Выбрать главу

– Me parece que usted y Alcide nunca se han sentado a hablar. El no ha secuestrado a su esposa. Piensa que usted se ha vuelto loco y que ha decidido atacar a mujeres.

Se produjo un largo silencio, y dijo entonces Furnan:

– Creo que tienes razón en lo de que deberíamos hablar, a menos que te lo hayas inventado todo para ponerme en una posición en la que Alcide pueda matarme.

– Lo único que pido es seguir con vida y llegar a la semana próxima.

– Accederé a reunirme con Alcide si estás tú presente y si juras decirnos lo que el uno piensa del otro. Eres amiga de la manada, de toda la manada. Y ahora puedes ayudarnos.

Patrick Furnan estaba tan ansioso por encontrar a su esposa, que incluso estaba dispuesto a creer en mí.

Pensé en las muertes que se habían producido. Pensé en las muertes que podían producirse, incluyendo tal vez la mía. Me pregunté qué demonios sucedía allí.

– Lo haré si usted y Alcide acuden a la reunión desarmados -dije-. Si lo que sospecho es verdad, tienen un enemigo en común que pretende que se maten entre ustedes.

– Si ese cabrón de pelo negro accede a ello, haré el intento -dijo Furnan-. Si Alcide tiene a mi mujer, mejor que la traiga con él y sin haberle tocado un pelo. O juro por Dios que lo descuartizo.

– Comprendo. Y me aseguraré de que él lo comprenda también. Le diremos pronto alguna cosa -le prometí, confiando con todo mi corazón en estar diciendo la verdad.

Capítulo 9

Era medianoche de aquel mismo día y estaba a punto de meterme en la boca del lobo. La culpa era absolutamente mía. A través de una serie de rápidas llamadas telefónicas, Alcide y Furnan habían decidido dónde encontrarse. Me los había imaginado sentados a lado y lado de una mesa, con sus lugartenientes acompañándolos y solucionando la situación. La señora Furnan aparecería y la pareja volvería a encontrarse. Todo el mundo estaría satisfecho o, como mínimo, menos hostil. Yo no aparecería por allí.

Pero aquí estaba yo, en un centro de oficinas abandonado de Shreveport, el mismo donde había tenido lugar la competición para elegir al líder de la manada. Al menos iba acompañada por Sam. Estaba oscuro y frío y el viento me despeinaba el pelo. Cambié el peso de mi cuerpo de un pie a otro, ansiosa por acabar de una vez con todo aquello. Y aunque Sam no parecía mostrarse tan nervioso como yo, sabía que también lo estaba.

Estaba allí por mi culpa. Debido a su insistencia y curiosidad por conocer qué se cocía entre los hombres lobo, había tenido que contárselo. Al fin y al cabo, si alguien cruzaba la puerta del Merlotte's con la intención de pegarme un tiro, creía que Sam se merecía saber por qué su bar quedaba lleno de agujeros. Había discutido fuertemente con él cuando me dijo que pensaba acompañarme, pero al final, ambos nos encontrábamos allí.

Tal vez esté mintiéndome a mí misma. Tal vez simplemente deseaba tener un amigo conmigo, alguien que con toda seguridad estuviese de mi lado. Tal vez estaba asustada. De hecho, nada de «tal vez» por lo que a esto último se refiere.

Era una noche fresca y ambos llevábamos chaquetas impermeables con capucha. No es que necesitáramos las capuchas, pero si enfriaba más, nos sentiríamos a gusto con ellas. El recinto de oficinas abandonado se extendía en lúgubre silencio ante nosotros. Estábamos en el muelle de carga de una empresa que se dedicaba a realizar grandes envíos de alguna cosa. Las gigantescas puertas metálicas desplegables que daban acceso al lugar donde descargaban los camiones parecían enormes ojos brillantes bajo el destello de las escasas luces de seguridad que quedaban encendidas.

De hecho, aquella noche había muchos ojos enormes y brillantes. Los Sharks y los Jets estaban negociando. Ay, perdón, quería decir los hombres lobo de Furnan y los hombres lobo de Herveaux. Los dos bandos de la manada podían llegar a un entendimiento, o no. Y justo en medio de todo aquel lío, estaban Sam, el cambiante, y Sookie, la telépata.

