Chaddick le entregó a Noah un sobre grande.
– Aquí tienes todo lo que pediste -aseguró-. Hay copias de los extractos bancarios de MacKenna del año pasado, pero puedo conseguirlos todavía más antiguos si quieres.
– No hay duda de que MacKenna estaba metido en algo -afirmó Street-. Estuvo ocho meses ingresando dinero en efectivo. Cinco mil dólares cada quince días.
– E iba hasta Austin a hacer esos ingresos -intervino Chaddick-. También se compró un coche nuevo hace ocho meses, y el cuentakilómetros indica que lo había utilizado mucho desde entonces. Uno de los ayudantes de la universidad donde daba clases me dijo que el profesor había recibido una herencia.
– Una herencia extraña -comentó Street-. Dinero en efectivo, cuya procedencia resulta imposible de rastrear, cada quince días.
– ¿Y el registro de sus llamadas telefónicas? -preguntó Noah.
– También está en el sobre -dijo Chaddick-. En los seis meses que vivió en esa casa, sólo recibió un par de llamadas de telemarketing. Tampoco aparecen llamadas salientes, salvo una muy corta a alguien media hora antes del momento en que J.D. Dickey afirma haber recibido el soplo de que había un cadáver en el coche de Jordan.
– ¿Me estás diciendo que alguien llamó a J.D. desde la casa de MacKenna?
– Pues sí.
– Pero yo llamé al profesor -intervino Jordan-. Cuando llegué a Serenity. Me había dado su número. Esa llamada tiene que figurar en alguna parte.
– ¿Y las llamadas del móvil? -comentó Noah a los agentes.
– No encontramos ningún móvil registrado a nombre de MacKenna -contestó Street-. Si me das el número al que llamaste, Jordan, lo comprobaremos.
– Fuimos más allá y pedimos a dos de los nuestros que procesaran el coche de MacKenna. Me apuesto lo que sea a que las únicas huellas dactilares que encontrarán serán las suyas -soltó Chaddick-. Joe Davis está desbordado, pero no quiere pedirnos ayuda. ¿Quieres que nos impongamos? Podríamos asumir el caso y sacaros de aquí.
– Todavía no -respondió Noah a la vez que sacudía la cabeza. Entonces, dirigió una mirada a Jordan y lo reconsideró-. No sé. Quizá fuera buena idea llevarla…
– Yo me quedo aquí contigo, Noah -lo interrumpió Jordan, que sabía qué iba a decir y decidió cortarlo de raíz-. Además, le prometí al jefe Davis que estaría aquí un día más. Hasta donde sabemos, podría decidir detenerme.
– No lo hará, y creo que…
– No es negociable -se negó Jordan-. No voy a marcharme. -Y, para subrayar su decisión, se lo quedó mirando fijamente.
– Se parece mucho a su hermano -comentó Chaddick con una sonrisa.
– Es mucho más bonita -observó Noah. Después de agradecer a los dos hombres su ayuda y de prometerles estar en contacto con ellos, le abrió la puerta a Jordan, rodeó después el automóvil y se sentó al volante-. Vamos a dar un paseo -anunció.
– Qué bien -dijo Jordan-. Si tenemos tiempo, me gustaría ir a Bourbon a comprar un móvil.
– ¿No puedes prescindir un par de días más del teléfono?
– Tú no lo entiendes. Es mi PDA, mi cámara, mi fichero Rodolex, mi GPS y, lo más importante, mi PC. Puedo acceder a Internet y a mi correo electrónico. También puedo enviar imágenes, texto o vídeo electrónicamente.
– ¿Sabes qué más puedes hacer? Llamar por teléfono.
– Sí, eso también -se rio Jordan-. Y después de comprar un móvil, me gustaría ir a la comisaría de policía y hablar con los inspectores para averiguar qué ha pasado con mi portátil.
– Nick ya habló con ellos. Afirmaron que no lo han visto.
– No se marchó sólito. Estaba en el coche de alquiler, en el asiento del copiloto. Maggie Haden debió de verlo cuando me registró el bolso para buscar mi identificación. Seguro que ella se lo llevó. Regresó al estacionamiento del supermercado cuando me encerró en la celda. Pudo llevárselo entonces.
