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– No tengo ni idea. -¿Por qué Claudine aparecía unas veces cuando yo tenía problemas y otras no? ¿Estaría agotándola?-. Pero no creo que venga con tanto vampiro. No tiene sentido que se presente a defenderme si Eric y tú no podéis quitarle los colmillos de encima.

Bill se puso rígido. Sus agudos oídos acababan de captar alguna cosa. Se volvió e intercambió una larga mirada con Eric.

– No es la compañía que yo habría elegido -dijo Bill con su fría voz-. Pero montaremos un buen espectáculo. Lo siento por las mujeres. -Y me miró, con sus ojos oscuros llenos de una emoción intensa. ¿Amor? ¿Lástima? No podía adivinarlo, pues su cerebro silencioso no me daba ni una pista.

– Aún no estamos en nuestras tumbas -dijo Eric con la misma frialdad.

También yo escuché entonces que se acercaban coches por el camino de acceso. Amelia emitió un sonido involuntario de miedo y los ojos de Frannie se abrieron aún más, aunque siguió en su asiento, como si estuviera paralizada. Eric y Bill se concentraron.

Los coches se detuvieron delante de la casa y escuché el sonido de puertas abriéndose y cerrándose, de alguien caminando hacia la casa.

Hubo una llamada rápida… pero no en la puerta, sino en uno de los postes del porche.

Me acerqué lentamente hacia allí. Bill me agarró por el brazo y se situó delante de mí.

– ¿Quién hay ahí? -gritó, y de inmediato voló a un metro de distancia de donde yo estaba.

Esperaba que alguien irrumpiera por la puerta.

Pero no pasó nada.

– Soy yo, el vampiro Víctor Madden -dijo una voz alegre.

Inesperado. Y sobre todo para Eric, que cerró brevemente los ojos. La identidad y la presencia de Víctor Madden habían significado muchas cosas para Eric, aunque yo no sabía qué.

– ¿Lo conoces? -le susurré a Bill.

– Sí -respondió Bill-. Lo conozco. -Pero no añadió más detalles y permaneció perdido en un debate interno. Jamás en mi vida había deseado con mayor intensidad conocer lo que alguien pensaba que en aquel momento. El silencio me superaba.

– ¿Amigo o enemigo? -grité.

Víctor se echó a reír. Era una risa buena de verdad…, genial, una risa con ganas que decía «Me río contigo, no de ti».

– Una pregunta excelente -dijo-, de la que sólo tú tienes la respuesta. ¿Tengo el honor de hablar con Sookie Stackhouse, afamada telépata?

– Tienes el honor de hablar con Sookie Stackhouse, camarera -respondí gélidamente. Y escuché una especie de sonido gutural, la vocalización de un animal. De un animal grande.

El corazón me cayó a los pies.

– Las defensas se mantendrán en pie -repetía Amelia en un rápido susurro para sus adentros-. Las defensas se mantendrán, las defensas se mantendrán. -Bill me miraba con sus ojos oscuros, mientras una rápida sucesión de ideas le iluminaba su rostro. Frannie tenía la mirada perdida y distante, pero los ojos clavados en la puerta. También había oído el sonido.

– Quinn está ahí fuera con ellos -le susurré a Amelia, pues era la única en la estancia que no se lo había imaginado.

– ¿Pero él está de su lado? -preguntó Amelia.

– Tienen a su madre -le recordé. Pero interiormente sentía náuseas.

– Y nosotros tenemos a su hermana -dijo Amelia.

Eric parecía tan pensativo como Bill. De hecho, se estaban mirando, y los imaginé manteniendo un auténtico diálogo sin cruzar palabra.

Tanto pensar no era bueno. Significaba que no tenían decidido hacía dónde decantarse.

– ¿Podemos pasar? -preguntó aquella voz tan encantadora-. ¿O podemos tratar directamente con alguno de vosotros? En la casa parece haber protecciones suficientes.

Amelia flexionó el brazo, sacando bíceps, y dijo:

– ¡Sí! -Me sonrió.

Un poco de autoalabanza bien merecida no tenía nada de malo, por mucho que estuviera algo fuera de lugar en aquel momento. Le devolví la sonrisa, aunque con tirantez.

Eric se armó de valor y después de lanzarse una última y prolongada mirada, él y Bill se relajaron. Eric se volvió hacia mí, me dio un ligero beso en los labios y se me quedó mirando un buen rato.

