– Pero eso me deja sin nada que hacer a modo de regalo para ti -dijo mi bisabuelo.
– Dejémoslo para más adelante -dije con una sonrisa-. Ya se presentará cualquier cosa. ¿Puedo…, puedo hablar sobre usted? ¿A mis amigos? -pregunté-. No, supongo que no. -No me imaginaba contándole a mi amiga Tara que tenía un nuevo bisabuelo que era un hada. Amelia quizá lo entendería un poco más.
– Quiero que nuestra relación se mantenga en secreto -dijo él-. Me alegro mucho de haberte encontrado por fin y quiero conocerte mejor. -Me acarició la mejilla-. Pero tengo enemigos poderosos y no quiero que se les ocurra hacerte daño para herirme a mí.
Moví afirmativamente la cabeza. Lo comprendía. Pero resultaba un poco desalentador tener un nuevo pariente y tener prohibido hablar de él. La mano de Niall abandonó mi mejilla para posarse de nuevo sobre mi mano.
– ¿Y Jason? -pregunté-. ¿Piensa hablar también con él?
– Jason -dijo, expresando disgusto en su rostro-. No sé por qué, pero esa chispa especial le pasó de largo. Sé que está hecho del mismo material que tú, pero mi sangre sólo se ha puesto de manifiesto en él en su capacidad para atraer amantes, algo que, al fin y al cabo, no es muy recomendable. Ni comprendería ni valoraría nuestra relación.
Mi bisabuelo dijo aquello con un tono algo altanero. Me dispuse a salir en defensa de Jason, pero cerré la boca. En secreto, tenía que admitir que, con toda probabilidad, Niall tenía razón. Jason le pediría un montón de cosas y se iría de la lengua.
– ¿Lo veré a menudo? -pregunté entonces, tratando de no parecer indiferente. Era consciente de que me expresaba con torpeza, pero no sabía aún cómo enmarcar aquella nueva y extraña relación.
– Intentaré visitarte con la frecuencia con la que lo haría cualquier otro pariente -dijo.
Traté de imaginármelo. ¿Niall y yo comiendo en el Palacio de la Hamburguesa? ¿Compartiendo el banco en la iglesia algún domingo? Me parecía que no.
– Me da la sensación de que hay muchas cosas que no me cuenta -dije sin rodeos.
– Así tendremos de qué hablar la próxima vez -dijo, y me guiñó uno de sus ojos verde mar. De acuerdo, eso no me lo esperaba. Me dio su tarjeta, lo que también me sorprendió. En ella decía simplemente «Niall Brigant» y aparecía un número de teléfono-. Puedes llamarme a este número en cualquier momento. Siempre responderá alguien.
– Gracias -dije-. Me imagino que conoce también mi número. -Asintió. Supuse que iba a marcharse ya, pero se hizo el remolón. Parecía tan reacio a irse como yo-. Y bien -dije, y tosí para aclararme la garganta-. ¿A qué se dedica todo el día? -No sé cómo explicar lo extraño y fantástico que me resultaba estar en compañía de un familiar. Yo sólo tenía a Jason, y no era lo que puede decirse un hermano de aquellos a los que se lo explicas todo. Sabía que podía contar con él en caso de apuro, pero ¿salir juntos? Eso no iba a suceder nunca.
Mi bisabuelo respondió a mi pregunta, pero cuando posteriormente traté de recordar su respuesta, no conseguí nada concreto. Supongo que es debido a su magia de príncipe de las hadas. Me contó que era copropietario de un par de bancos, de una empresa que fabricaba mobiliario para jardín y -y eso me pareció extraño- de otra dedicada a la medicina experimental.
Lo miré dubitativa.
– Medicamentos para humanos -dije, para asegurarme de que lo había entendido correctamente.
– Sí. En su mayoría -replicó-. Pero algunos de los científicos que trabajan allí crean cosas especiales para nosotros.
– Para las hadas.
Asintió, acompañando el movimiento de su cara con ese pelo tan fino como la barba de maíz.
– Hoy en día hay mucho hierro -dijo-. No sé si te has dado cuenta de que somos muy sensibles al hierro. Y aunque siempre llevamos guantes, podrían resultar demasiado llamativos en el mundo actual. -Miré la mano derecha que tenía posada sobre la mía. La retiré y acaricié su piel. Resultaba curiosamente suave.
