– Lugares muy pequeños -dijo con melancolía Claudine-. Pero muy especiales.
Me alegraba tener un pariente, como también lo hacía siempre al ver a Claudine, que era literalmente mi salvavidas. Pero estar con los dos gemelos juntos resultaba un poco agobiante, abrumador…, y al tenerlos tan cerca de mí, aplastada casi entre ellos (incluso Sam lo había visto), notaba que el olor de su sudor, ese olor que los hacía tan embriagadores para los vampiros, estaba asfixiando mi pobre nariz.
– Mira -dijo Claude, muy divertido-. Creo que tenemos compañía.
Arlene estaba acercándose y miraba a Claude como si hubiera divisado un plato lleno de carne a la barbacoa y aros de cebolla.
– ¿Quién es tu amigo, Sookie?
– Te presento a Claude -dije-. Es un primo lejano mío.
– Pues bien, encantada de conocerte, Claude -dijo Arlene.
Vaya jeta, teniendo en cuenta lo que sentía hacia mí últimamente y cómo me trataba desde que había empezado a asistir a las reuniones de la Hermandad del Sol.
Claude se mostró completamente indiferente. Se limitó a asentir.
Arlene esperaba más y después de un momento de silencio, fingió oír que le llamaba algún cliente de sus mesas.
– ¡Voy a buscar una jarra! -dijo animadamente, y desapareció. La vi inclinarse sobre una mesa y hablar muy seria con una pareja de tipos que no me sonaban de nada.
– Siempre me encanta veros a los dos, pero estoy trabajando -dije-. ¿Habíais venido simplemente a decirme que mi…, que Niall quiere saber por qué el teléfono sonó una vez y colgué?
– Y por qué no volviste a llamar para explicarte -dijo Claudine. Se inclinó para darme un beso en la mejilla-. Llámalo, por favor, esta noche cuando salgas de trabajar.
– De acuerdo -dije-. Pero sigo pensando que me habría gustado que me hubiese llamado él para preguntármelo. -Los mensajeros estaban muy bien, pero el teléfono era más rápido. Y me gustaría escuchar su voz. Si tan preocupado estaba por mi seguridad, e independientemente de dónde se hallara, no le costaba nada regresar un momento a este mundo para llamarme.
Podía haberlo hecho, pensé.
No sabía, por supuesto, lo que implicaba ser un príncipe de las hadas. Lo anotaría bajo el encabezamiento «Problemas a los que sé que jamás me enfrentaré».
Después de una nueva ronda de besos y abrazos, los gemelos salieron del bar y muchos ojos deseosos los siguieron en su avance hacia la puerta.
– ¡Vaya, Sookie, tienes amigos estupendos! -gritó Catfish Hennessy, y se produjo una oleada general de conformidad.
– He visto a ese tipo en un club de Monroe. ¿No se dedica al striptease? -dijo una enfermera llamada Debi Murray que trabajaba en un hospital de la cercana ciudad de Clarice. Estaba sentada con dos enfermeras más.
– Sí -dije-. Y además es el propietario del club.
– Buen aspecto y un buen botín -dijo una de las otras enfermeras. Se llamaba Beverly algo-. La próxima noche de las mujeres iré a verlo con mi hija. Acaba de romper con un auténtico perdedor.
– Bien… -Me planteé la posibilidad de explicar que Claude no se mostraría interesado por la hija de nadie, pero después decidí que no era un asunto de mi incumbencia-. Que os lo paséis bien -dije en cambio.
Como había perdido el tiempo con mis casi primos, tuve que apresurarme para satisfacer a todo el mundo. Y la clientela, pese a no haber disfrutado de mi atención durante la visita, se había entretenido con los gemelos, por lo que nadie estaba muy mosqueado.
Copley Carmichael apareció en el bar cuando estaba a punto de acabar mi turno.
Tenía un aspecto curioso, allí solo. Me imaginé que Marley estaría esperándolo en el coche.
Con su precioso traje y su caro corte de pelo, la verdad es que no encajaba mucho en aquel lugar, pero había que reconocérselo: se comportaba como si se pasase la vida en lugares como el Merlotte's. Me encontraba en aquel momento al lado de Sam, que estaba preparando un bourbon con Coca-Cola para una de mis mesas. Le expliqué quién era el desconocido.
