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Cerró los ojos y todo empezó a darle vueltas. Sintió que su estómago empezaba a manifestarse. Estaba jodido. La había dejado entrar en su vida. Tendría que haberlo sabido. Tendría que haber supuesto que ella volvería a acabar con él, como si tuviese una gran X marcada en el pecho. Había abierto los brazos de par en par y ella había disparado.

«Tienes todo el derecho a estar enfadado. Tienes todo el derecho a estarlo durante el resto de tu vida. -Eso era lo que ella le había dicho-. Pero creo que todo iría mucho mejor si, de algún modo, fueses capaz de librarte de ello.»

Jack era un hombre acostumbrado a arreglar cosas. A trabajar en algo hasta que alcanzaba un cierto grado de perfección. Pero conocía sus limitaciones. Reconocía los imposibles en cuanto los veía.

Y lo que Daisy le había pedido era imposible para él.

Jack no fue consciente de que se había dormido hasta que le despertó la voz de Billy.

– ¿Qué demonios…?

Jack abrió los ojos y la luz le deslumbró. Billy estaba frente a él con el mono de trabajo puesto.

– ¿Qué…? -empezó a preguntar Jack. Sentía la boca pastosa y le costó tragar saliva-. ¿Qué estás haciendo aquí?

– Son casi las diez. El taller está abierto desde hace una hora -le dijo Billy.

Jack estaba tumbado con los pies sobre la mesita del café, y había dormido con las botas puestas. Levantó la cabeza del respaldo del sofá y sintió como si alguien se la hubiera golpeado con un ladrillo.

– Dios.

– ¿Estuviste bebiendo?

– Sí.

– ¿Solo?

Jack se puso en pie y el estómago se le revolvió.

– En su momento me pareció buena idea. -Fue hasta la cocina y sacó la botella de zumo de naranja de la nevera. Se la llevó a la boca y bebió sin parar hasta que consiguió aliviar la sequedad de su garganta.

– ¿Por qué sólo hay cinco sillas donde estaba la mesa del comedor? -preguntó Billy.

– Estoy redecorando la casa.

Billy miró a su hermano, y después volvió a observar las sillas.

– ¿Y dónde está la mesa?

– En el patio trasero, junto a la silla que falta.

– ¿Por qué?

– Me gusta más así.

Billy caminó hasta la puerta trasera y miró hacia fuera. Lanzó un bufido y dijo:

– ¿Problemas con alguna mujer?

Jack rebuscó en uno de los armarios y sacó un bote de aspirinas. Problemas con alguna mujer sonaba a algo manejable. Como si se tratase de una pequeña discusión o algún tipo de desavenencia.

– ¿Con Daisy Lee?

– Sí. Ha vuelto a mi vida. Lo ha jodido todo bien jodido y ahora se las pira.

– ¿Estás seguro de que está jodido? -le preguntó Billy a su hermano.

– Sí. Seguro. -Jack se tomó cuatro aspirinas y le preguntó a Billy-: ¿Ha llegado Nathan?

– Sí. A su hora.

– Dame unos minutos. Deja que me duche, me afeite y ordene un poco las cosas y ahora mismo voy.

– Tal vez deberías tomarte el día libre -le sugirió Billy.

– No puedo. Nathan se irá dentro de un par de semanas y quiero pasar todo el tiempo que pueda con él.

Jack necesitó tres cuartos de hora para estar lo bastante presentable para aparecer por el taller. Le dolía todo el cuerpo y la cabeza le estallaba.

Nathan le miró y, frunciendo levemente el ceño, le preguntó:

– ¿Te encuentras bien?

– Sí. -Jack asintió moviendo la cabeza con mucho cuidado y se sentó a su escritorio.

– ¿Te golpearon muy fuerte ayer en el partido?

– Un poco. -El peor golpe se lo había llevado después del partido-. ¿Qué vas a hacer esta noche?

– Voy a ir a jugar a los bolos con Brandy Jo. -Nathan apoyó todo el peso de su cuerpo en una sola pierna y se colocó el anillo que le adornaba en el interior de la boca-. Tenía pensado besarla. Creo que le gusto, pero no quiero fastidiarlo todo. -Clavó los ojos en los de Jack y le preguntó-: ¿Cómo se sabe cuándo hay que besar a una chica?

