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Vi salir a Tanya Grissom.

Esperé un par de segundos y decidí que mi asunto era tan urgente que tenía que correr el riesgo de charlar con Sam aunque él no estuviera de humor para ello. Mi jefe seguía sentado en su chirriante silla de madera con ruedas, con los pies puestos encima de la mesa. Llevaba el pelo aún más alborotado de lo habitual. Se le veía además pensativo y preocupado, pero cuando le dije que tenía que comentarle unos temas, asintió y me pidió que cerrara la puerta.

– ¿Te has enterado de lo que sucedió anoche? -le pregunté.

– Me han dicho que hubo una especie de golpe de estado -dijo Sam. Se recostó sobre los muelles de su silla de ruedas, que chirriaron de manera irritante. La verdad es que tenía los nervios de punta y tuve que morderme el labio para no soltarle cualquier cosa.

– Sí, podría llamarse así. -Un golpe de estado era una forma perfecta de describirlo. Le conté lo que había sucedido en mi casa.

Sam se mostró preocupado.

– Jamás me meto en los asuntos de vampiros -dijo-. Los seres de dos naturalezas y los vampiros no nos llevamos bien. Siento mucho que te vieras metida en eso, Sookie. Ese Eric es un imbécil. -Me dio la impresión de que quería añadir algo más, pero cerró la boca con fuerza.

– ¿Sabes algo sobre el rey de Nevada? -le pregunté.

– Sé que es dueño de un imperio editorial -respondió Sam enseguida-. Y que posee como mínimo un casino y varios restaurantes. Es además propietario de una sociedad gestora que lleva artistas especializados en vampiros. Ya sabes, los de Elvis Undead Revue, con todos esos actores que rinden tributo a Elvis, gracioso si piensas en ello, y algunos grupos de bailarines. -Ambos sabíamos que el verdadero Elvis seguía aún entre nosotros, aunque su forma actual no era la más adecuada para cantar-. De tener que haber un golpe contra un estado turístico, Felipe de Castro es el vampiro más adecuado para hacerlo. Se encargará de que Nueva Orleans se reconstruya tal y como debe ser, pues querrá obtener beneficios de ello.

– Felipe de Castro…, suena exótico -dije.

– No lo conozco personalmente, pero tengo entendido que es muy… carismàtico -dijo Sam-. Me pregunto si vendrá a vivir a Luisiana o si Victor Madden actuará a modo de representante suyo. Sea como sea, nada de esto afectará al bar. Aunque, sin duda, te afectará a ti, Sookie. -Sam descruzó las piernas y se enderezó en su silla, que chirrió a modo de protesta-. Me gustaría encontrar la manera de alejarte del círculo de los vampiros.

– De haber sabido todo lo que ahora sé, habría actuado de otra forma la noche en que conocí a Bill -dije-. Tal vez hubiera dejado que los Rattray se hiciesen con él. -Había rescatado a Bill de una pareja de tipos asquerosos que no sólo resultaron ser asquerosos, sino que eran además asesinos. Eran drenadores de sangre de vampiro, gente que camelaba a los vampiros hasta arrastrarlos a lugares donde podían someterlos con cadenas de plata y extraerles toda la sangre, que luego vendían por cantidades de dinero impresionantes en el mercado negro. Los drenadores llevaban una vida muy peligrosa. Y los Rattray pagaron las consecuencias.

– No hablas en serio -dijo Sam. Volvió a moverse en su asiento (¡ñic!, ¡ñic!) y se levantó-. No lo habrías hecho nunca.

Resultaba agradable oír algo bueno sobre mí misma, especialmente después de la conversación que había mantenido aquella misma mañana con Quinn. Me sentí tentada de comentarle también eso a Sam, pero vi que se dirigía hacia la puerta. Hora de ponerse a trabajar, para los dos. Me levanté también de mi silla. Salimos del despacho e iniciamos la rutina habitual. Aunque no tenía la cabeza muy centrada en ello.