– A ti te perdonará la vida -dijo Eric, y comprendí que en realidad no me hablaba a mí, sino que lo hacía para sus adentros-. Eres demasiado única para echarte a perder.

Y entonces abrió la puerta.

Capítulo 12

Desde el interior de la casa pudimos ver bien la escena, pues el salón seguía oscuro y el exterior estaba iluminado por la luz de seguridad. El vampiro, que estaba aparentemente solo, no era un hombre especialmente alto, pero sí singular. Iba vestido de traje. Tenía el pelo corto, rizado y negro, aunque la luz no era lo bastante potente como para poder asegurar el color al cien por cien. Había adoptado la pose típica de un modelo de portada de GQ.

Eric ocupaba casi todo el umbral de la puerta, por lo que poco más podía ver. Me pareció de mal gusto desplazarme hasta la ventana para verlo mejor.

– Eric Northman -dijo Víctor Madden-. Hacía varias décadas que no nos veíamos.

– Sé que has estado trabajando duro en el desierto -dijo Eric con cierto tono de indiferencia.

– Sí, los negocios van viento en popa. Tengo temas que discutir contigo… temas bastante urgentes, me temo. ¿Puedo pasar?

– ¿Con cuántos has venido? -preguntó Eric.

– Diez -le susurré a Eric-. Nueve vampiros y Quinn. -Si los cerebros humanos dejaban un agujero lleno de zumbidos en mi conciencia, los de vampiro dejaban un agujero vacío. Se trataba, simplemente, de contar los agujeros.

– Vengo con cuatro compañeros -dijo Victor, en apariencia completamente sincero y franco.

– Me parece que te has olvidado de contar -dijo Eric-. Creo que ahí fuera hay nueve vampiros y un cambiante.

La silueta de Victor se enderezó mientras se retorcía la mano.

– Veo que es imposible venderte la moto, viejo amigo.

– ¿Viejo amigo?-murmuró Amelia.

– Que salgan del bosque para que pueda verlos -gritó Eric.

Amelia, Bill y yo abandonamos nuestra discreción y nos acercamos a las ventanas para mirar. Uno a uno, los vampiros de Las Vegas fueron saliendo de entre los árboles. Estaban en la zona oscura, por lo que no podía verlos muy bien, pero me llamó la atención una mujer escultural con abundante melena castaña y un hombre, más o menos de mi altura, que llevaba una barba cuidada y un pendiente.

El último en salir del bosque fue el tigre. Estaba segura de que Quinn había adoptado su forma animal porque no quería mirarme a la cara. Me inspiró una lástima terrible. Me imaginé que por muy destrozada que estuviese yo por dentro, las entrañas de él debían de parecer carne de hamburguesa.

– Veo unas cuantas caras conocidas -dijo Eric-. ¿Están todos a tu cargo?

No comprendí el sentido de su pregunta.

– Sí -replicó con firmeza Victor.

La respuesta significó alguna cosa para Eric. Se retiró del umbral de la puerta y los que estábamos dentro nos volvimos para mirarlo.

– Sookie -dijo Eric-, no soy yo quien debe invitarlo a pasar. Es tu casa. -Eric se volvió hacia Amelia-. ¿Son específicas tus defensas? -le preguntó-. ¿Le dejarán pasar sólo a él?

– Sí -respondió Amelia. Me hubiera gustado que su respuesta hubiera sonado más rotunda-. Tiene que ser invitado por alguien aceptado por las defensas, como Sookie.

Bob, el gato, apareció en aquel momento en la puerta. Se sentó en el umbral, con la cola alrededor de las patas, y examinó con decisión al recién llegado. Al principio, cuando llegó Bob, Victor se echó a reír, una risa que se esfumó pasado un segundo.

– Esto no es un simple gato -dijo Victor.

– No -dije, lo bastante fuerte como para que Victor me oyese-. Como tampoco lo es ése que está ahí fuera. -El tigre emitió una especie de bufido, que interpreté como amistoso. Me imaginé que era lo más parecido que podía hacer Quinn a decirme que lamentaba todo lo que estaba pasando. O tal vez no fuera así. Me coloqué junto a Bob. El gato levantó la cabeza para mirarme y se largó con la misma indiferencia con la que había llegado. Gatos.