Выбрать главу

¿Cómo era posible que siguiese deseándola? ¿Por qué quería tocarla y besarla? ¿Por qué deseaba enredar los dedos en su cabello dorado y sentir el calor de su piel bajo sus manos? ¿Por qué quería adueñarse del aroma de su cuello y sumergirse en sus ojos castaños? ¿Cómo era posible que, al mismo tiempo, sintiese el impulso de hacerle el mismo daño que ella le había hecho a él? No le encontraba el más mínimo sentido.

Jack se colgó la toalla del hombro y vio cómo Nathan buceaba hasta donde se encontraba Daisy. Ella gritó cuando Nathan tiró de ella hacia abajo. Jack no pudo evitar sonreír. Daisy siempre se las ingeniaba para hacerle reír incluso contra su voluntad, para hacerle recordar cosas que dibujaban una sonrisa en sus labios incluso sin darse cuenta. Le recordaba una y otra vez los buenos ratos que habían pasado juntos en el pasado, antes de que todo se fuese al traste.

Si cerraba los ojos, podía rememorar lo que sentía cuando la tenía entre sus brazos. El peso de su cuerpo cuando se inclinaba hacia él. La textura de su cabello cuando Jack dejaba descansar el mentón sobre su cabeza. El sonido de su voz al pronunciar su nombre, ya fuese con rabia o con deseo. Los sabores y las texturas de Daisy Lee. Lo recordaba todo con absoluta precisión, aunque había deseado olvidarlo.

Jack colocó el carbón en el hoyo para fuegos, lo prendió y sacó una cazuela. Colocó un CD de Jimmy Buffet en el aparato de música y mezcló harina, sal y pimienta para el pescado. Mientras en su canción Jimmy hablaba de aletas que corrían en círculos, Jack no podía apartar la vista de cierto bañador blanco que corría por el lago. Mojado era casi transparente, pero sólo casi.

Cuando regresaron de pescar Nathan y él, Jack se colocó en la proa y vio a Daisy caminar hacia el agua. Hacia él, con el aspecto de una modelo de ropa interior con uno de esos picardías de una pieza que muestran la pierna hasta la cadera. Estaba sexy a más no poder. Era como un sueño hecho realidad. Durante unos segundos, Jack se preguntó cómo serían las horas si lo que estaba viviendo fuese su vida cotidiana, su auténtica vida. Regresar de una jornada de pesca con su hijo para encontrar a Daisy esperándolos. Rodearla con los brazos y estrecharla con fuerza. Tocarla todo cuanto quisiese. Siempre que quisiese. Allí donde quisiese. Durante un breve instante, al pensar en semejante tipo de vida casi se le aflojaron las rodillas.

Pero ésa no era su vida. No era su auténtica vida, y no tenía ningún sentido siquiera planteárselo.

Jack rebozó el pescado con harina y empezó a hacer el arroz en la cazuela. Daisy y Nathan salieron del agua y fueron a vestirse a la tienda. Cuando Daisy surgió del interior llevaba una ligera camisa de color azul con las letras GAP en la parte de delante, a juego con unos pantalones también azules y unas zapatillas Nike de lona azul. Se había recogido el pelo en la nuca con uno de sus típicos pasadores. Puso la mesa mientras Jack freía el pescado en una parrilla encima del carbón. Cenaron juntos, como una familia. Charlaron y rieron. Y Jack tuvo que volver a recordarse que ésa no era su auténtica vida.

Después de cenar jugaron a póquer con cerillas de madera. Cuando oscureció, Jack sacó las lámparas y siguieron jugando hasta que Nathan empezó a bostezar y decidió irse a la cama.

– Todavía es temprano -señaló Jack mientras recogía las cartas.

– Estoy hecho polvo -dijo Nathan camino de la tienda.

– A veces hace eso. El otro día se fue a acostar justo después de cenar y no se despertó hasta la hora del desayuno -le informó Daisy mientras Jack iba metiendo las cartas en una cajita-. Supongo que está creciendo tan deprisa que se le cansa todo el cuerpo.

