monopatín le había resbalado de los dedos en el taller de Jack Parrish y había salido de allí corriendo como un niño atemorizado.
No le gustaba haber reaccionado así, pero cuando Jack le agarró tan fuerte del brazo se asustó. Y también cuando le miró de ese modo. Estaban allí tranquilamente riéndose y de pronto, sin ton ni son, Jack le agarró con fuerza y le clavó los ojos con tanta intensidad que estuvo a punto de mearse encima. Nathan no sabía si Jack se lo había imaginado todo en ese mismo momento, pero por la expresión le pareció probable que fuera así. De modo que, sin pensar en lo que hacía, Nathan echó a correr como un niño pequeño.