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– ¿Qué motor tiene? -preguntó tras cerrar la portezuela.

– Un auténtico Police Interceptor 428.

– Genial.

– Me encanta. -Jack encendió el motor, miró por el retrovisor y se incorporó a la calle.

– ¿Qué velocidad puede alcanzar?

– Doscientos por hora -respondió Jack-. No es nada comparado con el Daytona, por supuesto. ¿Qué velocidad dijiste que podía alcanzar en circuito?

– En circuito, trescientos cuarenta. En la feria de muestras de 1969 pilló los doscientos setenta.

Jack dejó escapar una risotada y, aferrando las manos al volante, dijo:

– ¿Sabes una cosa? A Billy le iría bien un poco de ayuda con ese Barracuda que tenemos en el taller. Dado que vas a pasar un tiempo por aquí y que algún día tendrás tu propio Daytona, tal vez te gustaría echarle una mano con ese motor Hemi.

¿Estaba de broma? Nathan habría dado cualquier cosa simplemente por tocar un motor Hemi.

– Eso sería estupendo. Pero no sé cuánto tiempo voy a quedarme en el pueblo.

Jack le miró a los ojos; la sombra del sombrero le llegaba hasta la nariz.

– Hablaremos con tu madre para saber cuánto tiempo vais a quedaros. -Volvió a mirar al frente y metió la tercera-. Naturalmente, aunque seamos familia no vamos a pagarte más que al resto de los chicos.

«¿Pagarme? -pensó Nathan-. ¿Recibir dinero por tener el honor de trabajar en un Hemi?» Se le puso la piel de gallina. Bajó la vista y se fijó en la cadena que colgaba de sus pantalones. Se aclaró la garganta y asintió con la cabeza varias veces.

– De acuerdo.

– Empezarías cobrando siete con cincuenta la hora.

Intentó calcular mentalmente, pero eso, que por lo general se le daba muy bien, le resultó del todo imposible en ese momento.

– Vale.

– ¿Nathan?

Nathan volvió la mirada hacia Jack y contestó:

– ¿Sí?

– Tendría que haber sabido de ti mucho antes -dijo Jack sin apartar la vista de la carretera.

Nathan estaba totalmente de acuerdo, pero guardó silencio.

– De haberlo sabido -prosiguió Jack- habría estado más presente en tu vida. Nadie podría haberme apartado de ti.

Nathan no supo qué responder, así que permaneció con la boca cerrada.

– Tal vez mientras estés aquí podamos conocernos un poco -repuso Jack.

– Claro.

– Y si no nos caemos mal del todo, incluso podrías plantearte la posibilidad de pasar aquí todo el verano.

«¿Todo el verano? ¿En este lugar remoto? Ni hablar.» -cuando acabemos con el Cuda, necesitaré alguien para que lo pruebe. ¿Crees que podrías hacerlo? -le preguntó Jack.

Nathan se mordió el pendiente del labio para no sonreír. «¡Sería genial!», pensó.

– Sí -respondió.

– Tienes carné de conducir, ¿verdad?

Toda su ilusión se vino debajo de golpe.

– No, sólo tengo quince. Hay que tener dieciséis -repuso.

– En Tejas no. Puedes sacártelo a los quince.

– ¿En serio?

– Sí. Tendrás que sacarte el carné para poder probar el Cuda en mi lugar. Es la política de la compañía por los temas del seguro. Eso significa que tendrás que ir a clase. Mas o menos la mitad del verano.

Desde que tenía uso de razón, Nathan soñaba con el día en que pudiese disponer del carné de conducir.

– No tienes por qué darme una respuesta hoy mismo. Piénsatelo y ya me lo dirás -le dijo Jack.

Si se quedaba en Tejas todo el verano conseguiría el carné antes de lo previsto. Además, trabajaría en un motor Hemi y ganaría un buen puñado de dinero. Se ajustó la cadena que llevaba alrededor del cuello.

– Tendré que consultarlo con mi madre.

Y a ella no le iba a hacer ninguna gracia. Siempre le decía a todo que no. No quería que se divirtiese ni que creciese. Pretendía que se aburriese y que fuese un niño pequeño toda su vida.

– Ya hablaré yo con ella -dijo Jack.

– ¿Lo harías?

– Claro que sí. -Y sonrió ampliamente, mostrando todos sus dientes-. Será un placer.

Capítulo 13

– ¿Te acuerdas de Azelea Lingo?

