Los tres en una sola cama. Una familia feliz. Jack tendría que haber sido uno de los protagonistas de esa historia. Tendría que haber estado con ella y con Nathan. Pero Daisy eligió a Steven.
Debió haberle elegido a él. Era él el que tendría que haber estado en aquella cama, pero la cruda realidad era que no podía culparla por su elección.
Ya no. Ella había escogido a Steven porque tenía dieciocho años y estaba asustada. Pero tener dieciocho años y estar asustada no justificaba el hecho de que se hubiese llevado a su hijo. No creía que pudiese perdonarla nunca por ese motivo.
Daisy extendió otras cuantas fotografías sobre la mesa.
– Tengo un montón de fotos de Nathan a todas las edades. Es mi tema favorito. Tengo algunas en blanco y negro, muy bonitas, que tomé hace unos años, cuando subimos por las rocas que había al pie de Snoqualmie Falls. El blanco y negro unificó todo lo que Nathan tenía a su alrededor. -En su boca se esbozó el anuncio de una sonrisa-. En color la foto habría sido excesiva y Nathan se habría perdido entre tanta variedad de colores y formas.
– Hablas como una experta en fotografía -le dijo Jack; él tenía una de esas cámaras compactas con enfoque automático, y además siempre se olvidaba de llevarla a las fiestas de sus sobrinas.
– Soy fotógrafa. Es así como me gano la vida -le explicó ella.
Jack no lo sabía. Pero lo cierto era que sabía muy pocas cosas de su vida en Seattle.
– Es lo que tengo planeado hacer en el futuro -prosiguió Daisy-. Voy a abrir mi propio estudio. Me he estado informando sobre el precio del alquiler de pequeños locales, incluso he hablado con un agente inmobiliario sobre un local en Belltown, que está en el centro de la ciudad. -Rebuscó en la caja y sacó más fotografías-. Al principio sé que será duro, con el dinero que saque de vender la casa y lo que recibí por el seguro de vida de Steven saldremos adelante.
Ella continuaba con su vida. Miraba hacia el futuro, en tanto que él seguía anclado en el pasado, incapaz de avanzar.
Louella entró en la cocina seguida de Nathan, que cargaba con más cadenas de lo habitual y llevaba una camiseta con el dibujo de un monopatín estampado en el pecho.
Daisy se levantó y fue a su encuentro.
– Nathan, Jack ha venido para hablar contigo.
Nathan miró a su padre por encima de la cabeza de Daisy. Jack dejó las fotografías sobre la mesa y se puso en pie. Centró su atención en la abuela del muchacho. Tenía ojeras muy marcadas y el pelo algo despeinado.
– Buenas tardes, señora Brooks.
– Buenas tardes, Jackson -respondió la madre de Daisy.
– ¿Qué tal se encuentra?
– He tenido días mejores -dijo-. Lily insiste en quedarse en su casa, a pesar de que aquí estaría mucho mejor. -Dejó su enorme bolso negro sobre la encimera y se acercó a Jack-. El año pasado, la hija de Tiny Barnett, Tammy, tuvo problemas femeninos y tuvieron que operarla. ¿Te lo contaron?
Jack no estaba seguro de si Louella le estaba hablando a él. Le estaba mirando, pero no conocía a nadie llamado Tiny Barnett, ni tampoco a su hija Tammy.
Sin embargo, sin esperar respuesta, Louella prosiguió:
– Murió porque salió del hospital demasiado pronto.
– Mamá -dijo Daisy con un suspiro-, Lily no va a morir.
– Eso fue lo que pensó Tammy. Y dejó solo a un niño de la edad de Pippen. Y también a un marido. Era uno de esos yanquis del este, así que cuando Tammy pasó a mejor vida hizo las maletas y se llevó al niño. Tiny no le ha visto el pelo desde entonces. Y Tiny es una buena mujer. Ha estado con Horace Barnett todos estos años. Y todo el mundo sabe que ese hombre nació cansado y que es un vago redomado. No creo que haya aguantado más de un mes seguido en alguno de sus innumerables trabajos.
Dejó de hablar y entonces Jack recordó de pronto un detalle fundamentaclass="underline" la razón por la cual Steven y él solían esperar a Daisy en el porche. Habían pasado quince años, pero aquella mujer no había cambiado. Louella Brooks no callaba ni debajo del agua.
