Выбрать главу

– Cuando se celebró la competición para elegir al líder de la manada -le dije-, Alcide quiso que estuviera allí a modo de detector de mentiras. Así fue como sorprendí mintiendo al oponente, lo que estuvo bien. Pero después, aquello se convirtió en una pelea a muerte y Patrick Furnan resultó ser el más fuerte. Mató a Jackson Herveaux.

– Me imagino que encubrirían la muerte. -La anciana bruja no parecía ni asombrada ni sorprendida.

– Sí, depositaron el cuerpo en una remota granja de su propiedad, conscientes de que nadie lo buscaría allí durante un buen tiempo. Las heridas no serían reconocibles para cuando lo encontraran.

– ¿Ha sido un buen líder ese tal Patrick Furnan?

– La verdad es que no lo sé -admití-. Alcide está rodeado por un grupo de descontentos, que son además las personas a las que mejor conozco de la manada, por lo que me imagino que estoy del lado de Alcide.

– ¿Te planteaste alguna vez mantenerte neutral? ¿Dejar que ganara el mejor lobo?

– No -dije sinceramente-. Me habría alegrado igual si Alcide no me hubiera llamado y no me hubiera contado los problemas de la manada. Pero ahora que lo sé, le ayudaré si puedo. No es que sea un ángel ni nada por el estilo. Pero Patrick Furnan me odia y ayudar a su enemigo me parece una postura inteligente, punto número uno. Y María Estrella me caía bien, punto número dos. Además, alguien intentó matarme anoche, alguien a quien Furnan podría haber contratado, punto número tres.

Octavia asintió. Era evidente que no era una anciana cobardica.

María Estrella vivía en un edificio de apartamentos algo anticuado situado junto a la Autopista 3, entre Benton y Shreveport. Era un complejo pequeño, con dos edificios, el uno junto al otro, y un aparcamiento, justo al lado de la autopista. Detrás de los edificios había campo y los comercios existentes en los bajos eran establecimientos de día: un agente de seguros y un dentista.

Cada uno de los dos edificios de ladrillo rojo estaba dividido en cuatro apartamentos. Delante del edificio de la derecha vi una camioneta que me resultó familiar enseguida. Aparqué junto a ella. Los apartamentos estaban en un recinto cerrado: había una entrada común que comunicaba con un vestíbulo y, a cada lado, una puerta que daba a la escalera de acceso al segundo piso. María Estrella vivía en el apartamento de la planta baja del lado izquierdo. Era fácil de adivinar, pues Dawson estaba apoyado en la pared, junto a la puerta.

Lo presenté a las dos brujas como «Dawson», pues no conocía su nombre de pila. Era un gigante. Y estaba segura de que contra aquellos bíceps podías incluso partir nueces. Tenía el pelo castaño oscuro con algunas canas, y un bigote bien recortado. Lo conocía de toda la vida, pero no en profundidad. Seguramente tendría siete u ocho años más que yo, y había estado casado. Y se había divorciado. Su hijo, que vivía con la madre, jugaba al fútbol americano con el equipo de la Clarice High School. Dawson tenía aspecto de ser un tipo muy duro. No sé si era por lo oscuro de sus ojos, o por su rostro siempre serio, o simplemente por lo grande que era.

La puerta del apartamento estaba sellada con la típica cinta de escena del crimen. Se me llenaron los ojos de lágrimas al ver aquello. María Estrella había muerto de forma violenta hacía sólo escasas horas. Dawson sacó unas llaves (¿las de Alcide?), abrió la puerta y pasamos por debajo de la cinta para poder entrar.

Y nos quedamos todos inmóviles y en silencio, impresionados por el estado de la sala de estar. Mi avance se vio interrumpido por una mesita auxiliar patas arriba y con una raja profunda en la madera. Mis ojos parpadearon al ver unas manchas oscuras e irregulares en las paredes, hasta que mi cerebro me dijo que se trataba de sangre.

Había un olor débil, pero desagradable. Empecé a respirar superficialmente para no marearme.

– ¿Y ahora qué quieres que hagamos? -preguntó Octavia.

