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– Oh, Amelia -gimoteé, y por un momento me sentí como si estuviera arreándole un puntapié.

– Sé que no va a gustarte, pero me ha dicho que está dispuesto a pagarte una especie de tarifa por ayudarle -murmuró Amelia, notablemente incómoda.

Sacudí las manos delante de mí para ahuyentar aquella idea. No pensaba permitir que el padre de mi amiga me pagara por realizar una llamada telefónica o lo que quiera que tuviera que hacer. En aquel mismo momento me di cuenta de que había decidido hacer aquello por el bien de Amelia.

Entramos en la sala de estar para hablar directamente con Copley.

Me saludó con mucho más entusiasmo del que había mostrado en su primera visita. Me clavó la mirada, como queriendo decir «A partir de ahora te presto toda mi atención». Lo miré con escepticismo. Y, como no era tonto, lo captó de inmediato.

– Siento mucho, señorita Stackhouse, aparecer de nuevo por aquí tan poco tiempo después de mi primera visita -dijo, consciente de su comportamiento inadecuado-. Pero la situación en Nueva Orleans es desesperada. Estamos intentando reconstruir la ciudad para volver a crear empleo. Es un contacto muy importante para mí, y tengo a mucha gente empleada.

Punto número uno: no creía que Copley Carmichael tuviera una necesidad apremiante de encontrar nuevos negocios, incluso sin los contratos de reconstrucción de las propiedades de los vampiros. Punto número dos: ni por un momento se me ocurrió pensar que su única motivación fuera la mejoría de la maltrecha ciudad; aunque, después de leer sus pensamientos durante un momento, me dispuse a admitir que sí tenía algo de relación con sus urgencias.

Además, Marley me había partido la leña para el invierno y la había metido en casa. Eso contaba para mí más que cualquier otro aliciente basado en emociones.

– Llamaré esta noche a Fangtasia -dije-. A ver qué me dicen. Pero ése es el límite de mi implicación.

– Sookie, estoy en deuda contigo -dijo-. ¿Qué puedo hacer por ti?

– Ya lo ha hecho su chófer -respondí-. Si pudiera acabar de partirme esa madera de roble, me haría un favor inmenso. -No soy muy buena partiendo leña, y lo sé porque lo he intentado. Al cabo de tres o cuatro troncos, estoy destrozada.

– ¿Ha estado haciendo eso? -A Copley le salía muy bien lo de mostrarse sorprendido. No estaba segura de si lo decía de verdad o no-. Una gran iniciativa por parte de Marley.

Amelia sonreía e intentaba que su padre no se diera cuenta de ello.

– De acuerdo, todo arreglado entonces -dijo rápidamente-. ¿Te preparo un sándwich o una sopa, papá? Tenemos patatas fritas o ensalada de patata.

– Me parece bien -dijo, pues estaba aún intentando jugar a ser amigos.

– Marley y yo ya hemos comido -dije, sin darle importancia, y añadí-: Tengo que irme corriendo a la ciudad, Amelia. ¿Necesitas alguna cosa?

– Unos sellos -dijo-. ¿Pasarás por correos?

Me encogí de hombros.

– Me pilla de camino. Adiós, señor Carmichael.

– Llámame Cope, por favor, Sookie.

Sabía que iba a decir exactamente eso. Y que a continuación intentaría mostrarse galante. Y, efectivamente, me sonrió con una mezcla perfecta de admiración y respeto.

Cogí el bolso y me dirigí a la puerta trasera de la casa. Marley seguía trabajando en mangas de camisa con el montón de madera. Confiaba en que hubiera sido idea suya. Y también en que consiguiera un aumento de sueldo.

En realidad no tenía nada que hacer en la ciudad. Pero quería evitar más conversaciones con el padre de Amelia. Pasé por el supermercado y compré más servilletas de papel, pan y atún y también fui a Sonic y me compré un helado de Oreo. Era una mala chica, no me cabe la menor duda. Estaba sentada en el coche, dando buena cuenta de mi batido, cuando divisé a una pareja interesante sentada a un par de coches de distancia del mío. No me habían visto, pues Tanya y Arlene estaban enfrascadas en su conversación. Estaban las dos sentadas en el Mustang de Tanya. Arlene llevaba el pelo recién teñido, rojo encendido de la raíz a las puntas y recogido con un pasador. Mi antigua amiga tenía puesta una camiseta con estampado de leopardo; era lo único que podía ver de su conjunto. Tanya llevaba una blusa verde lima muy bonita y un jersey marrón oscuro. Y escuchaba con atención.

