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– Tuve la regla la semana pasada -dijo mientras se sentaba en su regazo-. Esta vez no quiero quedarme embarazada.

Jack podría haber protestado. Tal vez podría haberle hecho alguna que otra pregunta, pero la punta de su pene rozó la entrepierna de Daisy y no tardó en adentrarse en su húmedo y cálido cuerpo. De pronto, todas las preguntas y protestas se le fueron de la cabeza.

Un grave gemido resonó en el interior del pecho de Jack. La caliente piel de Daisy le rodeaba y un escalofrío iba abriéndose paso a lo largo de su espalda, hacia la nuca. Ella entreabrió los labios. Respiraba agitadamente y tenía las mejillas encendidas. El ardor que evidenciaban sus ojos se centraba por completo en él, como si se tratase del único hombre en el mundo que pudiese proporcionarle exactamente lo que necesitaba.

Tensó los músculos alrededor de Jack y él notó cada minúsculo rincón de su estrecho pasaje. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no correrse en ese mismo instante. Todas y cada una de las células de su cuerpo estaban concentradas en Daisy. En el modo en que su interior se manifestaba. En el calor de sus músculos al contraerse. En el dulce dolor que atenazaba sus ingles.

– Dios mío -exclamó Jack llevando las manos a la cintura de Daisy-. Es delicioso. -La alzó y volvió a bajarla. Era como si un líquido blanco y caliente le envolviese. Estaba convencido de que jamás había sentido algo así con nadie excepto con Daisy.

Ella le enmarcó la cara con las manos y le besó.

– Te amo, Jack -dijo sin dejar de moverse junto con él, manteniendo un lento y marcado ritmo que se convirtió en pura fiebre.

Él la aferró por el trasero atrayéndola hacia sí cada vez con más fuerza. Ella se alzaba una y otra vez, convirtiendo aquel vaivén en una locura. A medida que las embestidas se hacían más profundas sus respiraciones se hacían más agitadas. Ella se agarró a sus hombros y se colgó literalmente de él. No podían parar. Más rápido, más fuerte, penetrándola hasta dejarla sin aliento.

Daisy gimió y se apretó a Jack con todas sus fuerzas, contrayendo los músculos en torno a su miembro. Las poderosas contracciones de su orgasmo proporcionaron a Jack una relajación sin igual, haciendo que se corriese en lo más profundo de su interior. Incluso tras esa última embestida, Jack supo que quería más.

Quería tenerla para siempre.

Daisy no se echó a llorar en esa ocasión, aunque estuvo a punto de hacerlo en la siguiente. Jack la tomó de la mano y la llevó hasta su cama, donde volvieron a hacer el amor. Fue dulce y amoroso, y la llevó a alcanzar un orgasmo múltiple. El primero de su vida, lo cual casi la hizo llorar.

Daisy se tumbo boca abajo sobre las sábanas azules. El resto de la ropa de cama estaba hecha un revoltijo a sus pies. Jack todavía estaba tumbado encima de ella, rodeándole la cintura con un brazo. Una de sus piernas descansaba entre las de ella, que notaba la dulce pasión de su ingle en la parte trasera de la cadera. Una lámpara bañaba la estancia con una cálida luz amarilla, y lo único que se oía era el sonido de sus respiraciones cansadas. Sus pieles estaban todavía adheridas la una a la otra, y una cálida sensación de satisfacción colmaba sus cuerpos. Hacía mucho tiempo que Daisy no se sentía tan llena. Jack la amaba. Ella lo amaba a él. Esta vez todo iría bien.

Creía que Jack se había dormido hasta que le oyó decir entre gemidos:

– Dios mío, ha sido todavía mejor. Creía que nada podría superar lo de la silla.

Daisy sonrió.

– Dios, ¿te has corrido dos veces?

– Sí. Gracias.

– No hay de qué.

Jack tiró de ella por la cintura, como si desease levantarla, pero no tuvo fuerza suficiente para hacerlo. Con mucho cuidado, volvió a dejarla en la misma posición. Tenía el pelo pegado a la frente y los ojos cerrados.

– ¿Qué hora es? -le preguntó Daisy.

Abrió los ojos y alzó la mano. Jack observó el reloj y dijo:

– Temprano.