Serví la copa y con un ademán de cabeza le indiqué al señor Carmichael una mesa vacía. Enseguida captó la indirecta y se instaló en ella.
– ¡Hola! ¿Le apetece tomar algo, señor Carmichael? -dije.
– Un whisky escocés single malt -dijo-. Me va bien cualquiera. He quedado aquí con alguien, Sookie, gracias por la llamada. Basta con que la próxima vez que necesites cualquier cosa me lo hagas saber y haré todo lo posible para hacerlo realidad.
– No es necesario, señor Carmichael.
– Llámame Cope, por favor.
– Hmmm. De acuerdo, voy a prepararle el whisky.
Yo no distinguía un single malt de un agujero en el suelo, pero Sam sí, naturalmente, y me entregó una copa reluciente con una buena dosis de whisky. Sirvo licores, pero apenas los pruebo. La mayoría de gente de por aquí bebe lo más evidente: cerveza, bourbon con Coca-Cola, gin-tonic y Jack Daniel's.
Deposité la copa junto con una servilleta en la mesa del señor Carmichael y regresé luego con un pequeño recipiente en el que había una mezcla de frutos secos.
Le dejé entonces solo, pues tenía más gente a la que atender. Pero seguí controlándolo. Me di cuenta de que Sam vigilaba también al padre de Amelia. Todos los demás, sin embargo, estaban demasiado enfrascados en sus conversaciones y sus bebidas como para prestarle excesiva atención al desconocido, que no era para nada tan interesante como Claude y Claudine.
En un momento en que no miraba, llegó una vampira y se sentó con Cope. No creo que nadie más que yo supiera de quién se trataba. Era una vampira realmente reciente, con lo cual quiero decir que había muerto en los últimos cincuenta años, y tenía el pelo prematuramente canoso y cortado con una discreta melena hasta la altura de la barbilla. Era menuda, en torno al metro cincuenta y cinco, curvilínea y firme allí donde debía serlo. Llevaba unas gafitas con montura plateada que eran pura afectación, pues nunca había conocido a ningún vampiro cuya visión no fuera absolutamente perfecta y, de hecho, más aguda que la de cualquier ser humano.
– ¿Le sirvo algo de sangre? -pregunté.
Sus ojos eran como un láser. En cuanto pasaba a prestarte atención, lo lamentabas.
– Tú eres Sookie -dijo.
No vi la necesidad de corroborar aquello de lo que tan segura estaba. Me quedé a la espera.
– Una copa de TrueBlood, por favor -dijo-. Caliente. Y me gustaría conocer a tu jefe, si pudieses ir a buscarlo.
Era más seca que una pasa. Pero ella era la clienta y yo la camarera. De modo que le calenté una TrueBlood y le dije a Sam que requerían su presencia.
– Voy en un minuto -dijo, pues estaba preparándole una bandeja llena de copas a Arlene.
Asentí y le serví la sangre a la vampira.
– Gracias -dijo educadamente-. Soy Sandy Sechrest, la nueva representante del rey de Luisiana en esta zona.
No tenía ni idea de dónde se había criado Sandy, pero había sido en Estados Unidos y no en el sur.
– Encantada de conocerla -dije, aunque sin ningún entusiasmo.
¿Representante en la zona? ¿No era una de las muchas funciones de los sheriffs? ¿Qué significaría aquello para Eric?
Sam se acercó a la mesa en aquel momento y me marché, pues no quería parecer curiosa. Además, probablemente después podría captarlo del cerebro de Sam si él decidía no contarme lo que quería la nueva vampira. Sam sabía bloquear sus pensamientos, pero para hacerlo necesitaba esforzarse mucho.
Los tres entablaron una conversación que se prolongó un par de minutos y luego Sam se excusó para volver a ponerse detrás de la barra.
De vez en cuando, miré de reojo a la vampira y al magnate para ver si necesitaban alguna cosa más, pero ninguno de los dos indicó que tuviera más sed. Estaban hablando muy serios y los dos mantenían una cara de póquer. La situación no me importaba lo suficiente como para tratar de descubrir los pensamientos del señor Carmichael y, naturalmente, Sandy Sechrest era completa oscuridad para mí.