La policía no sabe aún si la muerte de Cooper está relacionada con las desapariciones.
Aparte de todo esto, Don Dominica, propietario de Don's RV Park, informó de la ausencia de los propietarios de tres autocaravanas que llevan una semana estacionadas en su camping. «No estoy seguro de cuánta gente había en cada vehículo», declaró. «Llegaron todos juntos y alquilaron las parcelas por un mes. El nombre que aparece en el contrato de alquiler es Priscilla Hebert. Creo que en cada autocaravana había como mínimo seis personas. Me parecieron gente normal».
Ante la pregunta de si sus pertenencias seguían allí, Dominique respondió: «No lo sé; no lo he mirado. No tengo tiempo para esas cosas. Pero hace días que no se les ve el pelo».
Otros residentes en el camping comentaron que no se habían relacionado con los recién llegados. «Eran muy reservados», dijo uno de ellos.
El jefe de la policía, Parfit Graham, dijo: «Estoy seguro de que resolveremos los crímenes. Acabará surgiendo esa pieza de información que necesitamos. Mientras tanto, si alguien conoce el paradero de alguna de estas personas, se ruega llame a la policía».
Reflexioné sobre el tema. Me imaginé la llamada: «Toda esa gente murió como resultado de la guerra de los hombres lobo», diría. «Todos eran lobos, y todo empezó cuando una manada hambrienta y sin hogar del sur de Luisiana decidió que podía sacar provecho a los desacuerdos entre las filas de la manada de Shreveport».
No creo que me escucharan.
– De modo que aún no han encontrado el lugar de los hechos -dijo en voz muy baja Sam.
– Me imagino que era un lugar perfecto para el encuentro. -Pero tarde o temprano… -Sí. Me pregunto qué quedará por allí. -La gente de Alcide ha tenido hasta ahora tiempo suficiente -dijo Sam-. Poca cosa, me imagino. Seguramente habrán incinerado los cadáveres en cualquier lugar apartado. O los habrán enterrado en el terreno de alguien.
Me estremecí. Di gracias a Dios por no haber tenido que formar parte de aquello; al menos, no sabía dónde habían enterrado los cuerpos. Después de repasar mis mesas y servir algunas bebidas más, volví a coger el periódico y lo abrí por la sección de necrológicas. Y cuando leí la columna con el titular «Fallecimientos en el estado», me quedé tremendamente sorprendida.
SOPHIE-ANNE LECLERQ, destacada mujer de negocios, residente en Baton Rouge desde el paso del Katrina, falleció de Sino-SIDA en su casa. Leclerq, vampiro, poseía extensas propiedades en Nueva Orleans y en muchos lugares del estado. Fuentes próximas a ella dicen que llevaba más de cien años residiendo en Luisiana.
Nunca había visto la necrológica de un vampiro. Y aquella era una invención de cabo a rabo. Sophie-Anne no había muerto de Sino-SIDA, la única enfermedad que los humanos podían transmitir a los vampiros. Sophie-Anne seguramente había sufrido más bien un ataque agudo de «Estaca». Los vampiros temían al Sino-SIDA, claro está, pero no era tan fácil de transmitir. En este caso, al menos proporcionaba una explicación aceptable para la comunidad de los hombres de negocios en cuanto a por qué las posesiones de Sophie-Anne estaban siendo gestionadas por otro vampiro, y era una aclaración que nadie iba a cuestionar con detalle, pues no había quien pudiera desmentir aquella afirmación. Para salir en el periódico de hoy, alguien tenía que haber llamado justo después de su asesinato, quizá incluso antes de que estuviera muerta. Qué asco. Me estremecí.
Me pregunté qué le habría sucedido realmente a Sigebert, el leal guardaespaldas de Sophie-Anne. Victor había insinuado que había fallecido junto a la reina, pero no lo había llegado a decir. Me costaba creer que el guardaespaldas siguiera con vida. Jamás habría permitido que alguien se acercara lo suficiente a Sophie-Anne como para matarla. Sigebert llevaba tantos años a su lado, centenares y centenares, que no creía que hubiera podido sobrevivir a su pérdida.
