Barbara es la única empleada a tiempo completo de la biblioteca y no me sorprendió encontrarla sola cuando abrí la pesada puerta. Estaba colocando libros en las estanterías. Barbara vestía con un estilo que yo calificaría de «chic cómodo»: conjuntos de punto de colores alegres y zapatos a juego. Le gustaba también la bisutería llamativa.
– Buenos días, Sookie -me dijo sonriendo.
– Barbara -dije, tratando de devolverle la sonrisa. Se dio claramente cuenta de que yo no estaba de muy buen humor, pero no comentó nada. Aunque, debido a mi pequeña tara, y pese a que no lo dijo en voz alta, supe lo que pensaba. Dejé los libros que devolvía en la correspondiente mesa y empecé a mirar las estanterías de las novedades. En su mayoría eran obras de distintos tipos de autoayuda. A tenor de lo populares que eran y de lo mucho que se prestaban, todo el mundo en Bon Temps debería haber alcanzado la perfección a estas alturas.
Cogí dos novelas románticas nuevas y un par de libros de misterio, e incluso uno de ciencia ficción, un tema del que rara vez leo. (Me imagino que porque considero que mi realidad es más loca que cualquier cosa que pueda imaginar un autor de ciencia ficción). Mientras miraba la solapa de un libro de un escritor al que no había leído nunca, oí un ruido de fondo y adiviné que alguien acababa de entrar en la biblioteca por la puerta trasera. No le presté atención; había gente que solía utilizar aquella puerta.
Barbara emitió un sonido y levanté la vista. Tenía detrás de ella un hombre enorme, de casi dos metros, seco como un palillo. Llevaba un cuchillo de gran tamaño que sujetaba contra la garganta de Barbara. Por un segundo pensé que se trataba de un ladrón, y me pregunté a quién se le ocurriría robar en una biblioteca. ¿Buscaría el dinero de los recargos por retraso en las devoluciones?
– No grites -dijo entre unos dientes largos y afilados. Barbara estaba muerta de miedo. Estaba completamente aterrorizada. Pero entonces percibí la actividad de otro cerebro en el interior del edificio.
Alguien acababa de entrar sigilosamente por la puerta de atrás.
– El detective Beck le matará si le hace daño a su esposa -dije gritando. Y lo dije con total seguridad-. Considérese muerto.
– No sé de quién me hablas, ni me importa -dijo el gigante.
– Pues mejor que vayas enterándote, cabrón -dijo Alcee Beck, que acababa de aparecer silenciosamente detrás de él. Apuntaba a la cabeza del hombre con su pistola-. Suelta a mi mujer ahora mismo y deja caer el cuchillo.
Pero Dientes Afilados no tenía la mínima intención de hacerlo. Se volvió, empujó a Barbara en dirección a Alcee y echó a correr directamente hacia mí, cuchillo en mano.
Le lancé un libro de tapa dura de Nora Roberts que le golpeó en la cabeza. Extendí la pierna. Cegado por el impacto del libro, Dientes Afilados tropezó con mi pie, tal y como esperaba.
Y cayó sobre su propio cuchillo, un detalle que no había planificado.
La biblioteca se quedó en completo silencio, sólo interrumpido por la respiración entrecortada de Barbara. Alcee Beck y yo nos quedamos mirando el espeluznante charco de sangre que empezaba a surgir de debajo del cuerpo del hombre.
– Caramba -dije.
– Vaya…, mierda -dijo Alcee Beck-. ¿Dónde aprendiste a lanzar así, Sookie Stackhouse?
– Jugando al softball -dije, y era la pura verdad.
Como puedes imaginarte, llegué tarde al trabajo. Estaba más cansada si cabe que por la mañana, pero me veía capaz de superar la jornada. Hasta el momento, y por dos veces seguidas, el destino había intervenido para impedir mi asesinato. Suponía que Dientes Afilados había aparecido en la biblioteca con la intención de matarme y la había pifiado, igual que el falso policía de la autopista. Tal vez la suerte no fuera a acompañarme una tercera vez, aunque existía una probabilidad de que lo hiciera. ¿Qué posibilidades había de que otro vampiro recibiera la bala que iba dirigida a mí o que, por pura casualidad, Alcee Beck pasara por allí para traerle a su mujer la comida que se había dejado olvidada en casa sobre el mostrador de la cocina? Escasas, ¿verdad? Pero ya la suerte había jugado a mi favor dos veces.
