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Bajó la vista y se quedó mirando su pie desnudo con las uñas pintadas de rojo. Por primera vez. Se percató de que tenía la marca de unos dedos en los muslos. No tuvo que preguntarse de dónde habían salido. Jack. Había dejado su huella cuando hicieron el amor, y días después todavía no había desaparecido.

Era de esperar, pensó. La marca que Jack dejó en ella en su juventud estuvo allí durante muchos años, y no se refería precisamente a Nathan. La marcó donde nadie podía verlo. Dejó una marca imborrable en su corazón y en su alma. Una marca que por muy lejos que se fuese, por mucho tiempo que pasase, o por mucho que lo ocultase, no perdía un ápice de su fuerza.

A pesar de los sentimientos que Jack albergaba ahora por ella, Daisy tenía la sensación de que se estaba enamorando de nuevo de él. Había empezado a detectar los síntomas con la misma claridad con la que comprendía que no podía permitir que algo así sucediese.

Cuantos antes agarrase a Nathan y se fuesen del pueblo, mejor. Ahora Jack sabía que tenía un hijo. Podría llamarlo o escribirle a Seattle, incluso visitarlo de vez en cuando en el futuro. Lily se estaba recuperando y pronto le darían el alta, pero ella seguía atrapada. Sí, Daisy tenía sus propios problemas, y debía largarse de allí antes de que su vida se desmoronase por completo. Desde una manzana de distancia Daisy oyó el inconfundible sonido del Mustang de Jack. Alzó la vista y vio el coche negro que se acercaba a la casa. Cuando se puso en pie, el coche se detuvo frente al porche. Jack paró el motor y vio a Daisy. Sus miradas se encontraron: en la de Jack había ira; en la de Daisy, resignación. Ella inclinó la cabeza para ver quién se sentaba en el asiento del copiloto: era Nathan. Su hijo tenía la cabeza gacha. Dijo algo, y ambos salieron del coche. Cerraron las portezuelas al mismo tiempo y Jack espero a que Nathan rodease el coche. Daisy sintió el sol de Tejas calentándole los hombros. Le costó dios y ayuda mantener el control y no echarse a correr hacia su hijo.

Jack y Nathan ascendieron el camino de entrada al mismo ritmo. Nathan, con las manos en los costados, se esforzaba por conferir a su andar un aire de aparente tranquilidad. Sin embargo, sus ojos azules expresaban cautela: no sabía si le esperaba una bronca o un abrazo.

Jack llevaba una mano metida en el bolsillo de sus Levi’s y la otra colgada despreocupadamente de un costado. Como siempre, caminaba sin prisa, como si no tuviera especial interés por llegar a ninguna parte.

– ¿Dónde has estado, Nathan? -le preguntó su madre cuando se detuvo frente a ella. Tuvo que refrenar el impulso de abrazarle y tranquilizarle como si fuese todavía un niño pequeño-. Estaba muy preocupada. Sabes que no me gusta nada que te vayas por ahí y no me digas cuándo vas a volver.

– Hemos ido a dar una vueltecita -le dijo Jack.

Nathan frunció el ceño y Daisy le preguntó:

– ¿Estás bien?

– Sí.

Pero no parecía estar bien. Parecía cansado y molesto, y tenía las mejillas enrojecidas debido al calor.

– ¿Tienes hambre?

– Un poco -admitió Nathan.

– Entra y dile a la abuela que te prepare algo de comer.

Nathan se volvió hacia Jack y le dijo:

– Supongo que nos veremos.

– Cuenta con ello -respondió Jack-. Te llamaré cuando haya hablado con Billy.

– Genial. -Nathan subió los escalones con los pantalones a la altura de las caderas acompañado del tintineo de sus cadenas.

– ¿Dónde lo encontraste? -quiso saber Daisy en cuanto su hijo cerró la puerta.

– En el instituto. Estaba hablando con una chica -respondió Jack.

– ¿Adónde lo has llevado? -preguntó Daisy mientras se volvía para mirarle a la cara. El ardiente sol penetraba por el fino tejido del sombrero de Jack y le cubría el rostro de pequeños puntitos de luz.

– Por ahí.

– Por ahí, ¿dónde? -insistió Daisy.

