Entraron en el edificio el uno junto al otro, dejando que sus brazos se rozaran y fingiendo que se trataba de algo accidental. Brandy Jo encontró su jersey en la clase de arte y, cuando salieron, Nathan la tomó de la mano. Tenía un nudo en la garganta, y cuando ella le miró a los ojos y sonrió casi se le detuvo el corazón. Creía que se le iba a salir por la boca y que moriría allí mismo, junto a la gran roca donde se había grabado la ridícula inscripción «Sementales de Lovett»; bajo el abrasador sol te Tejas; delante de la chica más guapa que jamás había conocido. Y no le apetecía en absoluto.
Nathan no apartó los ojos del rostro de Brandy Jo mientras ésta le hablaba de su familia. Le apretó la mano y ella se le acercó hasta que sus brazos se rozaron. El pulso le iba a mil por hora: era una sensación agradable, dolorosa y sobrecogedora al mismo tiempo. Nunca había estado enamorado. Bueno, había estado enamorado de Nicole Kidman, pero eso no contaba. Esa tarde, sin embargo, bajo el infinito cielo azul que se extendía sobre sus cabezas, Nathan Monroe supo que se había enamorado por primera vez en su vida.
Daisy colocó el pulgar en la boca de la manguera del jardín y el chorro de agua se abrió sobre el Cadillac de su madre formando un abanico. Después metió una esponja dentro de un cubo que había llenado de agua con jabón y empezó a lavar el coche. Notaba el calor del sol en su piel, cómo le bronceaba los hombros, el pecho y la parte de la espalda que dejaba al descubierto su camiseta de tirantes.
Había pasado gran parte del día en casa de Lily, limpiando y haciendo la colada mientras su hermana permanecía en el sofá con el tobillo escayolado en alto. El divorcio de Lily finalmente se había resuelto. Su abogado había hecho bien su trabajo; le había enseñado al juez los extractos de la cuenta bancaria antes de que Ronnie la vaciase y el juez resolvió que Ronnie debía pagarle a Lily diez mil dólares, pasarle una pensión mensual para el niño y hacerse cargo de los gastos del seguro médico de Pippen.
Su madre se había quedado trasteando en casa de Lily. Daisy sabía que, desde que había salido del hospital, a su hermana le resultaban difíciles hasta las labores más sencillas. No le importaba ayudarla, pero la caótica vida de Lily le había puesto un poco de mal humor.
De hecho, era algo más que mal humor. Se sentía desubicada; pero, a decir verdad, su hermana no tenía la culpa de eso. El estado de ánimo de Daisy se debía a la suma de todos los problemas de su vida más que a un solo aspecto en concreto. Estaba deseando empezar su nueva vida, pero también se sentía asustada e insegura. Todavía no había vendido la casa de Washington, claro que sólo llevaba un mes a la venta. Estaba dispuesta a sacar adelante lo del estudio fotográfico, y, sin embargo, le producía cierta ansiedad pensar en que tendría que irse de Tejas. A menudo creía saber con total claridad lo que quería pero, al cabo de un instante, quedaba sumida en un mar de dudas.
Había salido en un par de ocasiones con Matt y lo había pasado bien. Más cuando la besó supo al momento que no habría una tercera vez. Estaba enamorada de otra persona, y no habría sido justo para Matt.
Daisy se inclinó todo lo posible sobre el Cadillac para limpiar una mancha que se le había pasado por alto y vio que una de las principales causas de su confusión aparcaba su Mustang frente a la casa de su madre.
Jack salió del coche, atravesó el jardín y se acercó a Daisy. Un oscuro mechón de pelo le colgaba sobre la frente, y por una vez no llevaba sombrero. La luz del sol se reflejaba en los cristales azules de sus gafas. Vestía una camisa verde abotonada hasta arriba y unos Levi’s algo gastados. Era sábado y no se había afeitado: la sombra de la barba incipiente resaltaba todavía más el sensual perfil de sus labios. Cada vez que lo veía a Daisy le daba un brinco el corazón, mientras que su cabeza le pedía agritos que echase a correr en dirección contraria.
– Hola -dijo Daisy tras erguirse y limpiar el jabón sobrante del capó-. ¿Qué te trae por aquí?
