– Nunca fui un buen animal de manada -dijo-. Nunca supe mantenerme a raya. Me resulta imposible seguir la cadena de mando.
– ¿Y por qué estás ahora metido en esta lucha? -le pregunté.
– Patrick Furnan intentó acabar con mi negocio -dijo Dawson.
– ¿Por qué motivo?
– En la zona ya no van quedando tantos talleres de motos, sobre todo desde que Furnan adquirió la distribución de Harley-Davidson en Shreveport -me explicó Dawson-. Es muy avaricioso. Lo quiere todo para él. No le importa que los demás se arruinen. Cuando se dio cuenta de que mi taller seguía adelante, me mando un par de sus chicos. Me dieron una paliza, me reventaron el taller.
– Debían de ser muy buenos -dije. Resultaba difícil creer que alguien pudiera superar a Tray Dawson-. ¿Llamaste a la policía?
– No. No puede decirse que la poli de Bon Temps esté loca por mí. Pero me puse del lado de Alcide.
El detective Cal Myers, evidentemente, estaba al corriente de los trabajos sucios de Furnan. Fue él quien colaboró con Furnan en el engaño del concurso para ser el líder de la manada. Pero lo que me sorprendía de verdad es que estuviese dispuesto a llegar hasta el extremo de cometer el asesinato de María Estrella, cuyo único pecado había sido que Alcide se enamorara de ella. Pero lo habíamos visto con nuestros propios ojos.
– ¿Qué problema tienes con la policía de Bon Temps? -pregunté, ya que estábamos hablando sobre el cumplimiento de la ley.
Se echó a reír.
– Fui policía, ¿lo sabías?
– No -contesté, realmente sorprendida-. ¿Bromeas?
– De verdad -dijo-. Fui miembro de la policía de Nueva Orleans. Pero no me gustaba el politiqueo y mi capitán era un auténtico hijo de puta, perdón por la expresión.
Asentí, muy seria. Hacía mucho tiempo que nadie se disculpaba ante mí por utilizar un lenguaje soez.
– ¿Y qué pasó?
– Al final, la situación llegó a un punto crítico. El capitán me acusó de coger un dinero que un tipo repugnante había dejado sobre una mesa cuando lo arrestamos en su casa. -Tray movió la cabeza, asqueado-. Tuve que marcharme. Pero me gustaba el trabajo.
– ¿Qué es lo que te gustaba del trabajo?
– No había dos días iguales. Sí, bueno, andábamos patrullando con los coches. Eso siempre era parecido. Pero cada vez que salíamos sucedía algo distinto.
Moví afirmativamente la cabeza. Comprendía a qué se refería. También cada día en el bar era un poco distinto, aunque quizá no tanto como las jornadas de Tray en el coche patrulla.
Continuamos en silencio durante un rato. Adiviné que Tray estaba pensando en las probabilidades que tenía Alcide de superar a Furnan en la lucha por el dominio. Estaba pensando que Alcide era un tipo afortunado por haber salido con María Estrella y conmigo, y más afortunado aún desde la desaparición de aquella desgraciada de Debbie Pelt. Se había librado de una buena, pensaba Tray.
– Ahora soy yo quién debe formularte una pregunta -dijo Tray.
– Me parece justo.
– ¿Tienes algo que ver con la desaparición de Debbie?
Respiré hondo.
– Sí. Defensa propia.
– Bien hecho, alguien tenía que hacerlo.
Nos quedamos de nuevo en silencio, un silencio que se prolongó como mínimo diez minutos. No era mi intención traer de vuelta el pasado, pero Alcide había roto con Debbie Pelt antes de que yo le conociera. Luego salió poco tiempo conmigo. Debbie decidió que yo era su enemiga e intentó matarme. Pero yo llegué primero. Había conseguido resignarme a aquel hecho… en la medida en que pueda ser posible. Pero Alcide nunca había podido volver a mirarme de la misma manera, ¿y por qué culparle por ello? Después había encontrado a María Estrella, y yo me había alegrado por ellos.
Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas y miré por la ventana. Habíamos pasado el circuito de carreras y el desvío hacia el centro comercial Pierre Bossier. Dejamos atrás otro par de salidas y Tray enfiló la rampa para salir de la autopista.
