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– Me pregunto cómo lo llamará Bob -dije.

Amelia me miró por encima de la cabeza de Bob y supe al instante que mi comentario no había sido nada diplomático.

– Lo siento -dije-. Lo he dicho sin pensar. Aunque quizá sea poco realista creer que puedes salir de ésta sin tener que dar explicaciones, ¿no?

– Es cierto -dijo. No parecía muy feliz por tener que conceder que yo tenía razón, pero al menos lo reconocía-. Me equivoqué. Intenté hacer algo que no debería haber hecho y Bob ha pagado las consecuencias.

Caray, cuando Amelia decidía confesar, llegaba hasta el final.

– Voy a tener que asumir lo sucedido -dijo-. Tal vez me impidan practicar la magia durante un año. Más tiempo, quizá.

– Oh, me parece un castigo muy severo -dije. En mi fantasía, su mentora simplemente había regañado a Amelia delante de una sala llena de magos, hechiceros, brujas y otros, y luego se había limitado a transformar de nuevo a Bob en hombre. Él perdonaba sin problemas a Amelia y le decía que la amaba. Y como él la perdonaba, el resto de los reunidos lo hacía también, y Amelia y Bob regresaban a mi casa y vivían aquí juntos… durante mucho tiempo. (En cuanto a esta última parte, no lo tenía del todo concretado).

– Es el castigo más leve posible -dijo Amelia.

– Oh.

– Estoy segura de que no te apetecería escuchar los demás castigos posibles. -Tenía razón. No me apetecía-. Y bien, ¿qué me cuentas de ese misterioso recado de Eric? -preguntó Amelia.

Amelia no podía haber informado a nadie de nuestro destino o de la ruta que íbamos a seguir.

– Oh… sólo quería llevarme a un nuevo restaurante de Shreveport. Tenía un nombre francés. Era muy bonito.

– ¿De modo que ha sido una especie de cita? -Sabía que estaba preguntándose qué papel desempeñaba Quinn en mi relación con Eric.

– Oh, no, no ha sido una cita -dije de forma poco convincente, incluso para mí misma-. Nada del tipo chico-chica. Salir, simplemente. -Besarse. Ser atacados.

– La verdad es que es guapo -dijo Amelia.

– Sí, eso no hay quien lo niegue. Conozco a varios tíos buenos. ¿Te acuerdas de Claude? -Le había enseñado a Amelia el póster que había llegado por correo hacía dos semanas, una fotografía de la portada de la novela romántica para la que había posado Claude. Se había quedado impresionada… ¿Y qué mujer no?

– La semana pasada fui a ver a Claude actuar como stripper. -Amelia no podía mirarme a los ojos.

– ¡Y no me llevaste! -Claude era una persona muy desagradable, especialmente si se le comparaba con su hermana, Claudine, pero era atractivo a más no poder. Estaba en la estratosfera de belleza masculina de Brad Pitt. Era gay, por supuesto. ¿A que no lo habías adivinado?-. ¿Fuiste mientras yo trabajaba?

– Pensé que no aprobarías que fuera -dijo, agachando la cabeza-. Porque eres amiga de su hermana. Fui con Tara. J.B. estaba trabajando. ¿Estás enfadada?

– No, no me importa. -Mi amiga Tara era propietaria de una tienda de ropa y su recién estrenado marido, J.B., trabajaba en un gimnasio femenino-. Me gustaría ver a Claude actuando como si se divirtiera con ello.

– Me dio la impresión de que se lo pasaba bien -dijo-. No hay nada en el mundo que a Claude le guste más que él mismo, ¿verdad? De modo que tener tantas mujeres mirándolo y admirándolo… Las mujeres no le van, pero seguro que le va que le admiren.

– Cierto. A ver si algún día vamos juntas a verlo.