Dejé el periódico sobre la mesa del despacho de Sam abierto por la página de las necrológicas, imaginándome que el bar era un lugar demasiado frecuentado como para ponernos a hablar del tema, aun teniendo tiempo. Había entrado una riada de clientes. Iba como una loca intentando servirlos a todos y recibiendo, también, buenas propinas. Pero después de la semana que había tenido, no sólo me costaba sentirme satisfecha con aquel dinero, como hubiera sucedido en condiciones normales, sino que además me resultaba imposible sentirme tan alegre como habitualmente lo hacía en el trabajo. Me limité, pues, a hacer todo lo posible para sonreír y responder cuando me hablaban.
Cuando salí del trabajo, no me apetecía hablar con nadie de nada.
Aunque, naturalmente, no tuve elección.
Al llegar a casa me encontré con dos mujeres esperándome en el jardín, y ambas irradiaban malhumor. A una de ellas la conocía: Frannie Quinn. La mujer que la acompañaba debía de ser la madre de Quinn. El severo resplandor de la luz de seguridad me ofreció una buena imagen de la mujer cuya vida había sido un desastre. Caí entonces en la cuenta de que nunca nadie me había mencionado su nombre. Seguía siendo guapa, pero tenía un estilo gótico que no encajaba en absoluto con su edad. Aparentaba cuarenta y pico años, su rostro estaba demacrado y los ojos enmarcados por las sombras. Tenía el pelo oscuro con canas y era muy alta y delgada. Frannie llevaba una camiseta de tirantes que dejaba entrever el sujetador, pantalones vaqueros ceñidos y botas. Su madre iba vestida prácticamente igual pero con colores distintos. Me imaginé que Frannie era la encargada de vestir a su madre.
Aparqué a su lado, pues no tenía la mínima intención de invitarlas a entrar en casa. Salí del coche a regañadientes.
– ¡Bruja! -dijo Frannie con pasión. Su joven rostro se había quedado tenso de la rabia-. ¿Cómo has podido hacerle eso a mi hermano? ¡Con todo lo que él ha hecho por ti!
Era una forma de verlo, la verdad.
– Frannie -dije, manteniendo mi voz lo más calmada y equilibrada posible-, lo que suceda entre Quinn y yo no es asunto tuyo.
En aquel momento se abrió la puerta de la casa y Amelia salió al porche.
– ¿Me necesitas, Sookie? -me preguntó, y olí enseguida que estaba rodeada de magia.
– Entro en un segundo -dije con claridad, pero no le dije que volviera a entrar en casa. La señora Quinn era una mujer tigre de pura sangre y Frannie lo era a medias; ambas tenían mucha más fuerza que yo.
La señora Quinn dio un paso al frente y me miró con perplejidad.
– Tú eres a la que amaba John -dijo-. Tú eres la que has roto con él.
– Sí, señora. Lo nuestro no podía funcionar.
– Dicen que tengo que regresar a aquel lugar en medio del desierto -dijo-. Donde almacenan a los cambiantes locos.
«No me digas…».
– ¿Ah, sí? -dije, para dejar claro que yo no tenía nada que ver con el tema.
– Sí -replicó ella, y se quedó en silencio, lo que suponía un gran alivio.
Frannie, sin embargo, no había terminado todavía conmigo.
– Te presté mi coche -dijo-. Vine a avisarte.
– Y te lo agradezco -dije. El corazón me dio un vuelco. No se me ocurría ninguna palabra mágica que pudiera aliviar el dolor que flotaba en el ambiente-. Créeme, me gustaría que todo hubiera sido distinto. -Poco convincente, pero cierto.
– ¿Qué tiene de malo mi hermano? -preguntó Frannie-. Es guapo, te quiere, tiene dinero. Es un gran chico. ¿Qué te pasa a ti que no lo quieres?
La respuesta sincera -que realmente admiraba a Quinn, pero que no quería desempeñar un papel secundario con respecto a sus necesidades familiares- era simplemente inexpresable por dos razones: era innecesariamente dolorosa y podría tener como consecuencia que yo resultara gravemente herida. La señora Quinn tal vez no estuviera en sus cabales, pero seguía la conversación con creciente atención. No quería ni imaginarme lo que podía suceder si adoptaba la forma de tigre. Podía huir hacia el bosque, o podía atacar. La escena me pasaba por la cabeza en pequeñas imágenes. Tenía que decir alguna cosa.