La verdad es que me sentía como una humana agotada -que algún día acabaría también en la tumba- que necesitaba dormir por encima de todo. Si aquella noche se producía un nuevo movimiento hostil, tendrían que prescindir de mí. Volví a cerrar las puertas con llave, le di las buenas noches a Amelia y me metí en la cama. Permanecí despierta durante al menos media hora, pues mis músculos se estremecían cada vez que estaba a punto de conciliar el sueño. Me despertaba por completo con la idea de que alguien entraría de un momento a otro en mi habitación para alertarme sobre cualquier nuevo desastre.
Pero finalmente, ni los estremecimientos pudieron mantenerme despierta por más tiempo. Caí profundamente dormida. Cuando me desperté, los rayos de sol inundaban mi habitación a través de la ventana y Quinn estaba sentado en la silla del rincón en la que yo me había dejado caer la noche anterior mientras intentaba hablar con Eric.
Empezaba a ser una costumbre desagradable. No me gustaba que los chicos entrasen y saliesen de mi habitación como si cualquier cosa. Quería uno que entrase y se quedase.
– ¿Quién te ha dejado entrar? -le pregunté, incorporándome y apoyando sobre un codo el peso de mi cuerpo. Tenía buen aspecto pese a haber dormido poco. Era un hombre grande, con la cabeza rapada y suave y unos ojos enormes de color púrpura. Siempre me había gustado su aspecto.
– Amelia -respondió-. Sé que no debería haber entrado, que debería haber esperado a que te despertases. Tal vez no me quieras en tu casa.
Me dirigí al baño para concederme un minuto de tiempo, otro recurso que empezaba a resultarme excesivamente familiar. Cuando salí, algo más limpia y más despierta que cuando había entrado, vi que Quinn me tenía preparada una taza de café. Bebí un sorbo y al instante me sentí más capaz de enfrentarme a lo que pudiera suceder. Pero no en mi dormitorio.
– Vamos a la cocina -dije, y nos dirigimos a la estancia que siempre había sido el corazón de la casa. Acababa de estrenar mi cocina, pero seguía añorando la antigua. La mesa donde mi familia había comido durante años había sido sustituida por una mesa moderna y las nuevas sillas eran muchísimo más cómodas que las antiguas, pero de vez en cuando aún me lamentaba por todo lo que había perdido.
Tenía el siniestro presentimiento de que lo de «lamentarse» acabaría convirtiéndose en el tema del día. Al parecer, durante mi inquieto sueño había absorbido una buena dosis de esa practicidad que tan penosa me había resultado la noche anterior. Para aplazar la conversación que obligatoriamente íbamos a tener, me acerqué a la puerta trasera y miré hacia fuera para comprobar si estaba el coche de Amelia. Al menos, estábamos solos.
Me senté enfrente del hombre que hasta entonces había confiado en amar.
– Parece como si alguien acabara de decirte que había muerto, pequeña -dijo Quinn.
– Podría haber sido el caso -repliqué, pues tenía que sumergirme directamente en el tema y no mirar ni a derecha ni a izquierda. Vi que Quinn se estremecía.
– Dime qué otra cosa podía hacer, Sookie -dijo-. ¿Qué podía hacer? -Su voz tenía cierto matiz de rabia.
– ¿Y qué puedo hacer yo? -pregunté a mi vez, pues no tenía respuesta para él.
– ¡Te envié a Frannie! ¡Intenté avisarte!
– Poca cosa, y demasiado tarde -dije. Me critiqué de inmediato. ¿Estaría siendo excesivamente dura, injusta, desagradecida?-. Si me hubieras llamado hace unas semanas, aunque fuera una sola vez, tal vez me sentiría de otra manera. Pero me imagino que estabas demasiado ocupado tratando de encontrar a tu madre.
– De modo que rompes conmigo debido a mi madre -dijo con amargura, y no lo culpé por ello.
– Sí -repliqué después de verificar interiormente y por un momento mi decisión-. Creo que sí. No es tanto tu madre como toda su situación. Tu madre, debido a su estado, siempre ocupará el primer lugar mientras siga con vida. Siento lástima, créeme. Y lamento que tú y Frannie tengáis que lidiar con un hueso tan duro de roer. Conozco muy bien los huesos duros de roer.
