– No, no, ha sido culpa mía -dijo ella sacudiendo la cabeza-. Pero es que me acabo de dar cuenta de que…
– ¿De qué?
– De la trascendencia que tendría que… -dijo ella con la esperanza de que la entendiera sin tener que darle más explicaciones.
Rafe frunció el ceño algo confuso. Hasta que se dio cuenta de que Shelley se sentía como él. Los dos estaban igual de asustados. La miró con media sonrisa.
– Shelley -dijo acariciándole el pelo, dejando que el cariño que sentía por ella aflorara en sus ojos-. Eres una persona muy especial para mí.
– Tú también -susurró ella mientras tomaba su mano y besaba la palma con los ojos cerrados.
– Será mejor que me vaya -dijo él con pocas ganas, pero decidido a hacer lo que debía-. Que duermas bien.
– Si es que puedo conciliar el sueño.
Rafe sonrió, sabiendo que él tendría el mismo problema.
– Buenas noches -dijo dándole un beso en la boca.
– Buenas noches -repitió ella mientras miraba cómo se iba.
Cerró la puerta y, suspirando, se dejó caer sobre la cama. Estaba enamorada de Rafe. No podía creerlo pero sabía que era verdad. Sin poder evitarlo, comenzó a reír con fuerza. Se rió de ella, de él, del mundo. No tenía ni idea de qué iba a hacer con esos sentimientos.
CAPÍTULO 9
HABÍA llegado el momento de la cuenta atrás y todos tenían los nervios a flor de piel. Todos menos Rafe, que no podía pensar en la competición. Había querido ganarla con todas sus fuerzas, lo deseaba. Pero acababa de darse cuenta de que había algo que deseaba más: a Shelley Sinclair.
Ese sentimiento seguía creciendo en su interior y no podía pararlo. Le gustaban las mujeres y salir con ellas. Se divertía mucho con la seducción y lo que llegaba después, pero nunca había deseado que una de ellas formara parte de su vida, que compartiera con él su existencia.
Shelley siempre había estado presente en su vida. Había sido parte de su existencia desde que era un niño y ahora quería asegurarse de que iba a seguir siendo así. Quería tenerla a su lado de forma permanente y firme. Pero quería tener garantías porque, de repente, no se imaginaba vivir sin ella.
Se había levantado radiante esa mañana, consciente de sus sentimientos y sonriendo a todo el mundo. Se sentía muy bien. «Es como si estuviera borracho de amor» pensó. Y, aunque sonara estúpido, era la pura realidad.
Durante el desayuno, Shelley se sentó a la mesa frente a él y Rafe no pudo concentrarse en nada más. El sol se filtraba por los altos ventanales detrás de ella y convertía su melena en una sinfonía dorada. Sus ojos, con su suave forma almendrada, y su sonrisa, consiguieron derretirlo por dentro. Toda ella le resultaba tan familiar pero, a la vez, tan nueva… Y la deseaba más que a nada en el mundo.
Parecía que iba a ser una mañana muy larga. Todos se reunieron en la sala de conferencias tras el desayuno. Repasaron todos los detalles de última hora, asegurándose de que no les faltaba nada e intentando no ponerse nerviosos. Ellos serían uno de los últimos equipos en hacer la presentación. Mientras tanto, tendrían que esperar pacientemente y preguntarse cómo lo estarían haciendo los demás grupos. A pesar de que, si querían, podían ir a ver las representaciones de otros equipos.
– Yo no iría ni loca -aseguró Candy con dramatismo-. Seguro que todo lo que viera me parecería genial, mucho mejor que nuestro material y perdería confianza. Y a la hora de actuar sería un completo desastre.
Rafe estaba de acuerdo con ella, pero se sentía tan agobiado que necesitaba salir de allí y hacer algo.
– Voy a dar un paseo -les comentó a todos, aunque todos entendieron a quién hablaba en realidad-. ¿Quiere acompañarme alguien?
Shelley levantó la vista y Rafe sintió que sus ojos se avivaban al verlo. Sabía que ella sentía lo mismo que él, a menos que estuviera loco o malinterpretando todas las señales. Si pudiera conseguir el coraje necesario para dar un paso más, sabría que aquello iba a merecer la pena.
