– Y tú siempre has creído que tenías un regalo de Dios entre las piernas. -Daisy le colocó las manos sobre el pecho y le empujó, pero él no se movió-. Pero te diré una cosa, en nombre de todas las mujeres, lo que tienes ahí abajo no es nada del otro mundo.
– Pues no parecías opinar lo mismo el sábado pasado, sentada sobre el maletero del Custom Lancer. De hecho, lo que tengo entre las piernas te hizo disfrutar tanto que incluso te pusiste a llorar.
– No te hagas ilusiones. Hacía mucho tiempo que no tenía relaciones. Me habría pasado lo mismo con cualquiera. -Daisy sonrió, estaba demasiado enfadad para que eso pudiera incomodarla-. Podría haber sido Tucker Gooch -añadió, consciente de lo poco que a Jack le gustaba Tucker.
Jack se carcajeó y dijo:
– Tucker no tiene lo que hay que tener para hacerte respirar como si estuvieses teniendo una experiencia mística.
La puerta de la casa se abrió y Louella asomó la cabeza.
– Estáis ofreciendo un buen espectáculo a los vecinos.
Jack soltó los hombros de Daisy y se las ingenió para parecer contrito.
– Buenas tardes señora Brooks.
– Hola, Jackson. Hace calor, ¿eh?
– Más que en el mismo infierno -contestó Jack quitándose el sombrero e intercambiando con la madre de Daisy los cumplidos de rigor como para demostrar que le habían educado como Dios manda.
– No te veía desde hacía mucho tiempo -le dijo Louella.
– Cierto, señora -admitió Jack.
– ¿Cómo está tu hermano?
– Está bien. Gracias por su interés.
– Bueno, salúdalo de mi parte.
– Así lo haré ¿y usted como se encuentra, señora Brooks?
Daisy se sentó en el penúltimo escalón de hormigón. Apoyó la frente en la mano dispuesta a que su madre empezara a relatarle a Jack la larguísima historia sobre el amago de ataque al corazón que sufrió cuando vio a la poco agraciada hija de Bonnie Lingo. Por una vez en su vida, Daisy agradeció su pesadez, pues eso le ofrecía tiempo para recomponerse.
Sin embargo, Louella se limitó a decir:
– Eres muy amable por preguntármelo. Estoy bien.
– Me alegro de que así sea, señora.
Daisy casi pudo sentir los ojos de su madre clavados en la nuca. Pero ya se sentía lo bastante idiota por haber discutido con Jack en el porche, así que prefirió no volverse y evitar una de las miradas reprobatorias de su madre.
– ¿Nos ha oído Nathan? -le preguntó Daisy.
– No. Desde dentro no podíamos oíros, pero se os veía perfectamente -explicó Louella.
– Estupendo -susurró Daisy.
Escuchó cómo se cerraba la puerta y miró a Jack para decirle:
– Vamos a tener que llevarnos bien.
Él negó con la cabeza. Incluso con aquel absurdo sombrero tenía buena pinta.
– Eso no va a ocurrir -dijo Jack.
– Entonces tendremos que fingir. Por el bien de Nathan.
– Escucha, florecita, te diré algo -dijo él echándose el sombrero hacia atrás-. Me temo que no soy bueno mintiendo.
Daisy recordó su mentira sobre su reciente viaje a Tallase.
– Si tú lo dices…
Jack frunció el ceño y dijo:
– Al menos no tan buena como tú.
Daisy se puso en pie sobre el último escalón y le miró a los ojos.
– ¿De verdad crees que Nathan querrá quedarse aquí contigo sabiendo que me odias? -le preguntó a Jack y, sin esperar a que respondiese añadió-: Le gusta comportarse como si fuera adulto. Le gusta creer que me empeño en tratarlo como un niño pequeño, pero lo cierto es que todavía me necesita.
Jack relajó el gesto de su frente y preguntó:
– ¿Me estás diciendo que vas a dejar que se quede durante el verano?
Daisy no creía disponer de otra opción. Hablaría con Nathan, y si realmente deseaba trabajar en el taller de Jack y conocerle Daisy no se opondría.
– Si eso es lo que quiere… Pero no le dejaré solo contigo. Lo dejé en Seattle sólo un par de semanas al cuidado de unos familiares y no pudo resistirlo.
