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– Era un hombre lobo -dije-. Mediría un metro setenta y cinco, de unos veinte y pico años. Iba bien afeitado. Tenía el pelo castaño, los ojos azules y una gran marca de nacimiento en el cuello.

– Oh -dijo Amanda-. Me parece que quienquiera que sea, es el nuevo mecánico del taller de Furnan. Empezó a trabajar allí la semana pasada. Lucky Owens, ¡ja! ¿Con quién estabas cuando sucedió?

– Estaba con Eric Northman -dije.

Se produjo un largo silencio, no del todo amistoso. Los hombres lobo y los vampiros son rivales naturales, si no enemigos consumados.

– ¿Y dices que el tipo está muerto? -preguntó Tray, siempre muy práctico, y yo asentí.

– ¿Cómo os abordó? -preguntó Alcide, con un tono de voz más racional.

– Buena pregunta -dije-. Eric y yo íbamos en coche por la interestatal, volviendo de Shreveport. Habíamos ido a cenar allí.

– ¿Y quién podía saber dónde y con quién estabas? -preguntó Amanda, mientras Alcide bajaba la vista con el ceño fruncido, inmerso en sus pensamientos.

– ¿O que anoche tenías que volver a casa por la interestatal? -Tray estaba ganando puntos en mi opinión; daba justo en el clavo, con ideas prácticas y pertinentes.

– Yo sólo le comenté a mi compañera de casa que iba a salir a cenar, pero no le conté adonde iba -dije-. En el restaurante quedamos con alguien, pero podemos descartarlo. Eric lo sabía, porque hizo de chófer. Pero conozco a Eric y el otro hombre tampoco se lo comentaría a nadie.

– ¿Cómo puedes estar tan segura? -preguntó Tray.

– Porque Eric recibió un disparo por protegerme -dije-. Y porque la persona con la que nos encontramos es un familiar.

Amanda y Tray no sabían lo pequeña que era mi familia, por lo que no captaron lo trascendental de mi declaración. Pero Alcide, que me conocía mejor, me miró de reojo.

– Te lo estás inventando -dijo.

– No, en absoluto. -Le lancé una mirada. Sabía que era un día terrible para Alcide, pero no tenía por qué explicarle mi vida. De repente, me vino una idea a la cabeza-. Espera, el camarero… era un hombre lobo. -Eso explicaría muchas cosas.

– ¿Cómo se llama el restaurante?

– Les Deux Poissons. -Lo pronuncié con mal acento, pero los lobos asintieron.

– Kendall trabaja allí-dijo Alcide-. Kendall Kent. ¿Cabello largo y pelirrojo? -Moví afirmativamente la cabeza y la expresión de Alcide se tornó triste-. Creía que Kendall estaría de nuestro lado. Hemos tomado cervezas juntos un par de veces.

– Es el hijo mayor de Jack Kent. Le bastaría con haber hecho una llamada -dijo Amanda-. Tal vez no supiera que…

– Eso no es excusa -dijo Tray. Su voz profunda reverberó en la pequeña cocina-. Kendall sabe quién es Sookie, estaba en el concurso para la elección del líder de la manada. Sookie es amiga de la manada. En lugar de decirle a Alcide que ella estaba en nuestro territorio y debía ser protegida, llamó a Furnan y le explicó dónde estaba Sookie, y a lo mejor le dijo incluso cuándo había salido para su casa. Se lo puso fácil a Lucky para estar al acecho.

Quise protestar para decir que nadie podía asegurar que todo hubiera sido así, pero cuando lo pensé un poco más comprendí que tenía que haber sido exactamente de aquella manera, o de una muy similar. Sólo para asegurarme de que lo recordaba todo correctamente, llamé a Amelia y le pregunté si le había contado a alguien por teléfono dónde estaba yo la noche anterior.

– No -dijo-. Llamó Octavia, que no te conocía. Recibí la llamada de un chico pantera que conocí en la boda de tu hermano. Créeme, no saliste para nada a relucir en nuestra conversación. Llamó Alcide, realmente disgustado. Y Tanya, pero no le dije nada.

– Gracias, compi -dije-. ¿Ya te has recuperado?