– Seguiremos buscándolo, pero, de momento, vamos a casa de MacKenna para encontrarnos allí con Joe Davis, ¿recuerdas?
– Después de que hable con el sheriff Randy -le recordó Jordan-. Me sorprende que no insistieras en estar presente cuando hable con él.
– Estoy más interesado en su hermano. -Le entregó un pedazo de papel, donde había dos direcciones con indicaciones para llegar a ellas.
– ¿Qué es esto?
– Había pensado que podríamos ir a casa de J.D. Dickey para ver si está allí.
– ¿Y si está?
Noah puso el motor en marcha y arrancó.
– Me gustaría saludarlo -dijo.
– ¿Y eso?
– Soy muy educado, cariño.
– ¿De quién es la otra dirección? -preguntó Jordan.
– De tu vieja amiga Maggie Haden.
– ¿Por qué quieres ir a su casa?
– Tengo la matrícula de J.D. Conduce una furgoneta roja. Podría estar con ella. Me dijiste que había tenido algo con los dos hermanos Dickey.
– ¿Y si está allí? -preguntó Jordan mientras conectaba el aire acondicionado.
– Ya veremos.
– ¿Te importa? -dijo Jordan con el sobre que Chaddick le había dado a Noah en la mano-. Me gustaría echar un vistazo a sus extractos bancarios.
– Adelante. Suma todos los ingresos en metálico -sugirió Noah.
– Si ingresó cinco mil dólares cada quince días durante seis meses, son sesenta mil dólares.
Después de sumar todos los ingresos, el total ascendía en realidad a noventa mil dólares.
– Los últimos dos meses que vivió el profesor, aumentó tanto el importe como la frecuencia de los ingresos. ¿De dónde procedía el dinero?
– Ésa es la pregunta de los noventa mil dólares.
– ¿En qué crees que andaba metido, Noah? ¿Tal vez drogas? ¿O juego? No parecía la clase de hombre que cae en ninguna de esas dos cosas.
– ¿Cómo es la clase de hombre que juega? ¿Era la clase de hombre que miente sobre haber recibido una herencia?
– Tienes razón.
– Léeme las indicaciones para llegar a casa de Dickey, Jordan.
Jordan hizo lo que le pedía, detectó Hampton Street e indicó:
– Gira a la derecha. -A continuación, siguió especulando-: El profesor me contó que había cambiado de planes y se iba a Escocia antes de lo que había previsto inicialmente.
– ¿Algo más?
– Estaba muy nervioso durante la cena, cuando vio que el restaurante se había llenado. Pensé que podía tener claustrofobia.
– Ahí está la casa de Dickey, en la esquina. -Noah redujo la velocidad.
Era una casa de una sola planta, ni más grande ni más pequeña que las demás de la calle, pero sin duda, la más bonita. Estaba recién pintada de gris oscuro, y las persianas negras también habían recibido hacía poco una mano de pintura. El tejado era nuevo, y el jardín estaba muy bien cuidado. Hasta había un parterre con caléndulas en flor a lo largo de los arbustos de la entrada.
– No puede ser su casa. Es muy bonita -comentó Jordan.
– Ésta es la dirección que me dio el agente Street. Es la casa de Dickey. Supongo que cuando no está pegando a una mujer, se dedica a cuidar del jardín.
La furgoneta de Dickey no estaba estacionada en el camino de grava.
– No esperarías encontrarlo en casa, ¿verdad? -bromeó Jordan.
– No, pero quería ver dónde vivía. Me encantaría echar un vistazo dentro.
– A mí también -susurró Jordan, como si admitir tal cosa fuese a meterla en apuros-. Ni siquiera podemos mirar por las ventanas porque tiene las persianas bajadas. -Se mordió el labio inferior-. Me gustaría saber si mi portátil está ahí dentro.
Habló con tanto fervor que Noah tuvo que esforzarse para no reír.
– Tienes que olvidarte de él, cariño.
– ¿De mi portátil? Imposible. Quiero recuperarlo.
– Podrías comprarte otro.
Él no lo entendía. Había programado el portátil, le había cambiado todos los chips, añadido un montón de memoria. Tenía toda su vida en él.