– Además, Horace tiene una hija retrasada, la pobre. Suele pasar por el restaurante de vez en cuando para comer mollejas. Yo creía que…
A Jack empezó a dolerle la cabeza, miró a Daisy y a Nathan, que estaban de perfil, detrás de Louella. Nathan era unos cuantos centímetros más alto que su madre y miraba a Daisy con la cabeza ligeramente inclinada intentando comunicarle algo sin hablar. Ella se encogió de hombros como queriendo decir «No puedo hacer nada por evitarlo». Mientras Louella no dejaba de parlotear sobre mollejas y pollo frito, Daisy y Nathan mantenían una conversación sin decir palabra. Madre e hijo.
Nathan se balanceó sobre los talones y se pasó el dedo índice por el cuello. Daisy se tapó la boca con la mano y sacudió la cabeza. Eran una familia. Una familia de dos miembros. Se sentían a gusto el uno con el otro. Y Jack no formaba parte de esa unión.
Como si hubiese notado su mirada, Daisy volvió la cabeza hacia Jack y soltó una carcajada.
– Por Dios, Daisy. ¿Qué te ocurre? -le preguntó Louella volviéndose para mirar a su hija.
– Es que me he acordado de algo que me ha pasado hoy. -Daisy se pasó el pelo por detrás de las orejas y añadió-: Jack ha venido a hablar con Nathan, así que deberíamos dejarlos solos.
– De hecho, esperaba que Nathan y tú me acompañaseis al coche -dijo Jack.
– Guay -dijo Nathan.
– Claro.
Jack miró a Louella y se despidió:
– Buenas tardes, señora. Déle recuerdos a Lily de mi parte cuando la vea.
– Lo haré -dijo ella.
Los tres cruzaron el salón y salieron por la puerta principal, con Jack en cabeza.
– ¿Por qué nunca le dices que pare? -le preguntó Nathan a su madre en cuanto la puerta se cerró a su espalda.
Dejaron atrás el porche y recorrieron el camino de acceso a la casa. La puesta de sol teñía el cielo del anochecer con una paleta de impresionantes tonos rojizos y anaranjados, que a lo lejos se acercaban al rosa y al púrpura. Bajo aquella luz, el cabello de Daisy parecía oro puro.
– Una vez que empieza nadie puede detenerla -respondió Daisy.
– Cuando veníamos de casa de tía Lily no dejó de hablar de alguien llamado Cyrus -dijo Nathan.
– Cyrus era tu tío abuelo; el pobre murió a los catorce años -le explicó su madre.
– ¿Y por qué demonios tendría que importarme eso a mi? -exclamó el chico.
– ¡Nathan!
Jack se echó a reír.
– No le animes a hablar mal, Jack -le dijo Daisy justo cuando llegaban al final del sendero de entrada.
– Ni lo sueñes -contestó Jack volviéndose hacia su hijo-. ¿Qué te parecería ir de pesca?
Nathan se encogió de hombros.
– Mi padre y yo solíamos ir de pesca a menudo.
Jack se obligó a sonreír.
– Voy a ir a pescar este fin de semana y me gustaría que vinieses conmigo -le explicó Jack-. He pensado que podríamos salir el sábado por la mañana y regresar el domingo.
Nathan miró a Jack y después se volvió hacia su madre.
– No tenemos planes para este fin de semana. O sea que de acuerdo. Lo pasaréis bien -dijo Daisy.
Nathan permaneció callado, y Jack decidió hablar para romper el silencio. Abrió la boca y se oyó a sí mismo decir:
– Daisy, ¿por qué no te vienes con nosotros?
No podía creer lo que acababa de decir. El dolor de cabeza se agudizó. Acababa de proponerle a Daisy lo que tanto le había fastidiado que le sugiriese su hermano Billy.
Lo único que podía esperar ahora era que ella rechazase su oferta.
Capítulo 15
Una suave brisa acariciaba la superficie del lago Meredith, y el sol se reflejaba en el agua como si estuviese cubierta de pepitas de plata. Los pájaros revoloteaban por doquier, los peces saltaban en el lago… y el sonido del bajo y de la batería de los Godsmack retumbaba en el aire.