Daisy dejó salir el aire de sus pulmones y añadió como si pensase en voz alta:
– Nathan sólo ha traído una mochila de ropa. Yo sólo me traje una maleta. No podemos pasar todo el verano con lo que tenemos aquí. -Tendría que ir a Seattle en busca de unas cuantas cosas.
Jack se cruzó de brazos. Había ganado ese asalto y lo sabía.
– Tienes que prometerme que no volveremos a pelearnos -le pidió a Jack.
– Acepto.
– Tenemos que llevarnos bien.
– Delante de Nathan.
Para Daisy todavía no era suficiente.
– Vas a tenar que fingir que te gusto -le advirtió a Jack.
Jack echó la cabeza hacia atrás y la sombra de su sombrero le recorrió la cara de arriba abajo. Entonces dijo:
– No tientes a la suerte.
Daisy cambió el agua de las lilas y volvió a colocar el jarrón en el estante que había junto a la cama de su hermana, en el hospital. A Daisy le desagradaba el intenso perfume de las lilas. Le hacían pensar en la muerte.
– No voy a estar aquí mañana cuando te den el alta -le dijo a Lily tendiendo el brazo para coger el jarrón con tulipanes y rosas blancas.
– ¿Nathan y tú volvéis a casa? -preguntó Lily mientras se comía la gelatina de la bandeja del almuerzo.
– Sólo yo, pero por unos pocos días. -Daisy caminó hasta la pila y cambió el agua del jarrón-. Por lo visto, vamos a quedarnos aquí a pasar el verano.
Lily no dijo nada y Daisy volvió la cabeza para mirarla. Lily tenía la frente cubierta por una amplia venda blanca que le protegía las heridas. Uno de sus ojos presentaba un tono entre azul y negro, el otro iba del verde al amarillo. Tenía el labio superior ligeramente hinchado, el antebrazo izquierdo vendado y el tobillo y el pie derechos escayolados.
– ¿Qué ha pasado? -acabó por preguntar Lily-. ¿Le hablaste de Nathan a Jack?
– No exactamente. -Daisy dejó el jarrón junto al tarro de lilas y se sentó en una silla cerca de la cama de Lily-. Fue Nathan, por así decirlo, el que se lo dio a entender -le respondió a su hermana; no tardó en contarle el resto de la historia y luego añadió-: He intentado decirle a Jack lo mucho que lo lamento, pero aún no está preparado para recibir mis disculpas.
Lily volvió la cabeza sobre la almohada. Sus ojos azules contrastaban con el mosaico de colores de su rostro.
– Lo lamento no son más que dos palabras, Daisy -le dijo su hermana-. Y no significan absolutamente nada si no las sientes de veras. Ronnie me decía que lo lamentaba cada vez que lo pillaba en una mentira, pero lo que realmente lamentaba era que lo hubiese pillado de nuevo. A veces decir lo lamento no es suficiente.
Oyeron que llamaban al doctor Williams por megafonía. Daisy se puso en el lugar del otro, de aquel que sentía el más terrible de los dolores.
– Sí, lo sé. -Se aferró a los brazos del sillón y añadió-: Por eso vamos a pasar aquí el verano. Se lo debo a Jack. Es posible que, en su momento, tomase la decisión correcta, pero no debería haber esperado quince años para contárselo. Me siento muy culpable.
– Tampoco dejes que la culpa te atormente -le rectificó Lily dejando la gelatina sobre la bandeja-. ¿Te acuerdas de cuando estuvimos en el Slim Clem’s?
– Claro.
– Esa noche me fui a la cama con Buddy Calhoun -confesó Lily.
Daisy se quedó con la boca abierta.
– Vino a mi casa y nos enrollamos -empezó a contarle su hermana-. Fue muy dulce y, la verdad, estuvo muy bien. Pero en cuanto se marchó empecé a sentirme culpable, como si hubiese engañado a mi marido. Ronnie me había estado poniendo los cuernos durante años, y luego nos abandonó a Pippen y a mí, y en cambio era yo la que me sentía culpable. -Se rascó la frente, cerca de la venda-. No tenía ni pies ni cabeza, pero me sentí tan mal que me monté en el coche y fui hasta su casa. No estaba allí, pero empecé a dar vueltas con el coche mientras esperaba a que llegase. Fui cabreándome cada vez más. Después de eso no me acuerdo de mucho, pero supongo que se me fue la cabeza y acabé empotrada en su salón.