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Sin duda Jack debía creer que estaba zumbado.

Nathan se encogió de hombros y se dijo que le importaba un comino lo que pudiese pensar. Su padre le había contado un montón de historias sobre Jack. Se lo había pintado como un tipo muy guay, alguien a quien querría parecerse. Pero lo cierto es que Jack no le había gustado mucho. Prefería a Billy. A Billy también le gustaba Monster Garage. Billy sí que era guay.

Agarró una piedra del suelo y la lanzó contra el tablero de la canasta. Le asestó un buen golpe, rebotó, y poco le faltó para que le diera en la cabeza. Estaba claro que su madre no había hablado aún con Jack. Nathan había supuesto que su madre ya se lo había contado todo; de no ser así no habría ido al taller esa misma mañana. Al fin y al cabo, ése era el motivo por el que su madre había vuelto a Lovett. Iba a hablarle de él a Jack. O al menos eso era lo que ella le había dicho en Seattle.

Cruzó la cancha en dirección a la puerta de la valla metálica. Estaba enfadado con su madre, y se sentía estúpido. Además, tendría que ingeniárselas de algún modo para recuperar su monopatín. Quizá lo mejor sería dejar que Jack se lo quedase; no quería ir al taller y pedir que se lo devolviese. No de momento.

Sus zapatillas negras resbalaron al pisar la hierba y supuso que los aspersores habían estado encendidos no hacía mucho. La piel de sus zapatillas deportivas estaba recubierta de gotitas y se fijó en cómo iban deslizándose por la superficie a medida que avanzaba. Su madre ya debía de haber vuelto del hospital. Tenía que contarle dónde había estado. Cabía la posibilidad de que se enfadase con él, pero no le importaba. Cuanto más pensaba en ello, más enfadado se sentía él con ella. Si su madre hubiese hablado ya con Jack, o al menos le hubiese aclarado que no se lo había contado todavía, no habría hecho el gilipollas de aquel modo.

Cuando alzó la vista vio a una chica que caminaba hacia él desde el otro lado de la valla. A través del entramado metálico apreció el brillo de su cabello oscuro y se fijó en que estaba bastante morena, como si tomase el sol a menudo. Alcanzaron la puerta de la valla al mismo tiempo, y Nathan se hizo a un lado para dejarla pasar primero. Ella, sin embargo, se detuvo y le miró a los ojos.

– Tú no eres de por aquí. Conozco a casi todo el mundo y a ti nunca te había visto -dijo con un marcado acento tejano, arrastrando las palabras. Tenía unos enormes ojos de color castaño y, bajo un brazo, llevaba varios rollos de cartulinas de colores.

– Soy de Washington -le dijo a la chica.

– ¿De Washington D.C.? -Pronunció «Washington» del mismo modo en que lo hacían su madre o su abuela. Como si hubiese una erre en la sílaba «Wash». Llevaba una camiseta azul con las palabras «Ambercrombie and Fitch» en brillantes caracteres plateados. Era una empollona, y a él no le gustaban las empollonas. Chicas que compraban en Ambercrombie and Fitch y en The Gap. Chicas buenas.

– No, del estado de Washington -le explicó él.

– ¿Has venido de visita?

No, no le iban nada las empollonas…, pero ésa tenía la clase de labios que sólo le dejaban pensar en una cosa: besar. Últimamente había pensado mucho en ello.

– Sí, he venido a ver a mi abuela, Louella Brooks, y también a mi tía Lily. -aunque había besado a una chica una vez, en sexto, pero ese beso no era de los que contaban.

La chica frunció el ceño y preguntó:

– ¿Lily Darlington?

– Así es.

– Bull, uno de los primos de Ronnie, está casado con mi tía Jessica. -Rió sonoramente-. Casi somos familia.

Él dudaba que algo así les convirtiese en familia.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó Nathan.

– Brandy Jo. ¿Y tú?

A pesar tener pinta de empollona y de su acento marcado, Brandy Jo estaba muy bien. Era el tipo de chica que le provocaba un nudo en el estómago y que le hacía pensar en lo complicadas que eran las chicas. Y en esos momentos, cuando pensaba en chicas, echaba mucho de menos a su padre.

– Nathan -respondió. Había ciertas cosas que un chico no podía preguntarle a su madre.