Jack sonrió y su dolor de cabeza se apaciguó un poco.

– Con mucha práctica -le dijo-. Y no te preocupes por hacer exactamente lo correcto. Si a Brandy Jo le gustas de verdad, querrá practicar contigo.

Nathan asintió con la cabeza; al parecer lo encontraba de lo más razonable.

– ¿Tú practicaste con mi madre?

Quiso darle una respuesta ingeniosa, pero lo cierto era que tenía el recuerdo del primer beso con Daisy en el porche de su casa grabado en su mente, y le corroía el cerebro como si de ácido se tratase.

– No, yo ya era todo un profesional cuando empecé a salir con tu madre -dijo Jack.

Nathan se sentó y charlaron sobre chicas y sobre lo que a las chicas les gustaba hacer, además de maquillarse e ir de tiendas. Le gustó saber que Nathan pensaba en otras cosas más allá de montárselo con Brandy Jo. Quería comprarle algo bonito y hacer lo necesario para que se encontrara a gusto con él.

Hablaron sobre coches y Jack se sorprendió al comprobar que Nathan ya no estaba obsesionado con el Dodge Daytona. Ahora quería comprarse un Mustang, como el Shelby de Jack. Nathan obtendría el carné de conducir la próxima semana. Jack no tardó ni un segundo en darse cuenta de por dónde iban los tiros. Permitiría que Nathan condujese su Shelby. No había problema…, siempre que él le acompañase en el coche.

Jack se pasó el resto del día sentado en su escritorio, intentando no escuchar el irritante ruido de las máquinas y las herramientas del taller. A eso de las dos el dolor de cabeza se había desvanecido, pero el que sentía en el interior del pecho seguía ahí, recordándole en todo momento lo que había estado apunto de conseguir, lo que había perdido.

Cuando Nathan fue a trabajar el jueves, todo fue a peor. Le dijo que Daisy se iba a Seattle el lunes siguiente. Habían vendido su casa.

Esa noche, después de conseguir poner orden en el desastre que había montado en el patio trasero de su casa, Jack no pudo evitar ponerse a pensar en Daisy y en cómo iba ella a enfocar su vida a partir de ese momento. Ella siempre iba hacia delante, y él, en cambio, seguía anclado en el pasado.

Metió todas las piezas de la mesa de su madre en el cobertizo que había junto a la casa y también dejó allí la silla. Tal vez él también tendría que mudarse. Lo había pensado un par de veces. Había pensado transformar la casa en una ampliación de las oficinas del taller. Lo cual dejaría más espacio en el propio taller.

Jack se sentó en el porche trasero y observó el jardín. No podía imaginarse lejos de allí. La casa guardaba demasiados recuerdos para él y para Billy. Allí era precisamente donde Steven y él habían desenterrado aquella caja y también donde habían leído el diario de Daisy. Justo en la esquina, bajo el arce. Y allí fue donde volvieron a enterrarla.

Se puso en pie, y sin darse tiempo a pensar en lo que iba a hacer, se dirigió al cobertizo y agarró una pala. La tierra era compacta y dura. Después de estar cavando durante más de una hora, el sudor le corría por el rostro. Hacia las siete y media de la tarde, iluminada todavía por la luz del sol, la punta de la pala topó con la vieja caja roja de metal. La exhumó del agujero en el que había permanecido veintiún años oculta. La pintura se había borrado casi por completo y estaba empezando a oxidares. La tapa de plástico había amarilleado, pero seguía intacta.

Jack se llevó la caja hasta el porche. Se sentó en los escalones y la abrió. Soldaditos de color verde, dos muñecos de La guerra de las galaxias, Han Solo y la princesa Leia, y un peine plegable fueron los primeros objetos en aparecer. Lo siguiente fue el coche Matchbox de Jack, y un silbato. El diario de Daisy, un pasador para el pelo de color rosa y un anillo barato al que le faltaban tres cuentas de cristal estaban en el fondo de la caja. Daisy le había dicho que fue él quien le dio el anillo. Jack no lo recordaba.