– Estoy buscando a Nathan. Creí que pasaría por casa cuando saliese de clase, pero no ha venido.
– Aquí no está -dijo ella; a pesar de que los ojos de Jack quedaban escondidos tras los cristales azules de sus gafas, Daisy notaba el peso de su mirada-. Si quieres puedes esperarle; estoy segura de que no tardará.
– Sí, esperaré un rato -contestó Jack echándole un vistazo a la calle. Había hecho lo mismo unas cuantas veces desde que regresaron de su excursión al lago hacía cosa de un mes. Desnudaba a Daisy con la mirada y luego apartaba la vista. Cabía la posibilidad de que no la mirase con especial interés. Muy posiblemente sólo fuesen imaginaciones suyas, fruto de su propio deseo. Y ese pensamiento no sólo la entristecía sino que le mostraba una Daisy patética, fantasiosa y, sobre todo, tan loca como el resto de miembros de su familia. Una imagen estremecedora.
Daisy agarró la manguera y el cubo y se fue al otro lado del coche.
– Mañana por la noche, Billy y algunos de los chicos van a jugar un partido de fútbol americano en el parque Horizon View -dijo Jack dejando caer todo le peso del cuerpo en un pie; la miró de nuevo a los ojos y añadió-: Hable de ello con Nathan hace unos días y quedamos en que me diría si podría ir o no.
– No tenemos nada planeado, así que por mí puede ir si quiere. -Daisy dejó el cubo en el suelo y subió la manguera hasta el capó del coche-. ¿Jugareis a flag o trackle football?
– El flag football es para mariquitas -dijo Jack mientras se colocaba justo frente a Daisy-. Y para chicas.
Daisy optó por no hacer caso de la provocación.
– No quiero que Nathan juegue sin casco ni protecciones.
– Nos aseguraremos de que lleve el equipamiento adecuado -la tranquilizó Jack inclinando la cabeza como si estuviese tomándole las medidas-. ¿Por qué no vienes tú también con uno de aquellos vestiditos tuyos de animadora? Podrías hacer unas cuantas volteretas, como cuando ibas al instituto. -En su rostro se dibujó una sonrisa inequívocamente carnal-. O uno de aquellos saltos. Ofrecían una buena panorámica de tus intimidades.
Daisy colocó de nuevo el pulgar en la boca de la manguera y el agua se esparció sobre el techo del coche, y acabó en el pecho, los hombros y también los cristales de las gafas de sol de Jack.
– Vaya -dijo, y quitó el pulgar.
Jack frunció el ceño y sus cejas desaparecieron detrás de las gafas.
– Lo has hecho a propósito -le espetó.
Ella bufó, escandalizada:
– No, en absoluto.
– Sí -dijo Jack muy lentamente-, lo has hecho a propósito.
– Te equivocas -aseguró Daisy negando con la cabeza; colocó entonces el pulgar en la boca de la manguera y apuntó el chorro de agua hacia el pecho de Jack. El agua le empapó la camisa-. ¿Lo ves? -añadió retirando el pulgar-. Ahora sí lo he hecho a propósito.
– No tienes ni la más remota idea de lo que voy a hacerte -dijo Jack mientras se quitaba las gafas y se las guardaba en el bolsillo de su empapada camisa.
– No vas a hacerme nada -respondió Daisy.
Sus ojos verdes hablaban de venganza a medida que iba acercándose cada vez más a Daisy.
– Te equivocas -dijo Jack en un tono burlón.
Ella dio un paso atrás.
– Quieto ahí.
– ¿Tienes miedo?
– No. -Daisy retrocedió un paso más.
– Pues deberías tenerlo, muñeca.
– ¿Qué vas a hacer?
– Deja de moverte y lo descubrirás.
Daisy se detuvo, levantó la manguera y un potente chorro de agua salió disparado hacia la cabeza de Jack. Lo esquivó, y antes de que ella pudiese echar a correr Jack se le echó encima, la empujó contra la portezuela del copiloto y le arrancó la manguera de las manos.
– ¡No, Jack! -Daisy se echó a reír-. No lo volveré a hacer. Te lo juro.
Bajó la vista y la miró fijamente a los ojos mientras el pelo que le colgaba sobre la frente iba goteando encima de su mejilla. Tenía las pestañas mojadas.