Sonó el teléfono de su habitación. Era su hermana, Sidney.
– No adivinarías nunca dónde estoy.
– No estoy para adivinanzas. Dímelo -pidió Jordan.
– ¿No tienes identificación de llamadas entrantes?
– Has llamado a la habitación de mi motel, Sidney. Deberías saber que no tengo identificación de llamadas entrantes.
– Estoy en Los Ángeles, y estoy rodeada de cajas. Como no puedo alojarme en mi residencia universitaria hasta dentro de una semana y media, estoy en un hotel. De hecho, es un hotel muy bonito -admitió-. El botones me ha subido todas las cosas.
– Creía que ibas a ir con mamá la semana que viene. ¿Cómo es que te has ido tan pronto?
– Todo cambió de repente -explicó Sidney-. Pasé la otra noche con mi amiga Christy y cuando volví a casa al día siguiente, mamá me había comprado el billete. Era como si no pudiera esperar ni un minuto más a librarse de mí. Creo que la estaba volviendo loca al preocuparme en voz alta por papá.
– De modo que estás sola.
– Y me encanta -afirmó-. Me estoy pasando con el servicio de habitaciones, pero como no puedo ir a mi residencia, ¿qué otra cosa puedo hacer? Espero que a papá no le dé un ataque cuando reciba la factura de la tarjeta de crédito.
– ¿Cómo está papá?
– Bien, supongo. Ya conoces a papá. Las amenazas de muerte no parecen afectarle. Mamá es otra historia. Está hecha polvo, pero intenta que no se note. Todo el mundo está muy nervioso con lo del juicio.
– ¿Se sabe ya cuándo terminará? -preguntó Jordan.
– No -respondió Sidney-. Los guardaespaldas de papá ya parecen formar parte del mobiliario de Nathan's Bay. Estaban dondequiera que mirara, como un recordatorio constante de que alguien quiere que nuestro padre esté muerto.
– Las amenazas cesarán en cuanto se haya emitido el veredicto.
– ¿Cómo puedes estar segura? Es lo que todo el mundo dice, pero se trata de un caso de crimen organizado, Jordan. Es… grave.
– Ya lo sé. -Jordan había captado la ansiedad en la voz de su hermana.
– Y si ese hombre horrible es condenado, ¿no querrán acabar con papá su familia y sus compinches? Y si no es condenado, ¿no lo querrá el otro bando…?
– Te vas a volver loca pensando en todo eso -la interrumpió Jordan-. Tienes que esperar que las cosas vayan bien.
– Es muy fácil decirlo -respondió-. Me alegro de haber venido aquí antes. Se lo estaba poniendo más difícil a mamá. Ahora tiene que preocuparse por Laurant… y Nick está muy asustado…
– Espera un momento. ¿Qué has dicho? ¿Qué pasa con Nick y Laurant?
– A Nick, nada. La que no está bien es Laurant. Creía que lo sabías…
– ¿Que sabía qué? -preguntó Jordan impaciente.
– Laurant empezó a tener dolores de parto, unos dolores terribles, y el médico la ingresó en el hospital. Todavía no puede tener el niño. Sólo está de seis meses.
– ¿Cuándo ha ocurrido todo esto?
– Nick la llevó al hospital ayer. Yo ya iba rumbo a Los Ángeles -declaró Sidney.
¿Había hablado con su hermano desde entonces? No lograba recordarlo.
– Es una suerte que Nick regresara antes y Noah se quedase contigo, ¿verdad? Habría sido terrible que hubiera estado tan lejos cuando Laurant empezó a tener problemas.
– Pobre Laurant. ¿Qué dice el médico?
– No lo sé -contestó Sidney-. Mamá me ha dicho que le han puesto un goteo intravenoso. Le han reducido las contracciones, pero no le han cesado del todo. Oye, ¿cuándo volverás a casa? A mamá le iría bien contar con tu apoyo en este momento. Siempre te mantienes tan fría y serena. Nada te pone nerviosa.
«Ya no», pensó Jordan. Por culpa de Noah, todo la ponía nerviosa.
Con el rabillo del ojo vio que Noah se acercaba a ella, y enseguida perdió el hilo. Llevaba unos vaqueros y una camiseta limpia. Dejó el arma y la pistolera en la mesita de noche y se tumbó a su lado en la cama.
– ¿Jordan? ¿No me has oído? Te preguntaba cuándo volverías.
