– De acuerdo -dijo Sam pasado un buen rato-. De acuerdo, ha sido realmente… diferente.
– ¿Te sientes bien con todo esto? -Agité una mano en dirección al lugar donde se había situado Niall. Probablemente. A menos que lo que acabábamos de ver fuera una proyección astral o algo por el estilo.
– No soy yo quien tiene que sentirse a gusto con todo esto. Es más bien asunto tuyo -dijo Sam.
– Tengo ganas de quererle -dije-. Es tan bello y parece tan interesado… pero la verdad es que da mucho, mucho…
– Miedo -dijo Sam para completar la frase.
– Sí.
– ¿Y se acercó a ti a través de Eric?
Ya que por lo visto a mi bisabuelo le parecía bien que Sam conociera su existencia, le conté los detalles de mi primer encuentro con Niall.
– Hmmm. La verdad es que no sé qué opinar respecto a todo esto. Debido a la tendencia que presentan los vampiros a comerse a las hadas, los vampiros y las hadas no suelen interactuar.
– Niall es capaz de camuflar su olor -le expliqué con orgullo.
Sam sufría una sobrecarga de información.
– Otra cosa que no había oído decir nunca. Me imagino que Jason no tiene ni idea de todo esto.
– Oh, Dios mío, no.
– ¿Sabes que se pondría celoso y se enfadaría contigo?
– ¿Por el hecho de que yo conozco a Niall y él no?
– Sí. Le corroería la envidia.
– Sé que Jason no es la persona más generosa del mundo -empecé a decir, y me interrumpí cuando Sam resopló-. De acuerdo -dije-, es un egoísta. Pero sigue siendo mi hermano y tengo que estar a su lado. Aun así, tal vez sea mejor que no se lo diga nunca. De todos modos, y aun después de haberme dicho que mantuviera su presencia en secreto, he visto que Niall no ha tenido el más mínimo problema en cuanto a mostrarse ante ti.
– Supongo que antes habrá hecho sus comprobaciones -dijo en voz baja Sam. Me abrazó, un gesto que fue para mí una agradable sorpresa. Tenía la sensación de que necesitaba un abrazo después de la aparición de Niall. Le devolví el abrazo a Sam. Era cálido, y reconfortante, y humano.
Aunque ninguno de los dos fuéramos del todo humanos.
Pero al instante pensé: «Lo somos, también». Teníamos más en común con los humanos que con la otra parte de nosotros. Vivíamos como humanos; moriríamos como humanos. Conocía muy bien a Sam y sabía que deseaba tener una familia, alguien a quien amar y un futuro que incluía todo lo que los humanos normales y corrientes deseaban: prosperidad, salud, descendencia, risas. Sam no quería ser el líder de ninguna manada y yo no quería ser la princesa de nadie, aunque tampoco que cualquier hada de pura sangre pensara que yo no era más que un subproducto inferior de su propia maravilla. Ésa era una de las grandes diferencias entre Jason y yo. Él pasaría la vida deseando ser más sobrenatural de lo que era; yo había pasado la mía deseando serlo menos, si es que mi telepatía era realmente un hecho sobrenatural.
Sam me dio un beso en la mejilla y luego, después de un instante de duda, dio media vuelta para dirigirse a su tráiler, cruzó la verja situada entre el bien recortado seto y subió las escaleras que daban acceso al pequeño porche que había construido junto a la puerta. Cuando introdujo la llave en la cerradura, se volvió y me sonrió.
– Otra noche, ¿vale?
– Sí-dije-. Otra noche.
Sam me observó subir al coche e hizo un gesto para recordarme que cerrara las puertas con el seguro. Esperó a que le obedeciera y entró en el tráiler. Durante el camino de vuelta a casa anduve cavilando sobre preguntas profundas y preguntas superficiales, y tuve suerte de no encontrar tráfico en la carretera.
