– ¿Desean los caballeros alguna cosa más? -pregunté, ya que sin duda alguna Sam trataba de reclamarme de un modo u otro.
Los dos hombres me miraron con extrañeza después de haber deducido correctamente que yo no compartía exactamente sus creencias.
– Supongo que vamos a marcharnos ya -dijo Tatuado Carcelero, confiando claramente en que los clientes tenían que hacerme sufrir para cobrar-. ¿Tienes la cuenta preparada? -Tenía la cuenta preparada y la deposité sobre la mesa, entre los dos. Ambos le echaron un vistazo, pusieron cada uno un billete de diez y retiraron las sillas.
– En un segundo vuelvo con su cambio -dije, y di media vuelta.
– Quédate el cambio -contestó Cabello Castaño, con tono amargado y no muy emocionado por mis servicios.
– Imbéciles -murmuré entre dientes de camino a la caja registradora de la barra.
– Sookie, tienes que cerrar el pico -dijo Sam.
Me sentí tan sorprendida que me quedé mirándolo. Ambos estábamos detrás de la barra y Sam andaba preparando un combinado de vodka. Continuó tranquilamente su trabajo, con la mirada fija en sus manos.
– Tienes que atenderlos como a cualquier cliente.
No era muy frecuente que Sam se dirigiera a mí como una empleada, pues solía tratarme más bien como un socio de confianza. Dolía, sobre todo si me daba cuenta de que tenía razón. Aunque superficialmente me había mostrado educada, tendría (y debería) que haberme tragado sus últimos comentarios sin rechistar… si no hubieran llevado aquellas camisetas de la Hermandad. El Merlotte's no era mi negocio. Era el negocio de Sam. Y el que sufriría las consecuencias si los clientes no volvían sería él.
– Lo siento -dije, aunque me costara decirlo. Le sonreí a Sam y me dispuse a hacer una nueva e innecesaria ronda a mis mesas, una ronda en la que probablemente cruzaría la línea que separaba ser atenta de ser pesada. Pero si me encerraba en el baño de empleados o en los lavabos de señoras, acabaría llorando, porque que te amonesten, duele, y duele también equivocarse; pero, por encima de todo, lo que más duele es que te pongan en tu debido lugar.
Cuando aquella noche cerramos, me marché lo más rápida y silenciosamente posible. Sabía que tenía que superar el sentirme dolida, pero prefería superarlo sola en mi propia casa. No me apetecía tener una «charla» con Sam…, ni con nadie, en realidad. Holly me observaba con curiosidad extrema.
De modo que salí hacia el aparcamiento con mi bolso y sin quitarme ni el delantal. Tray estaba apoyado en mi coche y di un salto antes de que pudiera evitarlo.
– ¿Te marchas corriendo y asustada?
– No, me marcho corriendo y enfadada -dije-. ¿Qué haces aquí?
– Voy a seguirte hasta casa -dijo-. ¿Está Amelia?
– No, esta noche ha quedado con alguien.
– En ese caso, vigilaré la casa -dijo el hombretón, y subió a su furgoneta para seguirme hacia Hummingbird Road.
No veía ningún motivo para objetar lo contrario. De hecho, tener a alguien conmigo, a alguien en quien confiaba, me hacía sentir bien.
La casa estaba tal y como la había dejado o, mejor dicho, tal y como Amelia la había dejado. Las luces de seguridad exteriores se habían encendido automáticamente y Amelia había dejado encendida tanto la luz que había sobre el fregadero de la cocina como la del porche trasero. Llaves en mano, me dirigí hacia la puerta de la cocina.
La manaza de Tray me agarró por el brazo justo cuando empezaba a girar el pomo.
– No hay nadie -dije, pues lo había comprobado a mi manera-. Y Amelia lo ha dejado todo tal y como tiene que estar.
– Tú quédate aquí mientras yo echo un vistazo -dijo con amabilidad. Asentí y le dejé entrar. Pasados unos segundos de silencio, abrió la puerta para decirme que podía pasar a la cocina. Me disponía ya a seguirlo por toda la casa, cuando me dijo-: Lo que si te agradecería es un vaso de Coca-Cola, si es que tienes.
Me había eludido a la perfección, pasando de seguirme a rogar mi hospitalidad. Mi abuela me habría pegado con un cazamoscas de no haberle servido al instante una bandeja con una Coca-Cola.