Serpenteamos por un barrio modesto durante un buen rato, y Tray miraba tan a menudo por el retrovisor que me di cuenta de que vigilaba si alguien nos seguía. De pronto, giró por una calle y se detuvo detrás de una de las casas algo más grandes, tímidamente pintada de blanco. Aparcamos debajo de un espacio cubierto, al lado de otra camioneta. Más allá estaba aparcado un pequeño Nissan. Había también un par de motos y Tray las observó con interés profesional.
– ¿Quién vive aquí? -Dudaba si formular esa pregunta, pero quería saber dónde me encontraba.
– Es la casa de Amanda -respondió. Esperó a que pasara yo delante, de modo que subí las tres escaleras que ascendían hasta la puerta trasera y llamé al timbre.
– ¿Quién es? -preguntó una voz apagada.
– Sookie y Dawson -respondí.
La puerta se abrió con cautela y Amanda bloqueó la entrada de tal modo que me impidió ver el interior. No sé mucho de pistolas, pero vi claramente que Amanda me apuntaba al pecho con un gran revólver. Era la segunda vez en dos días que me encañonaban. De pronto, sentí mucho frío y sensación de mareo.
– De acuerdo -dijo Amanda después de observarnos con detalle.
Alcide estaba detrás de la puerta, armado con una escopeta. Apareció en cuanto entramos y se tranquilizó al vernos. Dejó la recortada sobre el mostrador de la cocina y se sentó junto a la mesa.
– Siento lo de María Estrella, Alcide -dije, obligándome a hablar a pesar de tener la boca agarrotada. Que te apunten con un arma es espeluznante, sobre todo si es a bocajarro.
– Aún no lo he digerido -dijo con un tono de voz plano. Comprendí que no había captado todavía el impacto de su muerte-. Estábamos pensando en irnos a vivir juntos. Si lo hubiéramos hecho antes, ahora estaría viva.
No tenía ningún sentido ponerse a imaginar lo que podría haber sido y no fue. Sólo servía para torturarse. Y lo que había sucedido ya era bastante terrible de por sí.
– Sabemos quién lo hizo -dijo Dawson, y un escalofrío recorrió la estancia. En la casa había más licántropos, los percibía, y todos se pusieron en estado de alerta al escuchar las palabras de Tray Dawson.
– ¿Qué? ¿Cómo? -Sin que me diera ni cuenta, Alcide se había puesto en pie.
– Sookie le pidió a sus amigas brujas que hicieran una reconstrucción -dijo Tray, haciendo un ademán en mi dirección-. Y yo he podido presenciarlo. Fueron dos tipos. A uno de ellos no lo había visto en mi vida, lo que da a entender que Furnan contrató a hombres lobo de otra parte. El segundo era Carl Myers.
Alcide contrajo sus grandes manos en un puño. Su conjunto de reacciones era tal, que no sabía ni por dónde empezar a hablar.
– Furnan ha contratado ayuda -dijo finalmente Alcide-. Por lo que estamos en nuestro derecho a acabar con ellos. Cogeremos a uno de esos cabrones y lo obligaremos a hablar. Aquí no podemos traer a ningún rehén; alguien podría darse cuenta. ¿Dónde, Tray?
– En El Pelo del Perro -respondió.
A Amanda no le entusiasmaba mucho la idea. Era la propietaria de ese bar y utilizarlo como lugar de ejecución o tortura era algo que no le atraía mucho. Abrió la boca dispuesta a protestar. Pero Alcide se encaró con ella y gruñó, retorciendo su rostro hasta que dejó de parecer el suyo. Amanda se encogió de miedo y asintió.
Alcide levantó aún más la voz para seguir hablando.
– Cal Myers es hombre muerto.
– Es un miembro de la manada, y los miembros de la manada se someten a juicio -dijo Amanda, y volvió a encogerse de miedo, anticipando el rugido de rabia de Alcide.
– No me has preguntado sobre el hombre que intentó matarme -dije. Quería reducir la tensión de la situación, si era posible.
Aun furioso como estaba, Alcide fue lo bastante decente como para no recordarme que yo seguía con vida, mientras que María Estrella no, o que había amado a María Estrella mucho más de lo que pudiera haberle llegado a interesar yo. Pero ambos pensamientos le pasaron por la cabeza.