Me habría resultado más fácil mirar los cuerpos en forma de lobo.
Cal Myers y su hermana Priscilla estaban muertos, naturalmente, igual que los dos hombres lobo que Claudine había eliminado. Amanda había muerto también. La chica flacucha a la que había conocido en El Pelo del Perro estaba viva, aunque gravemente herida en el muslo. Reconocí al camarero del bar de Amanda; parecía ileso. Tray Dawson arrastraba un brazo roto.
Patrick Furnan estaba tendido en medio de un círculo de muertos y heridos, todos ellos lobos de la manada de Priscilla. Con cierta dificultad, empecé a avanzar entre cuerpos destrozados y ensangrentados. Cuando me agaché a su lado, sentí todas las miradas, lobunas y humanas, centradas en mí. Acerqué mis dedos a su cuello y no noté nada. Posé incluso la mano sobre su pecho. Ningún movimiento.
– Se ha ido -dije, y los que permanecían aún en forma de lobo se pusieron a aullar. Mucho más inquietantes resultaron los aullidos procedentes de las gargantas de los hombres lobo que habían recuperado ya su forma humana.
Alcide se acercó a mí tambaleándose. Pese a la sangre que ensuciaba el vello de su pecho, estaba más o menos intacto. Pasó junto a la fallecida Priscilla y le arreó un puntapié al cadáver. Se arrodilló un instante junto a Patrick Furnan, bajando la cabeza, como si estuviera haciéndole un saludo reverencial al cadáver. Se puso entonces de pie: oscuro, salvaje, decidido.
– ¡Soy el líder de esta manada! -dijo con una voz de certidumbre absoluta. El lugar se hundió en un misterioso silencio mientras los lobos supervivientes digerían la noticia.
– Ahora tienes que marcharte -murmuró en voz baja Claudine, detrás de mí. Di un brinco, asustada como un conejo. La belleza de Alcide, el salvajismo primitivo que emanaba me había hipnotizado.
– ¿Qué? ¿Por qué?
– Van a celebrar la victoria y la ascensión al poder del nuevo líder de la manada -dijo Claudine.
La chica flacucha cerró las manos en puños y las hizo descender sobre el cráneo de un enemigo caído, que aún se retorcía de dolor. Los huesos se rompieron con un desagradable crujido. A mi alrededor, los lobos derrotados estaban siendo ejecutados, al menos los que estaban más gravemente heridos. Un pequeño grupo de tres se arrastró hasta arrodillarse delante de Alcide, con las cabezas inclinadas hacia atrás. Dos de ellos eran mujeres. El otro era un adolescente. Ofrecían sus gargantas a Alcide a modo de rendición. Alcide estaba muy excitado. Recordé entonces cómo había celebrado Patrick Furnan su ascenso a líder de la manada. No sabía si Alcide se beneficiaría a las rehenes o las mataría. Respiré hondo dispuesta a gritar. No sé lo que habría dicho, pero la mano mugrienta de Sam me tapó los ojos. Me quedé mirándolo, tan enojada como agitada, y él negó con la cabeza con vehemencia. Me sostuvo la mirada durante un buen rato para asegurarse de que permanecería en silencio y sólo entonces retiró la mano. Me rodeó por la cintura con el brazo y me alejó rápidamente de la escena. Claudine ocupó la retaguardia mientras Sam me obligaba a salir a toda velocidad de allí. Yo seguí con la mirada puesta al frente.
Intenté no escuchar los sonidos.
Capítulo 10
Sam tenía ropa de recambio en la camioneta y se vistió sin darle más importancia.
– Tengo que volver a acostarme -dijo entonces Claudine, como si se hubiese despertado simplemente para dejar salir al gato o para ir al baño y «¡Pop!», desapareció.
– Conduciré yo -me ofrecí, pues Sam estaba herido.
Me entregó las llaves.
Iniciamos el camino en silencio. Me costó un buen esfuerzo recordar la ruta para tomar de nuevo la interestatal y regresar a Bon Temps, pues seguía conmocionada a diversos niveles.
– Es una reacción normal a la batalla -dijo Sam-. La oleada de lujuria.