Independientemente de lo que la policía supusiera oficialmente (teniendo en cuenta que yo no conocía a aquel tipo y nadie podía afirmar lo contrario… y que además había agarrado a Barbara y no a mí), Alcee Beck me tendría en su punto de mira a partir de ahora. Era muy bueno interpretando situaciones, y había visto con claridad que Dientes Afilados iba a por mí. Barbara había sido un medio para llamar mi atención y Alcee no me lo perdonaría nunca, por mucho que yo no tuviera culpa alguna. Además, yo había arrojado el libro con una fuerza y una puntería más que sospechosas.
De estar yo en su lugar, es probable que pensara lo mismo que él.
De modo que me encontré en el Merlotte's por inercia pero con cautela, preguntándome adonde ir, qué hacer y por qué Patrick Furnan se había vuelto loco. Y de dónde salían todos aquellos desconocidos. No conocía al hombre lobo que había forzado la puerta de casa de María Estrella. Eric había recibido el disparo de un tipo que llevaba pocos días trabajando en el concesionario de Patrick Furnan. Jamás en mi vida había visto la cara de Dientes Afilados, y eso que era un tipo de los que no se olvidan nunca.
La situación no tenía ningún sentido.
De pronto, tuve una idea. Viendo que mis mesas estaban tranquilas, le pregunté a Sam si podía hacer una llamada y me dijo que sí. Llevaba toda la noche lanzándome miradas, miradas que daban a entender que acabaría cogiéndome por su cuenta y hablándome, pero todavía no, de momento. Entré en el despacho de Sam, busqué el número de casa de Patrick Furnan en el listín de Shreveport y lo llamé.
– ¿Diga?
– Reconocí la voz.
– ¿Patrick Furnan? -dije para asegurarme.
– Al habla.
– ¿Por qué intenta matarme?
– ¿Qué? ¿Quién es?
– Oh, vamos. Soy Sookie Stackhouse. ¿Por qué hace todo esto?
Se produjo una prolongada pausa.
– ¿Quieres hacerme caer en una trampa? -preguntó.
– ¿Cómo? ¿Cree que tengo el teléfono pinchado? Quiero saber por qué. Yo nunca le he hecho nada. Ni siquiera salgo con Alcide. Pero intenta apartarme de su camino como si yo fuera una persona poderosa. Ha matado usted a la pobre María Estrella. Ha matado a Christine Larrabee. ¿Qué sucede? Yo no soy nadie importante.
Patrick Furnan respondió muy despacio:
– ¿De verdad crees que soy yo quién está haciendo todo esto? ¿Matar a los miembros femeninos de la manada? ¿Tratar de matarte?
– Por supuesto que sí.
– No soy yo. Leí lo de María Estrella. ¿Dices que Christine Larrabee ha muerto? -Estaba casi asustado.
– Sí -y le respondí con tanta inseguridad como él-. Y han intentado matarme ya dos veces. Temo que alguien completamente inocente acabe cayendo víctima del fuego cruzado. Y, naturalmente, no me apetece morir en absoluto.
– Mi mujer desapareció ayer -dijo Furnan. Su voz estaba rota por el dolor y el miedo. Y por la rabia-. Alcide la ha secuestrado, y ese cabrón me las va a pagar.
– Alcide nunca haría eso -dije. (Bueno, más bien podría decirse que estaba bastante segura de que Alcide no haría eso)-. ¿Dice que no fue usted quien ordenó los ataques contra María Estrella y Christine? ¿Ni contra mí?
– No, ¿por qué debería ir en contra de las mujeres? Nunca hemos querido matar a mujeres lobo de pura sangre. Excepto, tal vez, a Amanda -añadió Furnan sin tacto alguno-. Si decidiera matar a alguien, me decantaría por los hombres.