Sacó el anillo y se lo metió en el bolsillo de la camisa. Agarró el pequeño librito blanco con una rosa amarilla pintada en la tapa; el candado lo había roto él mismo la última vez que había tenido ese librito en las manos. Las páginas habían amarilleado y la tinta había perdido parte de su intensidad. Jack se inclinó hacia delante, reposó los antebrazos sobre sus rodillas, y leyó:
Hoy el señor Skittles ha mordido a Lily en la nariz. Yo creía que iba a darle un beso -había escrito Daisy cuando estaban en sexto-. Mi madre ha plantado un ridículo muñeco de nieve enfrente de nuestra casa. Ha sido tan embarazoso.
Jack sonrió y pasó las páginas sin prestar atención a las referencias al gato o a la decoración. Se detuvo cuando leyó su nombre.
Jack se ha metido en un buen lío por subirse al tejado de la escuela. Ha tenido que quedarse después de clase y creo que le van a azotar. Él dijo que no le importaba, pero parecía triste. Yo también me puse triste. Steven y yo nos fuimos a casa sin él. Steven me dijo que Jack estaría bien.
Jack recordaba a la perfección aquel día. No le cayó ningún azote, pero tuvo que limpiar todas las ventanas de la escuela. Ojeó algunas entradas más que hablaban del gato, de lo que comieron aquel día y del clima.
Hoy Jack me ha gritado. Me ha llamado niña estúpida y me ha dicho que me fuese a casa. He llorado y Steven me ha dicho que Jack no opina en realidad eso de mí.
Jack no recordaba esa anécdota, pero si le había gritado posiblemente se debió a que estaba un poco colado por ella y no sabía qué hacer al respecto.
Steven me ha regalado una pegatina para la bicicleta. Es un arcoiris. Me dijo que era demasiado de niña para ponérselo en su bicicleta. Jack dijo que era raro. A veces hiere mis sentimientos. Steven dice que no lo hace a propósito. No tiene hermanas.
Jack nunca había reparado en que Daisy fuese tan sensible. Bueno, sí, pensaba que era sensible, pero nunca había imaginado que decir que un adhesivo fuese raro pudiese herir sus sentimientos.
Ayer fue Halloween. Mi madre me preparó el disfraz de Annie Oakley otra vez porque dice que todavía no me va pequeño. Jack se disfrazó de Darth Vader y Steven de princesa Leia. Se colocó unas ensaimadas grandes encima de las orejas para imitar su peinado. Me reí tanto que casi me hice pipí encima.
Jack soltó una carcajada. Recordaba aquellos disfraces, pero se había olvidado del resto de cosas que comentaba Daisy en su diario. También había olvidado lo mucho que le gustaba a Steven contar chistes. Muchos de ellos los había copiado Daisy en aquellas páginas. Había olvidado que Steven era un muchacho muy divertido y que pasaban horas riéndose de la señora Cansen cuando paseaba a su viejo perro, o viendo su episodio favorito de El show de Andy Griffith.
No entiendo por qué hablan tanto de ese programa. Es estúpido. Vacaciones en el mar es muchísimo mejor.
Sí, y Jack recordaba a la perfección que él y Steven se reían con Vacaciones en el mar a escondidas de Daisy.
Cuanto más leía, más se reía de ciertos pasajes de su juventud. Cuanto más reía, más empequeñecía su rabia… Lo cual le sorprendió enormemente.
Cuanto más leía, más se daba cuenta del patrón de comportamiento de Daisy: cuando algo la contrariaba, o cuando Jack hería sin darse cuenta sus sentimientos, ella acudía a Steven. El domingo anterior le había dicho que Steven no sólo había sido su marido, sino también su mejor amigo. Dijo que podía hablar con él de cualquier cosa. Que ella y Steven habían reído y llorado juntos.
Jack no era de esos hombres que lloraban, él se lo guardaba todo dentro hasta hacerlo desaparecer. Pero ciertas cosas no desaparecían. Daisy tenía razón. No podrían estar juntos si él no era capaz de dejar atrás su rabia. Sí, tenía derecho a estar enfadado, pero mantener la rabia le obligaba a estar solo.