Jack se puso en pie y se acercó a su camioneta. Cogió su chaqueta tejana y regresó junto al fuego. Las estrellas brillaban en el ancho cielo de Tejas mientras él avivaba las brasas. Echó un par de troncos y se sentó en una de las sillas plegables que había colocado junto al fuego. Estiró las piernas y se quedó mirando el fuego. Empezó a pensar en cómo iban a organizarse para dormir y se preguntó si tendría que haberse traído otra de las tiendas de Billy. Dormir juntos en la misma tienda no iba a resultar sencillo. Jack nunca había dormido tan cerca de una mujer. Sería la primera vez y, gracias a Dios, Nathan dormiría entre los dos. Porque cada vez que pensaba en Daisy acababa pensando en sexo, y le inquietaba enormemente la idea de quedarse dormido y despertar con la nariz pegada a sus pechos.

– Hacía mucho tiempo que Nathan y yo no íbamos juntos a algún sitio y nos divertíamos tanto -dijo Daisy justo antes de sentarse en la silla de al lado-. Muchísimas gracias, Jack.

– No se merecen. -Jack apoyó las manos sobre el vientre y cruzó los pies a la altura de los tobillos. Intentó apartar de su mente cualquier pensamiento relacionado con los pechos de Daisy. El fuego crepitaba. Entre silencio y silencio, Daisy le habló un poco más de sus planes de vender la casa que había compartido con Steven y de montar su propio estudio fotográfico. Estaba preparada para iniciar su nueva vida, realmente se sentía ansiosa por ponerse manos a la obra.

Hablaron de Billy y de su familia, y ella le puso al corriente de las últimas novedades sobre Lily. El divorcio de su hermana se concretaría en cuestión de días. Según Daisy, Lily había ordenado por fin y definitivamente sus pensamientos. Jack tenía sus dudas, pero no dijo nada al respecto.

– Estar en Tejas otra vez me trae un montón de recuerdos -dijo Daisy-. La mayoría buenos. -Jack sintió el peso de su mirada y volvió ligeramente la cabeza hacia ella. La luz del fuego danzaba en su cabello y en su rostro-. ¿Te acuerdas de cuando Steven, tú y yo construimos aquella cápsula del tiempo con una lata de café y la enterramos de tu casa? -le preguntó.

Sí, por supuesto que se acordaba, pero negó con la cabeza y levantó la vista hacia el cielo, negro como el azabache y punteado de estrellas. Se limitó a esperar que ella se olvidase de eso y pasase a otro tema, pero ya debería conocerla mejor.

– Metimos nuestros mejores tesoros en aquella lata, y dijimos que la desenterraríamos al cabo de cincuenta años -explicó a Jack.

Daisy rió con gusto y Jack se volvió para mirarla.

– No recuerdo qué metí yo -dijo Daisy; recapacitó durante unos segundos y después chasqueó los dedos-. ¡Oh, sí! Un anillo con un diamante falso que tú ganaste para mí en una feria. También un pasador que Steven había encontrado en alguna parte y que me había regalado. Tú metiste un coche de juguete Matchbox, y Steven unos cuantos soldaditos de color verde. -Le miró fijamente y frunció el ceño-. Había algo más.

– Tu diario -dijo Jack.

– Es verdad. -Daisy se echó a reír, pero se detuvo de pronto-. ¿Cómo es posible que te acuerdes?

Jack se encogió de hombros y se puso en pie para ir a avivar el fuego.

– Supongo que tengo buena memoria -le respondió.

– ¿Desenterraste la lata? -Jack se mantuvo en silencio, y Daisy se levantó y se acercó a él-. ¿Lo hiciste? -insistió.

Él empujó uno de los troncos con la punta de la bota, y un puñado de destellos rojos se elevó en la oscuridad.

– Lo hicimos Steven y yo.

– ¿Cuándo? -preguntó ella.

– Una semana después de que la enterrásemos. Teníamos que saber qué habías escrito en tu diario. La curiosidad pudo con nosotros -confesó Jack.

Daisy se aclaró la garganta.

– Invadisteis mi intimidad. Abusasteis de mi confianza. ¡No hay derecho!

– Sí, y, por lo que recuerdo, tu diario era un auténtico tostón. Steven y yo estábamos convencidos de que leeríamos un montón de intimidades jugosas, como que estarías enamorada de alguien o que te habrías besado con algún chico. También queríamos saber qué pasaba en esas fiestas para chicas a las que solías asistir. -Jack se metió las manos en los bolsillos de sus Levi’s y se apoyó en la otra pierna-. Si mal no recuerdo, de lo único que hablabas era de tu jodido gato.