– ¿Qué? Oh… Pues… -No, era evidente que jamás se ponía nerviosa-. Mañana -tartamudeó. Noah había alargado la mano y tiraba de ella para situarla a su lado-. Temprano. Nos iremos temprano. Tenemos un buen trecho hasta el aeropuerto de Austin.
Apartó la mano de Noah y se volvió hacia él. Lo miró con el ceño fruncido y lo señaló con un dedo.
– Para -susurró.
– ¿Que pare qué? -se sorprendió Sidney.
– Nada. Tengo que colgar.
– Espera. ¿Crees que debería volver a casa? -preguntó Sidney-. Quizá podría ayudar…
– No, no. Deberías quedarte donde estás. No hay nada que puedas hacer en casa. Te llamaré en cuanto llegue.
– No cuelgues, Jordan. No te he preguntado cómo estás.
Noah le estaba acariciando el cuello, lo que le hacía estremecerse.
– Bien. Estoy bien -soltó.
– ¿Han encontrado al degenerado que te metía cadáveres en el coche?
– Sí. Te llamo mañana. Besos. Adiós.
Colgó antes de que Sidney pudiera impedírselo. Y se volvió para enfrentarse con Noah.
– Intentar distraerme… -Fue lo lejos que llegó antes de perder otra vez el hilo. Noah se estaba quitando la camiseta. Tenía un cuerpo increíble: unos antebrazos tan musculosos, y los abdominales…
Jordan salió mentalmente de su estupor.
– ¿Qué estás haciendo? -exclamó.
– Poniéndome cómodo.
– Por el amor de… -pidió mientras le sujetaba las manos al ver que iba a desabrocharse los vaqueros-. Sugiero que te quedes con los pantalones puestos a no ser que vayas a taparte con la sábana.
– ¿Te da vergüenza? -La posibilidad parecía desconcertarle-. Has visto y tocado todo lo…
– Recuerdo muy bien lo que hice -lo interrumpió y se rio de repente-. No tienes ninguna inhibición, ¿verdad? Me apuesto algo a que podrías pasearte desnudo por Newbury Street, en Boston, sin el menor problema.
– Depende -sonrió Noah.
– ¿De qué?
– De si fuese verano o invierno.
– Es un atrevimiento por tu parte creer que puedes entrar aquí tan tranquilo y dormir conmigo -indicó Jordan con los ojos entornados.
– Yo no entro tan tranquilo en ninguna parte -la corrigió Noah mientras se ponía las almohadas debajo de la cabeza-. Y no tengo pensado dormir, por lo menos en un buen rato. ¿Quieres que me vaya?
Era una pregunta tonta.
– No.
Se inclinó hacia él, apoyó las manos en su cálido pecho y lo besó. Luego, le pellizcó el hombro y se incorporó.
– Sé que has hablado con Nick -dijo en tono acusador-. ¿Por qué no me habías dicho lo que estaba pasando?
– ¿Sidney te lo ha dicho? -Parecía sorprendido-. No creía que lo supiera. Tu madre la alejó enseguida de Boston para que tú no te enterases.
– Nick debería haberme llamado.
– Nick no quería preocuparte, y sabía que te ibas a enterar cuando volvieses a Boston.
Jordan se sentó sobre sus talones y dijo:
– ¿De qué me iba a enterar?
– Espera -dijo Noah con el ceño fruncido-. ¿Qué te ha dicho exactamente Sidney?
– No. Quiero oír tu versión.
– Alguien entró en casa de tus padres y dejó una nota para tu padre en su biblioteca. Estaba clavada con un cuchillo en una pared.
– ¿Cuándo la encontró?
– No fue él. -Noah detestaba tener que explicárselo-. Fue tu madre -suspiró y añadió-: Quien lo hizo, se coló en la casa por la noche. Tu madre encontró la nota la mañana siguiente, antes de que tu padre bajara.
Jordan se imaginó a algún perturbado recorriendo sigilosamente la casa y empezando a subir las escaleras con un cuchillo en la mano.
– ¿Estaban durmiendo? -soltó con un escalofrío-. ¿Dónde estaban los guardaespaldas?
– Buena pregunta -respondió Noah-. Había dos. Uno fuera y otro dentro. Ninguno de los dos vio ni oyó nada.
Jordan tuvo ganas de vomitar.
– Podría haberse metido en su habitación. Y Sidney…