Para revivir mis decaídos ánimos, intenté pensar en algo bueno del futuro, en algo que tuviera ganas de que llegara. Pero no se me ocurrió nada. Durante un largo y desapacible momento, permanecí de pie junto a la barra, con la mano posada sobre mi libretita de pedidos, tratando de no caer en el abismo de la depresión. Entonces me di un bofetón en la mejilla. «¡Idiota! Tengo una casa, y amigos, y un trabajo. Soy más afortunada que millones de personas en este planeta. Todo irá bien».

La solución me sirvió un rato. Me dediqué a sonreír a todo el mundo, y aun tratándose de una sonrisa frágil, seguía siendo una sonrisa.

Pasadas un par de horas, Jason entró en el bar acompañado por su esposa, Crystal. A ella empezaba a notársele el embarazo y Jason parecía… La verdad es que tenía un aspecto duro, esa mirada mezquina que le salía a veces cuando se sentía frustrado.

– ¿Qué tal va todo? -le pregunté.

– Oh, como siempre -respondió Jason efusivamente-. ¿Nos traes un par de cervezas?

– Por supuesto -dije, pensando que Jason nunca solía pedirle una cerveza a Crystal. Era una chica bonita varios años menor que mi hermano. Era una mujer pantera, aunque de mala calidad, básicamente debido a la endogamia de la comunidad de Hotshot. A Crystal le costaba transformarse cuando no era luna llena y había abortado dos veces, que yo supiera. Me daba lástima por ello, sobre todo porque sabía que la comunidad de panteras la consideraba un ser débil. Crystal estaba embarazada por tercera vez. Y ésa era quizá la única razón por la que Calvin le había permitido casarse con Jason, que no era hombre pantera de nacimiento, sino por mordisco. Es decir, se había convertido en pantera porque había sido mordido repetidamente por un hombre celoso que quería a Crystal sólo para él. Jason no podía transformarse en una pantera de verdad, sino en una versión medio animal medio humana. Pero le gustaba.

Les serví las cervezas en dos jarras heladas y esperé a ver si querían pedir alguna cosa más. Me pregunté si Crystal hacía bien bebiendo alcohol, pero decidí que no era asunto mío.

– Tomaré una hamburguesa con queso y patatas fritas -dijo Jason. Su elección habitual.

– ¿Y tú, Crystal? -pregunté, con toda la simpatía que me era posible. Al fin y al cabo, era mi cuñada.

– Oh, no tengo dinero para tomar nada más -respondió.

Me quedé sin saber qué decir. Lancé una mirada inquisitiva a Jason y él se encogió de hombros, un movimiento con el que quería decirme: «He cometido una estupidez y me he equivocado, pero no pienso echarme atrás, porque soy tozudo como una muía».

– Te invito yo, Crystal -dije en voz baja-. ¿Qué te apetece?

Miró de reojo a su marido.

– Lo mismo que él, Sookie.

Tomé nota de su pedido en una hoja aparte y me acerqué a la ventanilla pasaplatos para llevarlo a cocina. Tenía los nervios a flor de piel y Jason había encendido una cerilla y la había lanzado para encender mi malhumor. Pude leer con claridad la historia en sus respectivas cabezas y, cuando comprendí qué sucedía, me enfadé con la actitud de ambos.

Crystal y Jason se habían instalado en casa de Jason, pero Crystal se desplazaba casi a diario a Hotshot, el lugar donde se sentía cómoda y donde no tenía que fingir nada. Estaba acostumbrada a vivir rodeada de los suyos y sobre todo echaba de menos a su hermana y a los niños de su hermana. Tanya Grissom había alquilado una habitación a la hermana de Crystal, la habitación en la que había vivido Crystal hasta que se casó con Jason. Crystal y Tanya se habían hecho amigas al instante. La ocupación favorita de Tanya era ir de compras y Crystal la había acompañado ya varias veces. De hecho, se había gastado todo el dinero que Jason le había dado para los gastos de la casa. Y a pesar de sus múltiples escenas y promesas, lo había hecho dos meses seguidos.

Ahora, Jason se negaba a darle más dinero. Era él quien se encargaba de la compra, de la comida y de recoger la ropa en la tintorería, y pagaba personalmente todas las facturas. Le había dicho a Crystal que si quería dinero para sus gastos, tendría que buscarse un trabajo. Crystal, sin experiencia y embarazada, no había logrado encontrar nada y estaba sin un céntimo.