Jack cerró el diario y le echó un vistazo al jardín. Tenía dos posibilidades. Podía pasarse el resto de su vida concentrado en su rabia y su amargura. Solo. O podía dejar atrás el pasado. Como Daisy le había dicho. En el momento en que se lo dijo, le pareció del todo imposible. Ahora sentía el destello de una pequeña luz de esperanza en lo más hondo de su alma.
Sí, Daisy y Steven le habían mantenido en secreto lo de Nathan. Sí, eso era una putada de las gordas, pero no podía permitir que la rabia siguiese consumiéndolo durante más tiempo. Tenía que dejar atrás el pasado o muy posiblemente moriría solo y amargado. No había compartido con Nathan sus primeros quince años de vida, pero Jack calculó que le quedaban por delante los próximos cincuenta, como mínimo. Lo único que tenía que decidir era cómo quería pasarlos.
Se puso en pie y volvió a meter todas las cosas en la caja de metal. Entró en la casa y fue a buscar la carta de Steven. La volvió a leer, y en esta ocasión se dio cuenta de todo lo que se le había pasado por alto la primera vez. Steven había escrito sobre su amistad y sobre lo mucho que le había echado de menos todos esos años. Hablaba del amor que les profesaba a Daisy y a Nathan. Acababa pidiendo su perdón. Le pedía que dejase atrás la amargura y que siguiese adelante con su vida. Por primera vez en quince años, Jack tenía intención de hacerlo.
No tenía un plan concreto. Simplemente pensó en su vida, sin evitar los recueros, ya fuesen buenos o malos. No quería enterrarlos de nuevo.
Y se permitió sentir lo que conllevaban todos y cada uno de ellos.
El viernes por la tarde le pidió a Nathan que fuese con él a la oficina. Se quedaron de pie, uno frente al otro, y Jack sacó la caja de metal y le pasó a Nathan el peine plegable.
– Esto era de tu padre cuando íbamos a sexto -dijo Jack sin rabia alguna-. Pensé que a lo mejor te gustaría tenerlo.
Nathan apretó el botón que había en la empuñadura y, sorprendentemente, el peine se abrió. Se pasó el peine por el pelo.
– ¡Genial! -exclamó el chico.
Nathan cogió una de las figuras de La guerra de las galaxias, pero acabó decidiéndose por los soldaditos de color verde.
– El lunes te dan el carné, ¿verdad? -le preguntó Jack.
– Sí. Mamá dice que podré conducir su furgoneta de vez en cuando. -Nathan frunció el ceño y añadió-: Le dije que ni hablar.
– Uno no puede fardar mucho en una furgoneta -dijo Jack intentando no sonreír; sin embargo, no pudo evitarlo y añadió-: No hay modo de quemar neumático.
Nathan sacudió la cabeza.
– Pero mi madre no pilla el asunto.
Jack agarró la caja de metal y le pasó el brazo por encima de los hombros a Nathan. Salieron juntos de la oficina.
– Y no lo pillará nunca -le dijo al muchacho.
– Claro, porque es una chica.
– No, hijo. Porque no es una Parrish -aclaró Jack. Al menos, no todavía.
– ¡Mamá! ¿Sabes una cosa? -dijo Nathan en cuanto cruzó la puerta de casa-. ¡Jack me ha dejado conducir el Shelby! ¡Ha sido genial!
Daisy estaba enfrascada en la preparación del glaseado para un pastel. Iban a celebrar una fiesta para Pippen, que hacía tres días que no llevaba pañales.
– ¿Qué? ¿Quieres matarte? -dijo su madre.
– Ha sido muy prudente -la tranquilizó Jack desde la puerta-. Incluso me recordó que me abrochase el cinturón de seguridad.
Al verle allí con un par de pantalones color caqui y una camisa blanca con las mangas arremangadas, el corazón le dio un vuelco.
Sus miradas se cruzaron y algo cálido y vital destelló en los ojos de Jack. Al hablar, su voz sonó grave y sensual.
– Buenas tardes, Daisy Lee -dijo Jack, y su voz recorrió la distancia que les separaba y le acarició todo el cuerpo como si se tratase de terciopelo.
Sin duda había algo diferente en él esa tarde, pero antes de poder responder, Lily apareció en la cocina con sus muletas.