Tuve cuidado de no mirar el regazo de Sam para comprobar si también él sentía esa oleada.
– Sí, ya lo sé. He asistido ya a unas cuantas batallas. A demasiadas.
– Además, Alcide ha ascendido al puesto de líder de la manada. -Un motivo más para sentirse «feliz».
– Pero si se metió en todo este asunto de la batalla fue por la muerte de María Estrella. -Por lo tanto, a mi entender, debería estar deprimido y sin ganas de celebrar la muerte del enemigo.
– Se metió en todo este asunto de la batalla porque se sentía amenazado -dijo Sam-. Fue una verdadera estupidez por parte de Alcide y Furnan que no se sentaran a hablar antes de llegar a estos extremos. De haberlo hecho, habrían adivinado mucho antes qué sucedía. Si no les hubieses convencido tú, todavía estarían picados y habrían iniciado una guerra en toda regla. Le habrían hecho prácticamente todo el trabajo a Priscilla Hebert.
Estaba harta de los hombres lobo, de su agresividad y su testarudez.
– Sam, te has visto involucrado en todo esto por mi culpa. Habría muerto de no ser por ti. Te debo muchísimo. Y lo siento mucho.
– Para mí es importante mantenerte con vida -dijo Sam. Cerró los ojos y durmió el resto del trayecto hasta que llegamos a su tráiler. Subió cojeando y sin ayuda los peldaños y cerró la puerta a sus espaldas. Sintiéndome un poco desamparada y un mucho deprimida, subí a mi coche y volví a casa, preguntándome cómo encajar en el resto de mi vida lo que había sucedido aquella noche.
Amelia y Pam estaban sentadas en la cocina. Amelia había preparado té y Pam estaba bordando. La mano que manejaba la aguja volaba y yo no sabía muy bien qué era lo que más me sorprendía de la escena: su habilidad o el tipo de pasatiempo elegido.
– ¿Qué os lleváis entre manos Sam y tú? -preguntó Amelia con una gran sonrisa-. Parece que hayas ido a montar y te hayas caído en un charco.
Entonces, me miró con más atención y dijo:
– ¿Qué ha pasado, Sookie?
Incluso Pam dejó de lado su bordado y me miró con cara muy seria.
– Hueles -dijo-. Hueles a sangre y guerra.
Me miré y me di cuenta de que iba hecha unos zorros. Tenía la ropa ensangrentada, rota y sucia, y me dolía la pierna. Había llegado el momento de someterme a una sesión de primeros auxilios y no podía estar mejor cuidada que en manos de la enfermera Amelia y la enfermera Pam. La herida había excitado un poco a Pam, pero se contuvo, como todo buen vampiro. Sabía que se lo contaría a Eric, pero descubrí que me daba igual. Amelia pronunció un hechizo para curarme la pierna. Me explicó con modestia que lo de la curación no era lo que mejor se le daba, pero el hechizo me ayudó. La pierna dejó de darme punzadas.
– ¿No estás preocupada? -preguntó Amelia-. Te ha mordido un lobo. ¿Y si te has contagiado?
– Es más difícil contagiarse de eso que de una enfermedad -dije, pues había preguntado a prácticamente todas las criaturas cambiantes que conocía sobre las probabilidades de que su condición pudiera ser transmitida a partir de un mordisco. Al fin y al cabo, también ellos tienen médicos. E investigadores-. Normalmente, para contagiarse una persona tiene que ser mordida diversas veces y por todo el cuerpo e, incluso así, no existe total seguridad. -No es como la gripe o el resfriado común. Además, si limpias la herida enseguida, las probabilidades de contagio descienden de forma considerable. Antes de subir al coche, me había limpiado la herida con una botella de agua-. Así que no estoy preocupada, pero me duele y pienso que es posible que me quede cicatriz.
– A Eric no le gustará nada -dijo Pam con una sonrisa de anticipación-. Te has puesto en peligro por culpa de los hombres lobo. Sabes que los tiene en muy baja estima.
– Sí, sí, sí-dije. Me importaba un pimiento-. Que se vaya a freír espárragos.