Jack sonrió y dijo:

– Simplemente por ahí.

Ella se llevó la mano a la frente para protegerse del sol. Jack lo estaba pasando de maravilla con todo aquello.

– ¿De qué habéis hablado? -le preguntó Daisy.

– De coches.

– ¿Y?

– Va a trabajar para mí este verano -le explicó Jack.

– Imposible -dijo Daisy haciendo un amplio gesto con la mano-. Tenemos planes.

– Cámbialos. Nathan dice que quiere trabajar para mí este verano.

Daisy le miró fijamente a los ojos, esos ojos verdes rodeados por largas y oscuras pestañas, y le dijo:

– ¿Piensas que voy a creerme que todo eso se le ha ocurrido a él solito?

Jack negó con la cabeza y un montón de puntitos de luz se pasearon por sus labios.

– No importa a quién se le haya ocurrido. Es lo que queremos los dos.

– No podemos quedarnos aquí todo el verano -dijo Daisy mientras una gota de sudor descendía entre sus pechos-. Ya he pasado aquí más tiempo de que tenía pensado.

– No hay razón alguna para que te quedes. De hecho, tal vez sea mejor que te vayas -opinó Jack.

– No voy a dejar a mi hijo aquí contigo -le aseguró Daisy-. Lo conoces desde hace una hora y ya le has manipulado para que quiera quedarse.

– Sencillamente le he ofrecido un trabajo: ayudar a Billy a reparar un motor Hemi 426. La idea le ha encantado.

Daisy alzó las manos y exclamó:

– ¡Pues claro que le ha encantado! Ese niño ha dormido con sábanas de la NASCAR la mayor parte de su vida y escogió su primer coche a los tres años. Un Porche 911.

– ¡Por todos los santos! -exclamó Jack a su vez-. ¿Dejaste que mi hijo eligiese una de esas mierdas europeas?

En cualquier otra circunstancia Daisy se hubiese echado a reír, pero se limitó a preguntar:

– ¿Qué demonios importa eso?

– Es un Parrish. -Jack se sacó el sombrero y se enjugó la frente con la corta manga de su camiseta-. A nosotros nos importa. -Se pasó la mano por el pelo y volvió a colocarse el sombrero-. Si hubiese sido educado como Dios manda, sabría apreciar la diferencia -añadió.

¿Cómo se atrevía a criticar el modo en que había educado a Nathan? Tal vez no había sido siempre la madre perfecta, pero había hecho todo lo que estaba en su mano para serlo. Habría matado a cualquiera que hubiese querido hacerle daño a su hijo.

– Si hubiese sido educado como Dios manda -prosiguió Jack-, no llevaría un anillo en el labio ni cadenas de perro por todas partes.

Fue la gota que colmó el vaso, y en menos de un segundo se olvidó por completo de su decisión de llevarse bien con Jack por el bien de Nathan. En ese preciso instante había dejado de importarle que Jack tuviera derecho o no a estar enfadado; había cruzado la línea, había insultado a su hijo.

– Es un muchacho estupendo -dijo Daisy apoyando el dedo índice en el pecho de Jack-. El aspecto no es lo que importa, lo que importa es el interior.

Jack observó el dedo de Daisy y después volvió a mirarla a los ojos.

– Parece un erizo.

– Muchos chicos lo parecen donde nosotros vivimos -dijo Daisy golpeándole a Jack con el dedo dos veces más-. ¡Paleto!

Jack abrió mucho los ojos y después los entrecerró. La agarró por la muñeca y le apartó la mano.

– Te has convertido en una yanqui, has olvidado los buenos modales y tienes un acento horrible -le dijo Jack.

Daisy se aclaró la garganta, dispuesta a saltarle a la yugular. Se afianzó sobre los pies y dijo:

– Lo tomaré como un cumplido viniendo de un mecanicucho de segunda como tú.

– Zorra vanidosa. -La agarró por los hombros como cuando tenían diez años y discutían para dejar claro quién tenía la mejor bicicleta. Se quitaban la palabra el uno a la otra, gruían y se enseñaban los dientes, pero jamás alzaban la voz-. Siempre has creído que el sol sale y se pone por tu propio culo.