Cuando había hablado con Jack la noche anterior, Daisy había insistido en que se repartieran las comidas. Él se haría cargo de la cena. Daisy se preguntó si se limitaría a sacar un paquete de salchichas y una bolsa de patatas fritas.
Ella había llevado pollo asado, ensalada y pan de centeno. Para cuando había cortado el pollo y había añadido los frutos secos y la frambuesa a la ensalada, Nathan y Jack ya volvían de la orilla. Nathan se había puesto la camiseta y llevaba la gorra en la mano. Tenía el pelo húmedo de sudor, pegado al cráneo. Daisy no pudo evitar fijarse en un detalle: cuando Nathan no intentaba parecer un chico enrollado, caminaba de un modo muy similar a Jack, más relajado. Jack se quitó las gafas de sol y se secó el sudor de la cara con el hombro de la camiseta; efectivamente, la camiseta le había traído suerte una vez más, pues había conseguido tres piezas.
– Voy a cambiarme, vuelvo enseguida -dijo Jack tras dejar las gafas y el sombrero sobre la mesa. Se metió en la tienda para cuatro personas que habían instalado junto a un álamo de Virginia-. Tened cuidado con las hormigas de fuego -les alertó arrastrando las vocales-. He visto un hormiguero junto a los lavabos. -Se quitó la camiseta al tiempo que dejaba que la tienda se cerrase.
– Mamá… -dijo Nathan.
Daisy apartó la mirada de la tienda y del retazo de espalda de Jack, de las ondulaciones de su columna, del elástico blanco justo por encima de la cintura de sus vaqueros…
– ¿Sí?
– ¿Qué son las hormigas de fuego?
Daisy rió con ganas y sacudió la cabeza.
– Son unas hormigas que, allí donde te muerden, sientes como si te quemasen con un tizón -respondió.
Nathan sonrió.
– Vaya con las hormiguitas -comentó divertido.
Daisy sirvió algo de pollo y de ensalada en un plato y se lo pasó a Nathan. Había cogido también un termo con té helado, colocó algunos cubitos de hielo en unos vasos de plástico y lo sirvió.
– ¿Lo has pasado bien? -le preguntó a su hijo.
Nathan se sentó y se encogió de hombros de un modo que bien podría haber significado «supongo que sí». Después sonrió y bramó con acento tejano:
– ¡Voy a llenar ese barco de peces cueste lo que cueste!
– Procura que no te muerdan las hormigas de fuego -replicó su madre.
Nathan echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
– ¿De qué os reís? -preguntó Jack acercándose a ellos, al tiempo que se abrochaba los botones de la camisa. Era beige, de estilo tejano, con las mangas cortadas.
– Nathan dice que va a llenar tu barco de peces cueste lo que cueste -le explicó Daisy.
Jack alzó la mirada y sus verdes ojos acariciaron el rostro de Daisy desde el otro lado de la mesa.
– Me parece muy bien. -Se hizo con un plato y puso en él varios pedazos de pollo-. ¿Qué es eso? -preguntó señalando la bandeja de ensalada.
– Ensalada.
Jack frunció el ceño y dijo:
– Parece comida para niños. Un revuelto de verduras y frutos secos.
Nathan rió y su madre le dedicó una mirada reprobatoria.
– Está muy bueno -aseguró Daisy.
– Te tomo la palabra -dijo Jack; dejó tres rebanadas de pan en su plato y después miró de nuevo a Daisy-. ¿Y la mantequilla?
– ¿Todavía sigues comiendo mantequilla? -le preguntó Daisy; hacía ya mucho tiempo que ella no usaba mantequilla para nada, y ni siquiera se le había ocurrido llevarla-. Tengo queso para untar.
Jack negó con la cabeza y se alejó de la mesa. Caminó hasta la trasera de su camioneta, abrió la portezuela y rebuscó en la nevera. Cuando volvió, traía consigo una barra de mantequilla. Abrió el envoltorio y la dejó sobre la mesa.
– Llevas demasiado tiempo en el norte, Daisy Lee. -Se sacó una navaja del bolsillo y cortó la barra en varios trozos-. ¿Quieres un poco? -le preguntó a Nathan.