Traté de creer que estaban hablando sobre cualquier cosa que no fuera yo. Me refiero a que no me apetecía ponerme paranoide. Pero cuando ves a tu ex compañera de trabajo hablando con tu reconocida enemiga, tienes como mínimo que considerar la posibilidad de que algo relacionado contigo salga a relucir de un modo poco halagüeño.

Lo que me importaba no era tanto el hecho de que yo no le cayera bien. Llevo toda la vida siendo consciente de que no gusto a mucha gente. Sé exactamente por qué y cuánto no les gusto. Y resulta desagradable, como muy bien puedes suponer. No, lo que me preocupaba más era que me daba la impresión de que Arlene y Tanya estaban pasando al terreno de querer hacerme algo malo de verdad.

Me pregunté si sería capaz de descubrir alguna cosa. Si me acercaba a ellas, se percatarían a buen seguro de mi presencia; pero no sabía si desde donde me encontraba llegaría a «oírlas». Me agaché, como si estuviera jugueteando con el reproductor de CD del coche, y me concentré en ellas. Intenté mentalmente evitar o pasar por encima de la gente que estaba en los coches cercanos, una tarea bastante complicada.

Finalmente, el modelo de Arlene, que me resultaba familiar, me ayudó a localizarlas. La primera impresión fue placentera. Arlene estaba pasándoselo en grande, pues disfrutaba de la completa atención de un público relativamente nuevo y podía hablar de las convicciones de su nuevo novio en cuanto a la necesidad de matar a todos los vampiros y tal vez también a quienes colaboraban con ellos. Arlene no tenía convicciones fuertes propias, pero se adaptaba perfectamente a las de los demás si le encajaban desde un punto de vista emocional.

Cuando vi que Tanya tuvo un momento de exasperación especialmente potente, me concentré en su modelo cerebral. Entré. Continué en mi posición medio escondida, moviendo la mano de vez en cuando entre los CD de la pequeña guantera del coche, tratando de captar todo lo posible.

Tanya seguía en la nómina de los Pelt; de Sandra Pelt, concretamente. Y poco a poco empecé a comprender que Tanya había sido enviada aquí para hacer todo lo posible para convertirme en una desdichada.

Sandra Pelt era hermana de Debbie Pelt, a quien yo había matado de un tiro en la cocina de mi casa. (Después de que ella intentara matarme. Varias veces. Quiero dejarlo claro).

Maldita sea. Estaba hasta la coronilla del tema de Debbie Pelt. Me había amargado la vida. Era tan maliciosa y vengativa como su hermana pequeña, Sandra. Yo había sufrido mucho por su muerte, me había sentido culpable, había tenido remordimientos, me había sentido como si llevara marcada en la frente una C enorme, la C de «Caín». Matar a un vampiro es terrible, pero el cadáver desaparece y es como si lo hubieran borrado de la Tierra. Pero matar a otro ser humano te cambia para siempre.

Así es como debería ser.

Pero también es posible hartarse de ese sentimiento, cansarse de esa carga que pesa sobre tu cogote emocional. Y yo me había hartado y cansado de Debbie Pelt. Entonces su hermana y sus padres habían empezado a hacerme sufrir, había habido un secuestro de por medio. Se habían cambiado las tornas y las había tenido en mi poder. A cambio de que los soltara, habían accedido a dejarme tranquila. Sandra había prometido mantenerse alejada de mí hasta la muerte de sus padres. Cabía preguntarse si el matrimonio Pelt seguiría aún entre los vivos.

Puse el coche en marcha e inicié el camino de regreso a Bon Temps, saludando con un ademán de cabeza a las caras conocidas que ocupaban prácticamente todos los vehículos con los que me cruzaba. No tenía ni idea de qué hacer. Me detuve en el aparcamiento de la ciudad y salí del coche. Empecé a caminar, con las manos hundidas en los bolsillos. Tenía la cabeza hecha un lío.