Quinn tenía la mirada fija en su taza de café, su rostro reflejaba una mezcla de rabia y agotamiento. Era seguramente el peor momento para mantener aquella discusión, pero tenía que hacerlo. Dolía demasiado como para dejar que se prolongara por más tiempo.
– Y aun así, sabiendo todo esto, y sabiendo lo que siento por ti, no quieres verme más -dijo Quinn, escupiendo cada palabra-. No quieres intentarlo.
– Yo también albergo sentimientos hacia ti, y confiaba en haber llegado a más -dije-. Pero lo de anoche fue demasiado para mí. ¿Recuerdas que tuve que descubrir tu pasado a través de otra persona? Pienso que es posible que no me lo contaras desde un buen principio porque sabías que sería un problema. No me refiero a lo de las minas…, eso me da igual. Pero lo de tu madre y Frannie… Son tu familia. Dependen… de ti. Te necesitan. Siempre estarán en primer lugar. -Me interrumpí por un momento y me mordí el interior de la mejilla. Ahora venía la parte más dura-. Yo quiero ser lo primero. Sé que es egoísta, y quizá inalcanzable, y quizá frívolo. Pero sólo quiero ser lo primero para alguien. Si está mal por mi parte, que lo esté. Estará mal por mi parte. Pero es lo que siento.
– Entonces no queda nada más de qué hablar -dijo Quinn después de un instante de reflexión. Me miró con tristeza. Era imposible no estar de acuerdo con él. Apoyando sus manos sobre la mesa, se incorporó y se marchó.
Me sentía una mala persona. Me sentía miserable y devastada. Me sentía una bruja egoísta.
Pero lo dejé salir por la puerta.
Capítulo 14
Mientras me preparaba para ir a trabajar -sí, incluso después de una noche como la que había pasado-, llamaron a la puerta. Había oído algo grande aproximándose a mi casa por el camino de acceso, de modo que me até rápidamente las zapatillas deportivas.
La furgoneta de FedEx no solía visitar mi casa y la mujer delgada que salió de ella era una desconocida. Abrí con cierta dificultad la maltrecha puerta principal. Nunca iba a ser lo mismo después de la entrada que había hecho Quinn la noche anterior. Tomé mentalmente nota de llamar a los Lowe, de Clarice, para que la cambiaran. Tal vez Jason me ayudara a colocarla. Cuando por fin abrí, la mujer de FedEx se quedó mirando un buen rato la puerta astillada.
– ¿Puede firmar la recepción de esto? -dijo entregándome un paquete, sin hacer ningún comentario sobre el mismo.
– Por supuesto. -Acepté la caja, un poco perpleja. Venía de Fangtasia. Vaya. Abrí el paquete tan pronto la furgoneta desanduvo Hummingbird Road. Era un teléfono móvil de color rojo. Estaba programado con mi número. Iba acompañado por una nota. «Siento lo ocurrido con el otro, amante», decía. E iba firmado con una gran «E». Llevaba incluido un cargador. Y también un cargador para el coche. Y un papelito que decía que la factura de los seis primeros meses ya estaba pagada.
Estupefacta, oí que se acercaba una segunda furgoneta. No me tomé ni la molestia de abandonar el porche. La furgoneta era del establecimiento de Home Depot de Shreveport. Se trataba de una puerta de entrada nueva, muy bonita, y dos hombres venían a instalarla. Estaba todo pagado.
Me pregunté si Eric se encargaría también de limpiar la rejilla de ventilación de mi secadora.
Llegué temprano al Merlotte's para poder tener una charla con Sam. Pero la puerta del despacho estaba cerrada y oí voces en el interior. Aunque no era excepcional, la puerta del despacho tampoco solía estar cerrada. Al instante sentí tanto preocupación como curiosidad. Leí enseguida la firma mental de Sam, y había otra que ya había captado en alguna ocasión. Oí sillas arrastrándose y corrí a meterme en el almacén antes de que la puerta se abriera.