Ella le cogió la muñeca y echó un vistazo a la pantalla digital.

– Tengo que estar en casa antes de que llegue Nathan.

Jack rodó sobre un costado y apoyó la mano sobre su vientre, justo por debajo de los pechos.

– No te vayas -murmuró antes de darle un beso en el hombro.

– Tengo que hacerlo. -Daisy se sentó y se apartó el pelo de la cara-. Pero vendré a desayunar.

– No te vayas de Lovett -precisó Jack; estaba de costado, apoyado sobre un codo-. Nathan y tú podríais instalaros aquí.

Ella también había estado considerando esa posibilidad. Pero hasta ese momento no supo que él había estado pensando en lo mismo.

– ¿Cuándo se te ha ocurrido eso? -le preguntó Daisy mirándole a los ojos.

– Supongo que cuando estuvimos pescando -repuso él-. Pero fue ayer cuando lo vi claro, después de magrearnos un poco en el jardín de tu madre sin que nos importase si alguien podía vernos. -Se sentó a su vez y apretó la mano de Daisy entre las suyas-. Yo quería que nos viesen. Quería que nos viesen juntos. Y hoy también quería que viesen cómo nos besábamos. Quiero que todo el mundo sepa que eres mía. -Le besó la punta de los dedos-. Quiero vivir contigo y con nuestro hijo.

Era exactamente lo que ella deseaba. Oírlo de su boca le pareció menos atemorizador.

– Te amo, Daisy Lee. He estado enamorado de ti toda mi vida.

Daisy apreció el dolor y la pasión que encerraba su mirada.

– Yo también te amo, Jack. -«Pero», le dijo una vocecita en su cabeza, «¿nos irá bien esta vez?» Los precedentes no eran esperanzadores.

Le dijo a Jack que tenía que ir al baño y, cuando regresó, él ya se había puesto los vaqueros, había recogido su ropa, antes dispersa por toda la habitación, y la había dejado sobre la cama. Daisy se puso las bragas y él la ayudó con el vestido.

– ¿Qué me prepararás para desayunar? -le preguntó Jack mientras le ajustaba la cinta del vestido.

– Algo bueno.

– ¿Algo con nata montada?

– Y una cereza.

Jack la rodeó con los brazos y apoyó el pecho contra su espalda.

– Me encantan las cerezas -le susurró junto a la oreja.

Notó el calor del pecho desnudo de Jack en su espalda, y tuvo que sobreponerse al impulso de darse la vuelta y besarle en el cuello. Si lo hacía, sabía que no llegaría a casa antes que Nathan.

– Jack, esta vez quiero que lo nuestro funcione.

Él la abrazó con más fuerza y dijo:

– Funcionará.

Su voz tenía un matiz de intimidad y confianza que casi le obligó a creer sus palabras.

– Lo hablaremos con Nathan -dijo Daisy.

– Cuando quieras.

– No sé qué le parecerá a él lo de establecerse aquí, en Lovett, y no quiero que piense que nos estamos precipitando. -Daisy se apartó de Jack y mientras se alisaba el vestido añadió-: No ha pasado ni un año desde la muerte de Steven, y no quiero que se sienta incómodo si nos ve juntos. -Clavó la vista en el suelo para ver si encontraba los zapatos-. No me importa lo que piensen los demás, pero no quiero que Nathan crea que estamos juntos para reemplazar a su padre. -Los zapatos debían de estar en la cocina, así que Daisy levantó la mirada y la fijó en Jack.

El hombre atento y amoroso que la había abrazado hacía sólo un instante mientras le decía que todo iría bien parecía haberse petrificado. Tenía los hombros tensos, apretaba con fuerza la mandíbula y su mirada se había endurecido.

– ¿Qué pasa? -preguntó Daisy.

Jack recorrió la habitación dejando atrás el foco de luz y adentrándose en las sombras.

– ¿Cuánto tiempo más vamos a seguir diciendo que Steven es el padre de Nathan?

Daisy observó su espalda desnuda y dijo:

– Creía que habías superado eso.

– Yo también lo creía. -Abrió la puerta de un armario y sacó una camiseta-. Pero no creo que jamás pueda superar lo que me hizo ese bastardo.