– No -respondió Daisy con la mente en otra parte mientras miraba por la ventana de la cocina de su madre.

– Claro que sí. Es la que le compró a Lily media aspiradora como regalo de boda -prosiguió Louella como si Daisy hubiese estado presente en la boda de su hermana.

– ¿Cómo puede una persona comprar media aspiradora como regalo de boda? -preguntó Daisy sin tener interés alguno por el tema. Hacía más de una hora que Jack había aparecido para marcharse a los pocos minutos. Más de una hora y todavía no le había visto el pelo a Nathan.

– Dejó una paga y señal y Lily tuvo que pagar el resto. Una aspiradora de noventa dólares le costó cincuenta. Y ya sabes, Azelea no pasa hambre precisamente. Está tan gorda que tiene que sentarse por turnos, así que no se trata de que no pudiese pagar una aspiradora entera.

Daisy había estado a punto de marcharse una docena de veces, pero siempre había acabado concluyendo que la mejor opción era quedarse y esperar.

– Bueno, pues el marido de Azelea, Bud, la dejó hace unos años y se casó con una muchacha de Amarillo. Pero lo que la chica de Amarillo no sabe es que Bud viene a Lovett cada dos por tres a buscar el amor en los brazos de Azelea -siguió contándole su madre.

Daisy se frotó el entrecejo. La cabeza iba a explotarle.

– ¿Qué te pasa, cariño mío? -Louella hizo un alto en su historia para hablar con Pippen-. Oh, ¿quieres tu gorro? Daisy, mi amor, ¿dónde está el gorro de Pip?

Daisy apretaba con tal fuerza la mandíbula que le costó articularla para poder hablar.

– Posiblemente en tu dormitorio -le respondió a su madre.

– Ve a mirar encima de la cama de la abuela -le dijo Louella a Pippen.

– No, tú -exigió el niño con su aguda voz.

– Iremos juntos -accedió entones Louella.

Cuando salieron de la cocina, Daisy siguió mirando por la ventana. Apartó la cortina azul de terciopelo y apoyó la frente en el cristal. Dado que Nathan no había vuelto, supuso que Jack lo había encontrado: se le ocurrieron una docena de posibilidades que iban desde que los dos se hubiesen sentado a charlar en alguna parte hasta que Jack había secuestrado a Nathan. Suponía que algo así era del todo inviable, pero con Jack nunca se sabía.

Abrió la puerta y sacó la cabeza para echar un vistazo a la calle. No había señal alguna de ninguno de los dos.

– Cierra la puerta. Estás dejando que entre el calor de la calle -dijo su madre al entrar en la habitación. Daisy se volvió y vio que su madre se había puesto una blusa rosa que llevaba cosidas diminutas perlas de adorno y una falda larga tejana. Pippen estaba a su lado, con su gorro de mapache y los pañales a la vista.

– Este mediodía, justo cuando salía del hospital, traían a Bud Lingo para ingresarlo -prosiguió su madre-. Al parecer, sufrió un ataque al corazón mientras estaba con Azelea. No pude quedarme en el hospital, pero siento una terrible curiosidad por saber qué ocurrirá cuando su mujer le siga la pista desde Amarillo hasta aquí. -Louella se acercó al armario donde guardaba las cintas de vídeo y lo abrió-. La menor de sus hijas, Bonnie, también estaba allí. Es la que tuvo esa niña tan fea el día de San Valentín. Dios, cuando levanté la mantita que la cubría y le vi la cara a la pobre niña, casi se me para el corazón. No tenía ni un solo pelo en la cabeza, y era rosada y delgaducha como una rata recién nacida. Por supuesto, mentí y le dije que era preciosa. ¿Te acuerdas de Bonnie? Bajita. Morena…

Al parecer su madre se había empeñado en conseguir que le estallase la cabeza. Daisy salió al porche y cerró la puerta. Se sentó en el primer escalón y apoyó la sien en una de las columnas blancas de madera que sostenían el techo. Estaba muy nerviosa, y hacía ya un buen rato que había perdido la paciencia. Era apenas la una del mediodía, pero sabía que el día ya no podía sino ir a peor. Jack la odiaba abiertamente: iba a hacer de su vida un infierno, tal como ella le había prometido la primera noche que le vio. Aunque Daisy entendía el enfado y la indignación de Jack, no podía permitirle salirse con la suya, no podía consentir que quien se llevara la peor parte fuera el que menos culpa tenía, es decir, Nathan.