– Sí, ya me encuentro mejor, y Octavia se ha ido ya a casa de la familia con la que vive en Monroe.

– Perfecto, nos vemos luego.

– ¿Llegarás a tiempo para ir a trabajar?

– Sí, tengo que llegar a tiempo para ir a trabajar. -Había pasado aquella semana en Rhodes y tenía que cumplir escrupulosamente con mis horarios durante una buena temporada; de lo contrario, las demás camareras me echarían en cara que Sam me daba todos los días libres que yo quería. Colgué-. No se lo contó a nadie -dije.

– De modo que tú… y Eric, tuvisteis una placentera cena en un restaurante caro, junto con otro hombre.

Lo miré con incredulidad. Aquello no venía a cuento. Me concentré. Nunca me había inmerso en una investigación mental que estuviera tan confusa. Alcide estaba dolido por María Estrella, se sentía culpable por no haberla protegido, estaba enfadado por que yo hubiera sido arrastrada a ese conflicto y, por encima de todo, tenía ganas de partir unas cuantas cabezas. Y como guinda del pastel, Alcide -de forma completamente irracional- odiaba la idea de que yo hubiera salido con Eric.

Intenté mantener la boca cerrada por respeto a su pérdida; eso de las emociones en conflicto no era desconocido para mí. Pero descubrí que de repente me había cansado totalmente de él.

– Está bien -dije-. Lucha tú tus propias batallas. Vine cuando me lo pediste. Te he ayudado cuando me pediste que lo hiciera, tanto en la batalla para elegir el líder de la manada como hoy, a costa de mi propio dolor emocional. Que te jodan, Alcide. A lo mejor Furnan es mejor lobo que tú. -Giré sobre mis talones y capté la mirada que Tray Dawson le lanzaba a Alcide cuando yo salía de la cocina, bajaba las escaleras y me dirigía al cobertizo donde estaban aparcados los coches. De haber encontrado una lata por el suelo, le hubiera atizado un puntapié.

– Te llevaré a casa -dijo Tray, apareciendo de repente a mi lado. Seguí mi camino hacia el lado del pasajero, agradecida de que me proporcionara un medio para marcharme de allí. Cuando salí de estampida de la casa, no pensé en lo que sucedería a continuación. Quedaría fatal en una salida tan buena tener que volver a entrar y buscar en el listín el número de teléfono de algún taxi.

Creía que después de la debacle de Debbie, Alcide me odiaría de verdad. Pero, al parecer, aquel odio no era total.

– Vaya ironía, ¿no te parece? -dije después de un buen rato de silencio-. Anoche casi me pegan un tiro porque Patrick Furnan piensa que con eso fastidiaría a Alcide. Hasta hace diez minutos, ni se me habría ocurrido que pudiera ser así.

Tray tenía más el aspecto de estar cortando cebollas que de estar metido en la conversación. Después de otra pausa, dijo:

– Alcide actúa como un imbécil, pero debes tener en cuenta que tiene muchas cosas en la cabeza.

– Lo entiendo -dije, y cerré la boca antes de pronunciar una palabra más.

Y resultó que llegué a tiempo para ir a trabajar aquella noche. Estaba tan enfadada mientras me cambiaba que a punto estuve de romper el pantalón negro, de tanto que tiré de él. Me cepillé el pelo con una fuerza tan innecesaria, que no sé cuánto dejé en el cepillo.

– Los hombres son unos idiotas incomprensibles -le dije a Amelia.

– ¿No me digas? -dijo ella-. Cuando hoy buscaba a Bob por el bosque, encontré una gata con cachorritos. ¿Y sabes qué? Todos eran blancos y negros.

La verdad es que no supe qué responderle.

– De modo que al infierno con la promesa que le hice, ¿o no? Voy a divertirme. Si él puede andar follando por ahí, yo también. Y si vuelve a vomitar encima de mi colcha, le perseguiré con la escoba.

Intenté no mirar directamente a Amelia.

– No te culparé por ello -dije, tratando de no alterarme. Era bueno estar a punto de estallar en carcajadas en lugar de querer pegar a alguien. Cogí mi bolso, estudié en el espejo del baño del vestíbulo cómo me había quedado la cola de caballo y salí por la puerta trasera para coger el coche e ir al Merlotte s.