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Pam y Amelia estaban viendo un DVD en la sala de estar. Estaban sentadas en el sofá, pero no exactamente abrazadas. Bob estaba acurrucado en la butaca. Amelia tenía un recipiente con palomitas en el regazo y Pam una botella de TrueBlood en la mano. Di la vuelta para mirar qué estaban viendo. Underworld. Hmmm.

– Kate Beckinsale está buenísima -dijo Amelia-. Hola, ¿qué tal el trabajo?

– Bien -dije-. Pam, ¿cómo te lo has montado para librar dos noches seguidas?

– Me lo merezco -respondió Pam-. Llevaba dos años sin tomarme ni una noche libre. Eric ha accedido sin problemas. ¿Cómo crees que me quedaría ese vestido negro?

– Oh, tan bien como a Beckinsale -dijo Amelia, y volvió la cabeza para sonreírle a Pam. Estaban en la fase del enamoramiento. Considerando que ese estado no iba últimamente conmigo, prefería no rondar por allí.

– ¿Sabes si Eric ha descubierto algo más sobre ese tipo llamado Jonathan? -pregunté.

– No lo sé. ¿Por qué no le llamas y se lo preguntas? -respondió Pam, completamente despreocupada.

– Tienes razón, estás de vacaciones -murmuré, y salí hacia mi habitación, malhumorada y algo avergonzada. Marqué el número de Fangtasia sin siquiera tener que mirarlo. Vaya, vaya. También lo tenía guardado en mi teléfono móvil, entre los números de marcación rápida. Caramba. Mejor no ponerse a pensar en eso en aquel momento.

Sonó el teléfono y dejé de lado mis terribles cavilaciones. Para hablar con Eric necesitas tener los cinco sentidos alerta.

– Fangtasia, el bar con mordisco, le habla Lizbet. -Una colmillera. Revolví mi armario mental, tratando de encontrarle una cara a ese nombre. Ya está: alta, redondita y orgullosa de ello, cara de luna, atractivo pelo castaño.

– Lizbet, soy Sookie Stackhouse -dije.

– Oh, hola -dijo, sorprendida e impresionada a la vez.

– Hmmm…, hola. Oye, ¿podría hablar con Eric, por favor?

– Veré si el amo está disponible -jadeó Lizbet en un intento de sonar reverente y misteriosa.

«Amo», y una leche.

Los «colmilleros» eran hombres y mujeres que adoraban los vampiros hasta tal punto que querían vivir a su lado cada minuto que éstos pasaban despiertos. Un puesto de trabajo en un lugar como Fangtasia era lo habitual para ese tipo de gente, que consideraba casi sagrada la oportunidad de recibir un mordisco de vez en cuando. El código de los colmilleros les exigía aceptar como un «honor» que un chupador de sangre quisiera utilizarlos; y consideraban asimismo un honor morir como consecuencia de ello. Detrás de todo el patetismo y complicada sexualidad del típico colmillero vivía la esperanza subyacente de que algún vampiro lo considerase «merecedor» de ser convertido en vampiro. Como si tuvieses que pasar una prueba de carácter.

– Gracias, Lizbet-dije.

Lizbet dejó el teléfono con un golpe seco y salió a buscar a Eric. No podía haberla hecho más feliz.

– ¿Sí? -dijo Eric pasados unos cinco minutos.

– ¿Estabas ocupado?

– Ah…, cenando.

Arrugué la nariz.

– Pues espero que hayas tenido suficiente -dije con una falta total de sinceridad-. ¿Has descubierto alguna cosa sobre Jonathan?

– ¿Has vuelto a verlo? -preguntó Eric de forma seca.

– Ah, no, es sólo que me acordé.

– Si lo ves, tengo que saberlo de inmediato.

– De acuerdo, entendido. ¿Qué has averiguado?

– Ha sido visto en otros lugares -dijo Eric-. Incluso se presentó una noche aquí cuando yo no estaba. Pam está en tu casa, ¿verdad?

Noté una sensación de desazón interior. Tal vez Pam no se acostaba con Amelia por pura atracción. Tal vez había combinado los negocios con una buena historia que le servía de tapadera y estaba simplemente con Amelia para tenerme vigilada. «Malditos vampiros», pensé enfadada, porque ese escenario se parecía demasiado a un incidente de mi pasado reciente que me dolía muchísimo.

No pensaba preguntar. Saberlo sería peor que sospechar.

– Sí -dije con la boca rígida-. Está aquí.

– Bien -dijo Eric con cierta satisfacción-. Si vuelve a aparecer, sé que Pam dará buena cuenta de él. Pero no es que esté ahí por eso -añadió de forma poco convincente. Con aquella ocurrencia tardía tan evidente Eric intentaba tranquilizar mi aparente enfado; pero no había surgido, a buen seguro, de ningún sentimiento de culpa.

Miré con el ceño fruncido la puerta de mi vestidor.

– ¿Piensas darme alguna información veraz sobre por qué ese tipo te tiene tan inquieto?

– No has visto a la reina desde lo de Rhodes… -dijo Eric.

Aquello no mostraba indicios de ir a ser una conversación agradable.

– No -dije-. ¿Qué tal evolucionan sus piernas?

– Están creciéndole de nuevo -dijo Eric después de un breve momento de duda.

Me pregunté si le crecerían los pies directamente después de los muñones o si primero le crecerían las piernas y al final del proceso le aparecerían los pies.

– Eso es bueno, ¿no? -dije. Tener piernas tenía que ser bueno.

– Cuando pierdes determinadas partes de tu cuerpo y luego vuelven a salir -dijo Eric- es muy doloroso. Tarda un tiempo. Está muy…, está discapacitada -dijo, pronunciando muy lentamente la última palabra, como si fuera una que conocía pero que nunca había articulado en voz alta.

Reflexioné sobre lo que estaba diciéndome, tanto superficialmente como en profundidad. Las conversaciones con Eric jamás tenían un único nivel.

– No se encuentra en condiciones para gobernar -dije a modo de conclusión-. ¿Quién está al cargo entonces?

– Los sheriffs hemos estado ocupándonos de todo hasta ahora -dijo Eric-. Gervaise falleció en la explosión, naturalmente; eso nos deja a Cleo, a Arla Yvonne y a mí. La cosa habría estado más clara de haber sobrevivido Andre. -Sentí una punzada de dolor y culpabilidad. Podría haber salvado a Andre. Lo temía y lo odiaba, y por ello no lo había hecho. Había dejado que lo mataran.

Eric se quedó un minuto en silencio y me pregunté si estaría captando mi sentimiento de miedo y culpabilidad. Sería terrible que se enterara algún día dé que Quinn había matado a Andre por mi seguridad. Eric siguió hablando:

– Andre podría haber tomado el mando porque estaba completamente establecido como mano derecha de la reina. De haber podido elegir cuál de sus acólitos tenía que morir, habría escogido a Sigebert, que tiene mucho músculo pero nada de cerebro. Al menos, es capaz de protegerla físicamente, aunque Andre podría haber hecho esto y, a la vez, haber defendido también el territorio.

Nunca había oído a Eric tan parlanchín con respecto a los asuntos de los vampiros. Empezaba a tener la horrible sensación de saber hacia dónde se dirigía.

– Esperas algún tipo de golpe de estado -dije, y noté que el corazón me daba un vuelco-. Crees que Jonathan estaba tanteando el terreno.

– Vigila, o empezaré a pensar que puedes leerme la mente. -Pese a que el tono de Eric era suave como una nube de golosina, su significado subyacente era afilado como un cuchillo.

– Eso es imposible -dije, y si pensaba que mentía, no me lo demostró. Era como si Eric se arrepintiera de todo lo que me había contado. El resto de la conversación fue muy breve. Me repitió que lo llamara en cuanto viera a Jonathan y le aseguré que lo haría encantada.

Después de colgar, no tenía sueño. En honor al frío reinante aquella noche, me puse unos pantalones de pijama de lana, blancos con ovejitas de color rosa, y una camiseta blanca. Desenterré el mapa que tenía de Luisiana y busqué un lápiz. A continuación, señalé las áreas que conocía. Mis conocimientos partían de distintos retazos de conversaciones que habían tenido lugar en mi presencia. Eric tenía la Zona Cinco. La reina tenía la Zona Uno, que consistía en Nueva Orleans y sus aledaños. Todo eso tenía sentido. Pero el resto era una mezcolanza. El fallecido Gervaise tenía el área que incluía Baton Rouge, y allí era donde había estado viviendo la reina desde que el Katrina asoló sus propiedades en Nueva Orleans. Me imaginé que, debido a su preeminencia, aquella debía de ser la Zona Dos. Pero la llamaban Zona Cuatro. Tracé una línea fina que luego pudiera borrar, y acabé borrándola después de quedarme mirándola un rato.