– De acuerdo -dijo, y noté que volvía a estar contenta-. Ahora, cuéntame qué pediste de comer en ese restaurante tan elegante. -Se lo conté, deseando todo el rato no haberme visto obligada a mantener el silencio respecto a mi bisabuelo. Me moría de ganas de explicarle a Amelia lo de Nialclass="underline" cómo era, lo que había dicho, que yo tenía una historia pasada que desconocía hasta hoy. Y tardaría un tiempo en procesar lo que había pasado mi abuela, alterar la imagen que tenía de ella para reubicarla a partir de todos los hechos que había descubierto. Y también tenía que reflexionar de nuevo sobre los recuerdos desagradables de mi madre. Se había enamorado como una loca de mi padre, y había tenido a sus hijos porque lo amaba… para acabar descubriendo que no quería compartir a su esposo con ellos, especialmente conmigo, otra chica. O, al menos, así era como veía ahora el tema.

– Ha habido más cosas -dije, mientras un bostezo me separaba la mandíbula en dos partes. Era muy tarde-. Pero tengo que acostarme. ¿Ha habido alguna llamada?

– Ha llamado ese hombre lobo de Shreveport. Quería hablar contigo y le he dicho que habías salido y que podía localizarte en el móvil. Me preguntó si podía quedar contigo, pero le dije que no sabía dónde estabas.

– Alcide -dije-. Me pregunto qué querría. -Pensé que lo llamaría por la mañana.

– Y llamó una chica. Dijo que había trabajado como camarera en el Merlotte's y que te había visto anoche en la boda.

– ¿Tanya?

– Sí, así se llamaba.

– ¿Qué quería?

– No lo sé. Dijo que volvería a llamar mañana o que ya te vería en el bar.

– Mierda. Espero que Sam no la haya contratado como suplente.

– Creía que yo era la camarera suplente del bar.

– Sí, salvo que alguien haya dejado de trabajar allí. Ya te aviso: a Sam le gusta.

– ¿Y a ti no?

– Es una puta traidora.

– Dime qué piensas de verdad.

– En serio, Amelia, empezó a trabajar en el Merlotte's para poder espiarme y pasar información a los Pelt.

– Oh, es ésa. Pues no volverá a espiarte. Daré los pasos necesarios.

Aquello me daba más miedo que trabajar con Tanya. Amelia era una bruja fuerte y habilidosa, no me malinterpretes, pero tendía también a hacer cosas que iban más allá de su nivel de experiencia. Bob era un ejemplo de ello.

– Consúltalo primero conmigo -dije, y Amelia se quedó sorprendida.

– Sí, claro -dijo-. Y ahora, me vuelvo a la cama.

Subió las escaleras con Bob en brazos y yo me dirigí a mi pequeño baño para desmaquillarme y ponerme el camisón. Amelia no se había fijado en las salpicaduras de sangre de la blusa y la dejé en remojo en el lavabo.

Vaya día. Había estado con Eric, que siempre me alteraba un poco, y había descubierto que tenía un nuevo familiar, aunque no fuera humano. Me había enterado de muchas cosas sobre mi familia, desagradables en su mayoría. Había cenado en un restaurante elegante, pese a que apenas recordaba lo que había comido. Y, finalmente, me habían atacado pistola en mano.

Cuando me metí en la cama, recé mis oraciones, tratando de poner a Quinn en lo más alto de mi lista de prioridades. Creí que la excitación de haber conocido a un bisabuelo me mantendría despierta toda la noche, pero el sueño pudo conmigo cuando estaba pidiéndole ayuda a Dios para que me echara un cable para encontrar mi camino entre la maraña moral de formar parte de un asesinato.

Capítulo 6

A la mañana siguiente, llamaron a la puerta una hora antes del momento en que tenía previsto levantarme. Lo oí porque Bob había entrado en mi habitación y había saltado a mi cama, lugar donde se suponía que no debía estar, y se había hecho un hueco detrás de mis rodillas mientras yo dormía de costado. Ronroneaba, y estiré el brazo para rascarle detrás de las orejas. Me gustan los gatos. Pero eso no evita que también me gusten los perros, y sólo el hecho de mis prolongadas ausencias de casa me impide hacerme con un cachorro. Terry Bellefleur me había ofrecido uno, pero había vacilado y al final acabó distribuyendo los cachorros a otra gente. Me preguntaba si a Bob le importaría la compañía de un gatito. ¿Se pondría Amelia celosa si compraba una gata? Sonreí y me acurruqué en la cama.