Nathan asintió y Jack extrajo unas cuantas virutas con la navaja y se las pasó. Nathan las colocó sobre el pan de centeno y estuvo un instante observando la navaja antes de devolvérsela a Jack.
– ¿Y tú, Daisy, quieres?
– ¿Cuándo fue la última vez que lavaste esa navaja? -le preguntó ella.
– Hmm. -Jack se sentó y fingió recapacitar durante unos segundos-. El año pasado…, no, el otro. Fue justo después de destripar un armadillo.
Nathan se echó a reír y le dio un buen mordisco a su rebanada de pan.
Daisy estaba segura de que mentía. Bueno, casi segura.
– No, gracias -acabó respondiendo.
– Tú te lo pierdes -dijo Jack antes de dar buena cuenta de aquel pedazo de pan cubierto con amarillos trocitos de mantequilla.
Daisy optó por la ensalada.
– Cobarde. Te asustan unas pocas hojitas de rúcula y un puñadito de frambuesas -le dijo ella.
– Claro que sí -dijo Jack y en los extremos de sus ojos se formaron unas pequeñas arruguitas-. Cuando un hombre como de ésas el siguiente paso es vestirse de color rosa y colgarse un jersey de los hombros.
Nathan y Jack chocaron los cinco.
– Creía que os gustaría mi ensalada de frambuesas.
– No -dijo Nathan-. Tengo hambre.
Daisy no podía creerlo. Jack había convertido a su hijo en un traidor. Lo estaba convirtiendo en alguien como él.
– ¿Qué has traído tú para cenar? -preguntó Daisy.
Jack cogió su navaja para destripar armadillos y cortó el pollo.
– Arroz salvaje -respondió.
– ¿Eso es todo? -preguntó ella.
– No, compre un poco de auténtica lechuga y algo de queso azul para aderezarla -aclaró Jack.
– ¿Cenaremos arroz salvaje y ensalada? -quiso saber Daisy.
Jack la miró desde el otro lado de la mesa como dándole a entender que era una pesada y añadió:
– Y el pescado.
– ¿Estabas tan convencido de lo que ibas a pescar que no trajiste nada más para cenar?
– Pues claro. Llevaba mi camiseta de la suerte.
Daisy se volvió hacia Nathan; parecía muy sorprendido.
Jack bebió un largo trago de té y dejó el vaso sobre la mesa; entonces añadió:
– Lo rebozaré con harina y lo freiré.
– ¡Qué bien! -dijo Nathan.
Jack apartó la mano del vaso de plástico rojo y señaló hacia su hijo.
– Es la comida que hace que a los chicos les salga pelo en las bolsitas de té.
La confusión se adueñó del rostro de Daisy, y Nathan se apresuró a aclarar:
– Las gónadas.
Vaya por Dios, Daisy podría haberse pasado todo el fin de semana para descubrirlo.
– Ya -dijo casi en un susurro-, pero yo no soy un chico.
– Y no tienes bolsitas de té -aclaró su hijo innecesariamente.
Daisy negó con la cabeza y se llevó la mano al pecho.
– A decir verdad, nunca he querido tener bolsitas de té.
– Es lo que dicen todas antes de probarlas -dijo Jack con una sonrisa burlona. Acto seguido, Nathan y él estallaron en una sonora carcajada, como si compartiesen una broma secreta de la que ella quedase excluida.
Al observar a su hijo riendo, Daisy se sintió prescindible. Apartada del club de los chicos. Pero eso era lo que ella deseaba, ¿o no? ¿No había sido ése el motivo de volar hasta allí? ¿Acaso no deseaba que ambos se conociesen, que Nathan conociese a su auténtico padre? ¿O sea, que se impusiese el rollo de las navajas y las bolsitas de té y ese tipo de cosas?
Sí, pero no a sus expensas. No quería sentirse excluida. Quería formar parte también del club de las bolsitas de té. No era justo que la excluyesen por no disponer del material adecuado. Cuando eran jóvenes, Jack había empleado esa misma táctica para apartarla de un montón de cosas.
– Sé lo que estás intentando hacer, Jack -dijo.
Él la miró a los ojos.
– Intentas excluirme como hacíais Steven y tú cuando no queríais que estuviese cerca -aclaró Daisy.
Jack frunció el ceño y, sin dejar de sonreír, preguntó: