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Pero no era momento para preocuparse por Frannie: los vampiros de Las Vegas pensaban apoderarse del estado.

– ¿Qué podemos hacer? -pregunté-. Amelia, ¿has comprobado las defensas de la casa? ¿Están nuestros coches? -Amelia asintió rápidamente-. Bill, ¿has llamado a Fangtasia y a todos los demás sheriffs?

Bill movió afirmativamente la cabeza.

– Sigo sin tener respuesta de Cleo. Arla Yvonne me ha respondido y ya había oído el rumor del ataque. Ha dicho que iba a esconderse y que intentaría llegar hasta Shreveport. Tiene con ella a seis de los suyos. Desde que Gervaise murió, sus vampiros han estado cuidando a la reina y su lugarteniente es ahora Booth Crimmons. Booth dice que esta noche estaba fuera y su hija, Audrey, que se había quedado con la reina y Sigebert, no responden. Ni siquiera contesta el delegado al que Sophie-Anne envió a Little Rock.

Nos quedamos un momento en silencio. La idea de que Sophie-Anne hubiese muerto resultaba casi inimaginable.

Bill se estremeció visiblemente.

– Por lo que debemos permanecer aquí -prosiguió- o encontrar otro lugar para vosotras tres. En cuanto esté seguro de que estáis a salvo, trataré de localizar a Eric lo antes posible. Si quiere sobrevivir a esta noche, necesitará todo par de manos que esté disponible.

A buen seguro había sheriffs que habían muerto ya. Eric podía morir aquella misma noche. Tomar conciencia de aquello fue como un bofetón en la cara. Empecé a jadear y me esforcé por mantenerme en pie. No podía permitirme pensar en aquello.

– No nos pasará nada -dijo Amelia muy decidida-. Estoy segura de que tú eres un gran luchador, Bill, pero nosotras no nos quedamos mancas.

Con todos los debidos respetos a las artes de brujería de Amelia, estábamos indefensas; al menos, contra los vampiros.

Bill se volvió de repente y se quedó mirando hacia el pasillo y la puerta trasera. Había oído algo que no había llegado a los oídos humanos. Pero, un segundo después, escuché una voz que me resultaba familiar.

– Déjame entrar, Bill. ¡Cuanto antes, mejor!

– Es Eric -dijo Bill con gran satisfacción. Moviéndose a una velocidad cegadora, se desplazó hasta la parte posterior de la casa. Eric estaba fuera y me relajé un poco. Estaba vivo. Me di cuenta enseguida de que no iba acicalado como siempre. Llevaba la camiseta rota e iba descalzo.

– No me han dejado llegar al club -dijo mientras él y Bill avanzaban por el pasillo para unirse a nosotras-. Mi casa no era un buen lugar, estando solo. No podía contactar con nadie. Recibí tu mensaje, Bill. Sookie, estoy aquí para solicitar tu hospitalidad.

– Por supuesto -dije automáticamente, aunque en realidad debería habérmelo pensado-. Pero a lo mejor deberíamos ir a… -Estaba a punto de sugerir que cruzáramos el cementerio para ir a casa de Bill, que era más grande y estaba mejor preparada para vampiros, cuando surgieron más problemas. Nadie había prestado más atención a Frannie desde que terminara su relato, y el bajón que había experimentado una vez comunicadas aquellas dramáticas noticias le había hecho pensar en el desastre potencial al que nos enfrentábamos.

– Tengo que salir de aquí-dijo Frannie-. Quinn me dijo que me quedara, pero vosotros sois… -El volumen de su voz iba subiendo. Se había puesto en pie y todos los músculos de su cuerpo estaban en tensión mientras la cabeza le daba vueltas.

– Frannie -dijo Bill. Posó sus dos blancas manos a ambos lados de la cara de Frannie. La miró a los ojos. Frannie se calló-. Quédate aquí, no seas estúpida, y haz lo que Sookie te diga.

– De acuerdo -dijo Frannie, ya más tranquila.

– Gracias -dije. Amelia miraba a Bill conmocionada. Me imaginé que nunca había visto a un vampiro hechizando a nadie-. Voy a buscar mi rifle -dije sin dirigirme a nadie en concreto pero, antes de que pudiera dar un paso, Eric se volvió hacia el armario que había junto a la puerta de entrada. Lo abrió y sacó el Benelli. Se volvió y me la entregó con una expresión de perplejidad. Nuestras miradas se encontraron.

Eric recordaba dónde guardaba el rifle. Lo sabía de cuando había estado en mi casa y había perdido la memoria.

Cuando conseguí apartar la vista, vi que Amelia estaba tímidamente pensativa. Aun teniendo en cuenta que llevaba poco tiempo conviviendo con ella, sabía que aquella expresión no me gustaba. Significaba que estaba a punto de hacer un comentario, un comentario que no me iba a hacer ninguna gracia.

– ¿Estamos excitándonos por nada? -preguntó con aire retórico-. A lo mejor hemos caído presas del pánico sin tener motivo alguno para ello.

Bill se quedó mirando a Amelia como si se hubiese transformado en un mandril. Frannie se mostraba completamente indiferente.

– Al fin y al cabo -dijo Amelia con una sonrisita de superioridad-, ¿por qué tendrían que venir a por nosotras? ¿O, más concretamente, a por ti, Sookie? Porque me imagino que los vampiros no vendrían a por mí. Pero dejando a un lado este detalle, ¿por qué tendrían que venir aquí? Tú no formas parte esencial del sistema de defensa de los vampiros. ¿Qué razón tendrían para querer matarte o capturarte?

Eric había hecho un recorrido repasando puertas y ventanas. Terminó en el momento en que Amelia daba por finalizado su discurso.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

– Amelia está explicándome que no existe un motivo racional por el que los vampiros pudieran querer venir a por mí en su intento de conquistar el estado -respondí.

– Por supuesto que vendrán -dijo Eric, sin apenas mirar a Amelia. Examinó un instante a Frannie, movió afirmativamente la cabeza dando su aprobación y se situó a un lado de una ventana del salón para ver el exterior-. Sookie tiene un vínculo de sangre conmigo. Y ahora yo estoy aquí.

– Sí -replicó con intensidad Amelia-. Muchas gracias, Eric, por venir directamente a esta casa.

– ¿No eres una bruja con mucho poder, Amelia?

– Sí, lo soy -respondió Amelia con cautela.

– ¿Acaso no es tu padre un hombre rico y muy influyente en este estado? ¿Acaso no es tu mentora una bruja importante?

¿Quién se había dedicado a buscar por Internet? Eric y Copley Carmichael tenían algo en común.

– Sí -dijo Amelia-. De acuerdo, les encantaría poder acorralarnos. Pero aun así, si Eric no hubiese venido aquí, no creo que tuviéramos que preocuparnos por poder sufrir algún daño físico.

– ¿Te preguntas si corremos de verdad peligro? -dije-. ¿Con vampiros excitados y sedientos de sangre?

– No les serviremos de nada si no estamos vivas.

– A veces ocurren accidentes… -dije, y Bill resopló. Nunca lo había oído emitir un sonido tan vulgar y me quedé mirándolo. Se relamía ante la perspectiva de una buena pelea. Tenía los colmillos extendidos. Frannie se había quedado mirándolo, pero la expresión de Bill no se alteró. Si hubiera existido la mínima posibilidad de que Frannie se mantuviera tranquila y cooperara, le habría pedido a Bill que la sacara de aquel estado artificial. Me encantaba que Frannie permaneciera quieta y calladita… pero aborrecía que careciera de voluntad.

– ¿Por qué se ha ido Pam? -pregunté.

– Puede ser de más valor en Fangtasia. Los demás han ido al club y ella podrá decirme si están o no encerrados allí. Ha sido una estupidez por mi parte llamarlos a todos y decirles que se reunieran; tendría que haberles dicho que se dispersasen. -Por su aspecto, adivinaba que era un error que Eric nunca volvería a cometer.

Bill se acercó a una ventana; escuchaba los sonidos de la noche. Miró a Eric y sacudió la cabeza. Aún no había nadie.

Sonó entonces el teléfono de Eric. Se quedó un minuto a la escucha y dijo:

– Buena suerte. -Y colgó.

– Casi todos los demás están en el club -le dijo a Bill, que asintió.

– ¿Dónde está Claudine? -me preguntó Bill.