– Yo no puedo ir ahora mismo -repuso ella algo triste-. Le prometí a Dorie que la ayudaría a repasar sus textos para la obra. Adelántate tú y a lo mejor te veo luego.
Rafe paseó hasta el vestíbulo, recreándose en la emoción de sus nuevos sentimientos. Era algo tan nuevo para él que aún lo asombraba. Nunca pensó que le fuera a pasar algo así. No solía entender a sus amigos que de repente tenían la necesidad de pasar el resto de su vida con una mujer. Ahora sí lo comprendía. Sentía lo mismo y supo que eso era lo que siempre había echado en falta en su vida.
Pasó cerca de una de las salas donde la competición estaba teniendo lugar y se paró un momento para mirar. Era Jason McLaughlin el que estaba en el escenario. Eso no podía perdérselo, tenía curiosidad por ver la presentación de la empresa de los McLaughlin. Entró silencioso y se sentó en la parte de atrás.
No tardó mucho en darse cuenta de que estaban representando su idea. Estaba allí, delante de él en el escenario. Jason estaba representando el papel que tenía que haber hecho él, dirigiendo al resto del equipo para que presionaran y consiguieran que su oferta saliera vencedora en la reñida lucha para comprar el rancho Quarter Season.
Al principio no podía creérselo. Intentó pensar en otras explicaciones para aquello pero, finalmente, tuvo que reconocerlo. Le habían robado su idea y no sabía cómo lo habían hecho. Se quedó de piedra, no podía moverse ni apartar la mirada del escenario.
Shelley se dio una vuelta por el vestíbulo, esperando encontrar a Rafe por allí, pero no lo vio. A quien vio fue a Quinn, que se acercaba hacia ella. Estaba peinado y parecía que llevaba ropa limpia y planchada. Eran sólo un par de mejoras que cambiaban por completo su apariencia. Ese día tenía el aspecto de alguien a quien merecía la pena conocer.
– ¡Quinn! -lo saludó-. Me alegro de verte de nuevo. ¿Cómo estás?
– Estoy bien, supongo -dijo sonriente.
– ¿Has venido a ver el concurso?
– Sí. Matt me pidió que viniera y he decidido hacer todo lo que me diga.
– Bien pensado -dijo ella devolviéndole la sonrisa-. Oye, tú tenías un grupo de música, ¿no? ¿Cómo va eso?
– El grupo se separó hace más de un año. He estado tocando por mi cuenta, pero sólo ocasionalmente. Aquí y allá. El mundo de la música es muy complicado, ¿sabes?
– ¡Vaya! Y, ¿has pensado en dedicarte a alguna otra cosa?
– No -contestó él a la defensiva-. ¿Qué otra cosa podría hacer? La música es mi vida.
– Pero si esa vida te está matando de hambre quizás deberías buscarte otro camino, ¿no?
Se dio cuenta que no deseaba escuchar sus consejos.
– Bueno, mi vida va a cambiar lo quiera o no. Voy a irme a vivir a ese pueblo de mala muerte, Chivaree.
– ¡Eh! Chivaree no está tan mal -dijo ella, sin creerse que estuviera defendiéndolo-. Ha crecido mucho durante los últimos años. Tenemos un nuevo centro comercial.
– ¡Vaya! ¡Qué emoción! -se burló él.
– También tenemos restaurantes de comida rápida. De esos donde no tienes ni que bajarte del coche para probar su alta cocina francesa -dijo ella siguiéndole la broma.
– Veo que me voy a sentir como en casa.
– No, en serio, Quinn. Sarcasmos aparte. Creo que te va a gustar, ya verás.
– A lo mejor -asintió él-. Oye, Shelley. Perdona por haber huido de ti el otro día, casi me das caza.
– Aún no entiendo por qué lo hiciste.
– Es por esos mafiosos que me seguían. Son listos y pensé que quizá te estuvieran utilizando para atraparme. No podía arriesgarme. La verdad es que llevo semanas huyendo de todo el mundo.
– Bueno, parece que aún no han dado contigo. Tienes tus piernas intactas.
– Sí, aquí están. Y, con la ayuda de Matt, puede que consiga conservarlas, después de todo.