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Recordé la noche en que le confesé a mi primer amante, Bill, que mi tío abuelo había abusado de mí siendo yo una niña. Bill se tomó tan a pecho la historia que lo dispuso todo para que alguien se pasara por casa de mi tío abuelo. Mira por dónde, resultó que murió como consecuencia de una caída por las escaleras. Me puse hecha una fiera con Bill por haberse ocupado de mi pasado. Pero no puedo negar que la muerte de mi tío abuelo me resultó satisfactoria. Y aquella profunda sensación de alivio me hizo sentir cómplice del asesinato.

Cuando intentaba encontrar supervivientes entre los escombros del hotel Pyramid of Gizeh, descubrí a gente viva, entre ellos a un vampiro que quería tenerme bajo su control para el beneficio de la reina. Andre había resultado terriblemente herido, pero habría logrado sobrevivir si un mal herido Quinn no se hubiese abalanzado sobre él hasta acabar con su vida. Yo había seguido adelante sin detener a Quinn ni salvar a Andre, y aquello me había convertido en bastante más culpable de la muerte de Andre que de la de mi tío abuelo.

Atravesé el aparcamiento vacío dando puntapiés a las hojas caídas que se interponían en mi camino. Me descubrí batallando contra una tentación repugnante. Bastaba con decir una palabra a cualquiera de los muchos miembros de la comunidad de seres sobrenaturales para que Tanya muriese en el acto. O podía decantarme por el origen de todo el tema y hacer eliminar a Sandra. Y, una vez más… su desaparición de este mundo sería un verdadero alivio.

Pero no podía hacerlo.

Aunque tampoco podía vivir con Tanya pisándome los talones. Había hecho todo lo posible para echar a perder la ya frágil relación entre mi hermano y su esposa. Y eso estaba muy mal.

Finalmente creí encontrar a la persona adecuada con quien consultar mi problema. Y vivía conmigo, perfecto.

Cuando llegué a casa, el padre de Amelia y su amable chófer se habían marchado ya. Amelia estaba en la cocina, lavando los platos.

– Amelia -dije, y Amelia dio un brinco-. Lo siento -me disculpé-. Tendría que haber hecho más ruido al entrar.

– Creí que venía porque mi padre y yo empezábamos a entendernos un poco mejor -confesó-. Pero no me parece que se deba a eso. Simplemente me necesita para que haga algo por él de vez en cuando.

– Bueno, al menos nos han partido la leña.

Rió un poquito y se secó las manos.

– Me da la impresión de que tienes algo importante que decirme.

– Quiero dejar las cosas claras antes de contarte una larga historia. Estoy haciéndole un favor a tu padre, pero en realidad esto lo hago por ti -dije-. Llamaré a Fangtasia por lo de tu padre pase lo que pase porque tú eres mi compañera de casa y eso te hará feliz. De modo que caso cerrado. Ahora, voy a contarte una cosa terrible que hice en su día.

Amelia se sentó en la mesa y yo me instalé justo delante de ella, igual que Marley y yo habíamos hecho antes.

– Suena interesante -dijo-. Estoy lista. Suéltalo.

Se lo conté todo a Amelia: lo de Debbie Pelt, Alcide, Sandra Pelt y sus padres, su promesa de que Sandra nunca volvería a molestarme mientras ellos siguieran con vida. Lo que me hicieron y cómo me sentí. Lo de Tanya Grisson, espía, chivata y saboteadora del matrimonio de mi hermano.

– Caramba -dijo Amelia cuando hube terminado. Se quedó un minuto reflexionando-. Está bien, ante todo se trata de comprobar lo del señor y la señora Pelt. -Utilizamos el ordenador que había traído del apartamento de Hadley en Nueva Orleans. Necesitamos sólo cinco minutos para descubrir que Gordon y Barbara Pelt habían fallecido hacía dos semanas, cuando salieron por la izquierda de una gasolinera y chocaron de frente contra un tractor.

Nos miramos, arrugando la nariz.

– Vaya -dijo Amelia-. Un mal comienzo.

– Me pregunto si esperaría a que estuvieran bajo tierra antes de activar su «plan de muerte contra la irritante Sookie» -dije.

– Esa bruja no va a ceder. ¿Estás segura de que Debbie Pelt era adoptada? Porque esta actitud tan vengativa parece ser cosa de familia.