– Pensé que podríais hacer una reconstrucción ectoplásmica, como la que hizo Amelia en su día -respondí.

– ¿Que Amelia hizo una reconstrucción ectoplásmica? -Octavia había dejado su tono altanero y parecía sinceramente sorprendida y admirada-. Jamás he visto hacer una.

Amelia asintió con modestia.

– Con Terry, Bob y Patsy -dijo-. Salió muy bien. Y eso que teníamos una zona muy grande que cubrir.

– Entonces estoy segura de que también podemos hacerla aquí -dijo Octavia. Se la veía interesada y excitada. Era como si su rostro se hubiera despertado de repente. Y entonces comprendí que hasta aquel momento sólo había visto una cara deprimida. Y ahora que había dejado de estar concentrada en impedirme el paso a su cerebro, podía leer sus pensamientos y saber que Octavia había pasado el mes posterior al Katrina preguntándose cómo se las arreglaría para comer, dónde dormiría noche tras noche. Al parecer, aunque no lo veía muy claro, ahora vivía con una familia.

– He traído las cosas -dijo Amelia. Su cerebro irradiaba orgullo y alivio. Aún cabía la posibilidad de que consiguiera superar el contratiempo de Bob sin tener que pagar un precio considerable.

Dawson permanecía apoyado contra la pared, escuchando con evidente interés. Era un hombre lobo y leer sus pensamientos me resultaba complicado, aunque veía claro que estaba relajado.

Le envidiaba, pues a mí me resultaba imposible sentirme cómoda en aquel pequeño apartamento que se hacía eco de la violencia vivida entre sus paredes. Me daba miedo sentarme en el sofá de dos plazas o en el sillón, ambos tapizados a cuadros azules y blancos. La alfombra era de un tono azul más oscuro y las paredes estaban pintadas de blanco. Todo combinaba. Era un apartamento un poco monótono para mi gusto, aunque aseado y cuidado. Era un lugar que menos de veinticuatro horas antes había sido un verdadero hogar.

Inspeccioné el dormitorio, la cama por hacer. Era la única señal de desorden en el dormitorio o la cocina. El escenario de la violencia había sido la sala de estar.

A falta de un lugar mejor donde instalarme, me apoyé en la pared desnuda, al lado de Dawson.

Pese a que hacía pocos meses el mecánico de motos había resultado herido de bala por salir en mi defensa, creo que nunca habíamos mantenido una conversación muy larga. Había oído rumores de que «la ley» (en este caso, Andy Bellefleur y su compañero, el detective Alcee Beck) sospechaba que en el taller de Dawson sucedían cosas que nada tenían que ver con las motos, pero nunca habían sorprendido a Dawson haciendo algo ilegal. Dawson trabajaba además de vez en cuando como guardaespaldas, o quizá prestara sus servicios de manera voluntaria. La verdad es que estaba bien dotado para ese trabajo.

– ¿Erais amigas? -preguntó Dawson, moviendo la cabeza en dirección a la mancha de sangre más grande del suelo, la que indicaba el lugar donde había fallecido María Estrella.

– Éramos más bien conocidas -dije, pues no quería mostrar más dolor del necesario-. Coincidí con ella en una boda hace un par de noches. -Iba a decir que cuando la había visto estaba estupendamente bien, pero era una estupidez. Nadie tiene por qué encontrarse mal antes de ser asesinado.

– ¿Cuándo fue la última vez que alguien habló con María Estrella? -le preguntó Amelia a Dawson-. Necesito establecer un intervalo horario.

– A las once de anoche -respondió-. Fue una llamada de Alcide. Él se encontraba fuera de la ciudad, tiene testigos. Los vecinos oyeron jaleo una media hora después de eso, llamaron a la policía. -Un discurso muy largo para venir de Dawson. Amelia continuó con sus preparativos. Vi que Octavia estaba leyendo un librito que Amelia había sacado de su pequeña mochila.

– ¿Has presenciado alguna vez una cosa de éstas? -me preguntó Dawson.

– Sí, en Nueva Orleans. Por lo que tengo entendido, es algo muy excepcional y difícil de conseguir. Amelia es muy buena.