Ella le estudió durante unos segundos y se quedó mirándole el labio.

– ¿Duele?

Nathan no tuvo que preguntarle a qué se refería.

– No -dijo, esperando que no le fallase la voz. Odiaba cuando se le escapaba algún gallo-. Tengo pensado hacerme un tatuaje.

Brandy Jo abrió mucho los ojos, y Nathan pensó que se había quedado impresionada.

– ¿Te dejarán tus padres? -le preguntó ella.

No. De algún modo, tendría que conseguir hacerlo sin que su madre se enterase. Meses atrás habían hecho un trato: su madre le permitía llevar un piercing si le prometía que jamás, mientras viviese, se haría un tatuaje. Se lo prometió, pero supuso que sólo tendría que mantener su palabra hasta cumplir los dieciocho. Los tatuajes eran geniales.

– Claro.

– ¿Dónde te lo harás?

Se señaló el hombro.

– Aquí. Todavía no sé qué será, pero en cuanto lo sepa me lo haré.

– Si pudiese hacerme uno, me haría un corazoncito rojo en la cintura.

Nathan pensó que era el típico tatuaje de chica, demasiado formal.

– Eso estaría bien. -Nathan dirigió la mirada a lo que la chica llevaba bajo el brazo-. ¿Para qué es eso?

– Este verano voy a dar clases de arte para niños. Lo pasaré bien, y además me pagarán cinco dólares con setenta y cinco la hora.

Darle clases de arte a niños no tenía nada de divertido para Nathan, pero cobrar cinco dólares con setenta y cinco la hora sonaba estupendo. No tardó en hacer los cálculos mentalmente. Se dijo que si trabajaba cinco horas al día, cinco días a la semana, podría conseguir unos quinientos setenta dólares al mes. Con tanto dinero podría comprarse un montón de CDs y un monopatín nuevo.

Un Mustang de color negro aparcó junto a la acera, al otro lado de la valla, y Nathan vio a Jack saliendo de su interior. Se echó el sombrero vaquero ligeramente hacia atrás y, mirando a Nathan por encima del coche, le dijo:

– Te olvidaste el monopatín en el taller.

Jack no parecía tan temible en ese momento, pero la tensión que Nathan sentía en el estómago se incrementó de repente.

– Lo sé.

Brandy Jo miró a Jack y después a Nathan otra vez.

– Ya nos veremos -le dijo a Nathan.

Nathan le devolvió la mirada.

– Vale. Ya nos veremos.

Cuando ella se alejó, volvió a centrar su atención en el hombre que le habían dicho que era su padre biológico. Por lo que Nathan podía apreciar, no se parecía demasiado a Jack.

– He llevado el monopatín a casa de tu abuela -le dijo Jack.

Nathan salió por la puerta de la valla y se quedó junto a la ventana del copiloto. Si aquella presión en el vientre no desaparecía acabaría devolviendo. Y eso era lo último que quería.

– ¿Estaba mi madre en casa?

– Sí. Estuvimos hablando. -Jack apoyó el antebrazo en el coche-. Me ha dicho que hace muchos años que sabes que soy tu padre.

– Sí. -Nathan tragó saliva con mucha dificultad. No entendía por qué se sentía tan raro. No es que le importase mucho lo que Jack pudiese pensar. En realidad, había ido hasta el taller arrastrado por la curiosidad. Eso era todo. No le importaba lo que pensasen los demás-. Lo sabía.

– Bueno, me alegra que al menos a ti no te mintiese. -Jack le echó un vistazo al reloj que llevaba en la muñeca y tamborileó con los dedos sobre el capó-. ¿Quieres que te lleve a casa?

– Vale. -Nathan esperó a que Jack quitase el seguro de la puerta y después montó. Al sentarse sobre la suave piel de color beige su estómago se comprimió todavía un poquito más. No sabía cuánto debía costar aquel coche, pero sin duda muchísimo más que la ridícula furgoneta que su madre tenía en Seattle. Eso seguro.

– ¿Es un Shelby? -preguntó Nathan.

– Sí. Un GT 500 de 1967.

Nathan no sabía demasiado sobre Mustang, pero sí tenía claro que, si uno quería un Mustang, ése era el modelo adecuado.