– Debían de estar muy unidas -dije-. De hecho, tengo la impresión de que Debbie era más una hermana para Sandra que una hija para sus padres.

Amelia movió la cabeza pensativa.

– Lo veo todo un poco patológico -dijo-. Veamos, pensemos qué puedo hacer yo. No practico la magia mortal. Y has dicho que no deseas la muerte de Tanya y Sandra, de modo que te tomo la palabra.

– Bien -dije brevemente-. Ah, y estoy dispuesta a pagar por todo esto, naturalmente.

– Vete a paseo -dijo Amelia-. Estuviste dispuesta a aceptarme cuando necesité salir de la ciudad. Llevas todo este tiempo aguantándome.

– Me pagas un alquiler -apunté.

– Sí, que cubre simplemente mis gastos fijos en la casa. Y tienes que aguantarme, y no protestas por mi situación con Bob. Créeme, me alegro de verdad de poder hacer esto por ti. Simplemente tengo que pensar en qué hacer en realidad. ¿Te importa si lo consulto con Octavia?

– No, en absoluto -dije, tratando de no demostrar que me sentía aliviada ante la idea de que la bruja de más edad aportara su experiencia-. Te has dado cuenta, ¿verdad?…, de que no sabía ya qué hacer, de que empezaba a faltarle el dinero…

– Sí -dijo Amelia-. Y no sé cómo darle un poco sin ofenderla. Ésta me parece una buena manera de poder hacerlo. Tengo entendido que vive en un rincón del salón de la casa de una sobrina. Me contó eso, más o menos, y no se me ocurre cómo ayudarla al respecto.

– Pensaré en ello -le prometí-. Si de verdad, de verdad, necesita marcharse de casa de su sobrina, podría instalarse por una breve temporada en el dormitorio que aún me queda libre. -No era una oferta que me satisficiera mucho, pero la vieja bruja me daba lástima. Se había distraído con la pequeña excursión hasta el apartamento de la pobre María Estrella, que había acabado siendo un espectáculo fantasmagórico.

– Intentaremos encontrar una solución a largo plazo -dijo Amelia-. Voy a llamarla.

– Muy bien. Hazme saber qué habéis decidido. Tengo que prepararme para ir a trabajar.

Entre mi casa y el Merlotte's no había muchas casas, pero todas ellas tenían fantasmas colgados de los árboles, calabazas de plástico en el jardín y un par de ellas de verdad en el porche. Los Prescott habían colocado sobre el césped una gavilla de maíz, una bala de heno y varias calabazas y calabacines decorativos dispuestos con mucha gracia. Tomé mentalmente nota de comentarle a Lorinda Prescott, cuando volviera a encontrarme con ella en Wal-Mart o en la oficina de correos, lo precioso que le había quedado el jardín.

Cuando llegué a mi trabajo ya había oscurecido. Busqué el teléfono móvil para llamar a Fangtasia antes de entrar.

– Fangtasia, el bar con mordisco. Ven al mejor bar de vampiros de Shreveport, donde los no muertos toman sus copas cada noche -respondió una grabación-. Para horarios del bar, pulsa «uno». Para programar una fiesta privada, pulsa «dos». Para hablar con un humano vivo o un vampiro muerto, pulsa «tres». Y ten en cuenta lo siguiente: aquí no se toleran las llamadas de bromistas. Te encontraremos.

Estaba segura de que era la voz de Pam. Sonaba notablemente monótona. Pulsé el «tres».

– Fangtasia, donde todos tus sueños no muertos se hacen realidad -dijo una colmillera-. Te habla Elvira. ¿Con quién quieres que te ponga?

Elvira, vaya honor.

– Soy Sookie Stackhouse. Tengo que hablar con Eric -dije.

– ¿Podría ayudarte Clancy? -preguntó Elvira.

– No.

Elvira se quedó confundida.

– El amo está muy ocupado -dijo, como si a una humana como yo le costara mucho comprenderlo.

Era evidente que Elvira era una novata. O tal vez yo estuviera mostrándome excesivamente arrogante. Me había irritado esta «Elvira».

– Mira -dije, tratando de sonar agradable-. O me pones con Eric en menos de dos minutos, o creo que no va a estar muy contento contigo.