Cuando sentí aproximarse, tanto desde el norte como desde el sur, el latido rojizo que desprendían los cerebros de los hombres lobo, me volví hacia Sam y le dije, desde el fondo de mi corazón:

– Nunca debería haber dejado que me acompañases. Nunca debería haber abierto la boca.

– Has cogido la costumbre de no contarme nada, Sookie. Quiero que me cuentes lo que te pasa. Sobre todo si hay peligro. -El pelo rojizo dorado de Sam lucía alborotado alrededor de su cabeza por la brisa fresca que soplaba entre los edificios. Percibía su diferencia más que nunca. Sam es un cambiante realmente excepcional. Puede transformarse en cualquier cosa. Prefiere transformarse en perro, porque éstos son familiares y amistosos y la gente no suele dispararles. Miré sus ojos azules y vi en ellos su lado más salvaje-. Están aquí -dijo, levantando la nariz para husmear la brisa.

Los dos grupos estaban a unos tres metros de distancia de nosotros, uno a cada lado. Había llegado el momento de concentrarse.

Reconocí las caras de algunos de los lobos de Furnan, que eran más numerosos. Cal Myers, el policía detective, estaba entre ellos. Se necesitaba valor por parte de Furnan, que pretendía proclamar su inocencia, para haber traído con él a Cal. Reconocí también a la adolescente que Furnan se había beneficiado como parte de la celebración de su victoria después de la derrota de Jackson Herveaux. Aquella noche, parecía un millón de años más vieja.

En el grupo de Alcide estaba Amanda, con su pelo castaño, que me saludó muy seria con un ademán de cabeza, y algunos hombres lobo que había visto en El Pelo del Perro la noche en que Quinn y yo estuvimos en ese bar. La chica huesuda que aquella noche iba vestida con un corpiño de cuero rojo estaba justo detrás de Alcide y me di cuenta de que se sentía tan excitada como tremendamente asustada. Dawson, sorprendiéndome, estaba también presente. No era un lobo tan solitario como pretendía parecer.

Alcide y Furnan avanzaron unos pasos para alejarse de sus respectivos grupos.

Era el formato acordado para la negociación, o sentada, o como quieras llamarle: yo me situaría entre Furnan y Alcide. Los líderes de ambos bandos me darían la mano y yo actuaría a modo de detector de mentiras humano mientras ellos conversaban. Había jurado avisarlos si mi habilidad detectaba que alguno de ellos mentía. Yo era capaz de leer mentes, pero las mentes pueden resultar engañosas y complicadas, o simplemente densas. Nunca había hecho nada parecido a aquello y recé para que mi habilidad fuera aquella noche de lo más precisa y para que supiera utilizarla con inteligencia para acabar de una vez por todas con aquella situación.

Alcide se acercó a mí muy rígido, dejando ver sus facciones duras bajo la áspera iluminación de las luces de seguridad. Por vez primera me di cuenta de que había envejecido y estaba más delgado. En su pelo negro asomaban algunas canas que no estaban presentes cuando su padre vivía. Tampoco Patrick Furnan tenía muy buena cara. Siempre le había notado cierta tendencia a la obesidad, pero ahora parecía haber ganado siete u ocho kilos. Ser el líder de la manada no le sentaba nada bien. Y la conmoción del secuestro de su esposa había hecho mella en él.

Hice entonces algo que jamás habría imaginado que fuera a hacer. Le tendí mi mano derecha. Furnan la cogió y su flujo de ideas me invadió al instante. Estaba tan concentrado que incluso su retorcido cerebro de lobo resultaba fácil de leer. Tendí la mano izquierda hacia Alcide y me la cogió también con fuerza. Me sentí inundada durante un interminable minuto. Entonces, con un enorme esfuerzo, canalicé todos los pensamientos en una corriente para no sentirme abrumada. Tal vez les resultara fácil mentir en voz alta, pero mentir mentalmente no es cosa sencilla. Cerré los ojos. Se habían jugado a cara o cruz quién preguntaría primero, y la suerte había caído a favor de Alcide.