Cuando reapareció en la cocina y declaró que la casa estaba libre de intrusos, el refresco con hielo estaba ya servido en la mesa, acompañado por un sándwich de pastel de carne. Y una servilleta doblada.
Sin decir palabra, Tray se sentó, colocó la servilleta sobre sus rodillas, comió el sándwich y bebió la Coca-Cola. Yo me senté delante de él con mi bebida.
– Me han dicho que tu chico ha desaparecido -dijo Tray mientras se secaba la boca con la servilleta.
Moví afirmativamente la cabeza.
– ¿Qué crees que le ha pasado?
Le expliqué las circunstancias.
– Así que, ya ves, no tengo noticias de él -dije para finalizar. El relato empezaba a salirme casi automático, como si lo tuviera grabado.
– Una pena. -Fue todo lo que dijo. Por alguna razón, aquella discusión tranquila y sin dramatismos de un tema tan sensible me hizo sentirme mejor. Pasado un minuto de pensativo silencio, dijo Tray-: Espero que lo encuentres pronto.
– Gracias. Estoy ansiosa por saber qué es de él. -Un eufemismo enorme.
– Bueno, mejor que me vaya -dijo-. Si por la noche te pones nerviosa, llámame. Estoy aquí en diez minutos. No es bueno que estés aquí sola con esta guerra en ciernes.
Tuve una imagen mental de tanques avanzando por el camino de acceso a mi casa.
– ¿Crees que la cosa podría ponerse muy mal? -pregunté.
– Mi padre me contó lo de la última guerra, que fue cuando su padre era pequeño. La manada de Shreveport se enfrentó a la manada de Monroe. En la manada de Shreveport eran unos cuarenta, contando los medios. -«Medios» era el término comúnmente empleado para los hombres lobo que se convertían en tales a través de mordedura. Sólo podían convertirse en un ser medio hombre, medio lobo, y no alcanzaban a conseguir la forma perfecta de lobo que los hombres lobo de nacimiento consideraban inmensamente superior-. Pero la manada de Monroe contaba con un puñado de universitarios, de modo que alcanzaban también los cuarenta o cuarenta y cinco. Al final de la batalla, ambas manadas quedaron reducidas a la mitad.
Pensé en todos los lobos que conocía.
– Confío en que la guerra no vaya a más -dije.
– No parará -dijo Tray, siempre muy práctico-. Han probado el sabor de la sangre, y asesinar a la chica de Alcide en lugar de hacerlo con él ha sido una forma cobarde de iniciar la lucha. E intentar acabar contigo…, eso sólo ha servido para empeorar las cosas. No tienes ni una gota de sangre de lobo en tus venas. Eres amiga de la manada. Eso debería convertirte en intocable, no en blanco de los ataques. Y esta misma tarde, Alcide ha encontrado muerta a Christine Larrabee.
Me quedé de nuevo conmocionada. Chistine Larrabee era -había sido- la viuda de uno de los anteriores líderes de la manada. Ocupaba una posición destacada en la comunidad de los lobos y había apoyado a regañadientes a Jackson Herveaux para que fuera el líder de la manada. Se la habían devuelto con creces.
– ¿No ataca a los hombres? -conseguí decir por fin.
El rostro de Tray se ensombreció de puro desprecio.
– No -dijo-. Yo sólo puedo interpretarlo de la siguiente manera: Furnan pretende que Alcide pierda los estribos, predisponer a todo el mundo a responder con violencia, mientras que él permanece frío y controlado. Y está a punto de conseguir lo que quiere. Entre el dolor y el insulto personal, Alcide acabará explotando como una bomba de relojería. Cuando en realidad tendría que actuar más bien como un francotirador.
– ¿Crees que la estrategia de Furnan es realmente… inusual?
– Sí -respondió Tray con contundencia-. No sé qué le ha dado. Por lo que parece, no quiere enfrentarse a Alcide en un combate personal. No quiere simplemente derrotar a Alcide. Por lo que veo, pretende matar a Alcide y a toda su gente. Algunos hombres lobo, los que tienen hijos pequeños, se han puesto ya de su lado. Temen lo que pueda hacerles a sus hijos, después de los ataques contra mujeres. -Se levantó-. Gracias por la comida. Tengo que ir a dar de comer a mis perros. Cierra bien cuando me vaya, ¿entendido? ¿Y dónde tienes el teléfono móvil?