– Es como un guante invisible -dije.
– Exactamente. -Asintió-. Una de sus fórmulas. Pero ya basta de hablar de mí.
«Justo cuando la cosa empezaba a ponerse interesante», pensé. Pero noté que mi bisabuelo aún no tenía la confianza necesaria en mí como para revelarme todos sus secretos.
Niall me preguntó sobre mi trabajo y sobre mi rutina diaria, como haría cualquier bisabuelo de verdad. Aunque me di cuenta de que no le gustaba mucho la idea de que su bisnieta trabajara, que lo hiciera en un bar no pareció molestarle especialmente. Como ya he dicho, era complicado leer a Niall. Sus pensamientos eran exclusivamente suyos, pero sí advertí que de vez en cuando dejaba alguna cosa sin decir.
Acabamos por fin de cenar y miré el reloj. Me quedé asombrada al ver que habían pasado muchas horas. Tenía que irme. Me tocaba trabajar al día siguiente. Me disculpé, le agradecí a mi bisabuelo la cena (me daban aún escalofríos al pensar en él en esos términos) y, dubitativa, me incliné para darle un beso en la mejilla igual que él había hecho previamente. Me pareció que contenía la respiración al recibir mi beso. Su piel era cálida y lustrosa al contacto. Pese a su aspecto humano, el tacto no lo era en absoluto.
Se levantó para despedirse de mí pero se quedó en la mesa… para pagar la cuenta, me imaginé. Salí sin advertir por dónde pasaba. Eric me esperaba en el aparcamiento. Mientras lo hacía, se había tomado un TrueBlood y había estado leyendo en el coche, aparcado bajo una farola.
Me sentía agotada.
No me di cuenta de hasta qué punto me había destrozado los nervios la cena con Niall hasta que me alejé de su presencia. Pese a que había pasado toda la cena sentada en una silla cómoda, estaba cansada como si hubiéramos estado hablando mientras corríamos.
Niall había logrado ocultarle a Eric el olor a hada, pero por el movimiento de sus aletas de la nariz comprendí que yo estaba impregnada de aquel aroma tan embriagador. Eric cerró los ojos extasiado y hasta se relamió. Me sentía como un costillar al alcance de un perro hambriento.
– Basta ya -dije. No estaba de humor.
Eric se controló con un enorme esfuerzo.
– Cuando hueles así-dijo-, lo único que quiero es follarte y morderte y restregarme contra ti.
Una explicación bastante clara, y no voy a decir que por un segundo (dividido entre lujuria y miedo) no me imaginara tal actividad. Pero tenía asuntos más importantes en los que pensar.
– Para el carro -dije-. ¿Qué sabes sobre las hadas? Aparte de lo de su olor.
Eric me miró ya más tranquilo.
– Tanto masculinas como femeninas, resultan encantadoras. Son increíblemente duras y feroces. No son inmortales, pero viven mucho tiempo a menos que algo les suceda. Se les puede matar con hierro, por ejemplo. Hay otras formas de matarlas, pero es complicado. Suelen ser reservadas. Les gustan los climas templados. No sé qué comen ni qué beben cuando están solas. Prueban la comida de otras culturas; he visto incluso cómo un hada probaba sangre. Se tienen en más alta estima de la que deberían. Si dan su palabra, la cumplen. -Se detuvo un momento a pensar-. Tienen distintos hechizos. No todas pueden hacer las mismas cosas. Y son muy mágicas. Su esencia es ésa. No tienen dioses, excepto su propia raza, por lo que a menudo se las confunde con dioses. De hecho, las hay que incluso han adoptado los atributos de una deidad.
Me quedé mirándolo.
– ¿A qué te refieres?
– No me refiero a que sean sagradas -dijo Eric-. Me refiero a que las hadas que habitan en los bosques se identifican de tal manera con el bosque que hacerle daño al uno es herir al otro. Por eso su número ha disminuido tanto. Evidentemente, los vampiros no podemos meternos con las políticas de las hadas ni con sus problemas de supervivencia, ya que somos peligrosos para ellas… por el simple hecho de que nos resultan embriagadoras.