Capítulo 17
Cuando al día siguiente aparecí soñolienta, me encontré con Amelia y Octavia sentadas en la cocina. Amelia había agotado todo el café, pero había limpiado la cafetera y en cuestión de minutos tuve a punto mi tan necesitada taza. Amelia y su mentora mantenían una discreta conversación mientras yo farfullaba de un lado a otro sirviéndome unos cereales, añadiéndoles un poco de azúcar y vertiendo la leche por encima. Me encorvé sobre el tazón porque no quería derramar leche sobre mi camiseta de tirantes. Y, por cierto, empezaba a hacer demasiado frío como para andar por casa con camiseta de tirantes. Me puse una chaqueta barata hecha con tela de chándal y así pude acabar mi café y mis cereales a gusto.
– ¿Qué os lleváis entre manos vosotras dos? -pregunté, indicando con ello que ya estaba preparada para interactuar con el resto del mundo.
– Amelia me ha contado tu problema -dijo Octavia-. Y me comunicado también tu amable oferta.
¿Qué oferta?
Asentí con sensatez, como si supiera de qué me hablaba.
– No tienes ni idea de lo feliz que me hace poder irme de casa de mi sobrina -dijo ansiosa la mujer de más edad-. Janesha tiene tres pequeños, incluyendo uno que justo está empezando a caminar, y un novio que entra y sale. Duermo en el sofá del salón y cuando los niños se despiertan por la mañana, entran y ponen los dibujos. Aunque yo esté todavía durmiendo. Es su casa, claro está, y llevo ya semanas allí, de modo que han perdido la noción de que soy una invitada.
Comprendí que Octavia dormiría a partir de ahora en la habitación que había delante de la mía o en la que quedaba libre arriba. Prefería que fuese en la de arriba.
– Y ahora que soy mayor, necesito tener un lavabo más cerca. -Me miró con ese menosprecio irónico que muestra la gente cuando admite el paso del tiempo-. De modo que abajo me iría de perlas, sobre todo si tengo en cuenta la artritis de mis pobres rodillas. ¿Te he comentado ya que el apartamento de Janesha está en un piso alto?
– No -dije casi sin mover la boca. Jesús, qué deprisa había ido todo.
– Y ahora vayamos con tu problema. No practico la magia negra ni nada por el estilo, pero necesitas alejar de tu vida a estas dos mujeres, tanto a la enviada de la señorita Pelt como a ella misma.
Moví vigorosamente la cabeza en sentido afirmativo.
– De modo que hemos tramado un plan -dijo Amelia, incapaz de mantenerse callada por más tiempo.
– Soy toda oídos -dije, y me serví una segunda taza de café. La necesitaba.
– La manera más sencilla de librarse de Tanya, naturalmente, es contarle a tu amigo Calvin Norris lo que está haciendo -dijo Octavia.
Me quedé mirándola boquiabierta.
– Probablemente, esta solución daría como resultado que a Tanya le pasasen cosas bastante malas -dije.
– ¿No es eso lo que quieres? -La apariencia inocente de Octavia era realmente maliciosa.
– Bueno, sí, pero no quiero que muera. No quiero que le suceda nada que no pueda superar. Simplemente quiero que se marche y no regrese jamás.
– Que se marche y no regrese jamás suena a bastante definitivo -apuntó Amelia.
También me lo sonaba a mí.
– Lo diré con otras palabras. Quiero que viva su vida, pero lejos de mí -dije-. ¿Queda así bastante claro? -No pretendía ser cortante, sino simplemente expresar de forma correcta lo que pretendía.
– Sí, señorita. Creo que eso lo hemos comprendido -dijo Octavia empleando un tono gélido.
– No quiero que haya malos entendidos -dije-. Hay mucho en juego. Me parece que a Calvin le gusta Tanya. Por otro lado, estoy segura de que Calvin podría espantarla con total efectividad.
– ¿Lo suficiente como para que se fuese para siempre?
– Tendrías que demostrar que dices la verdad -dijo Amelia-. En cuanto a que quiere sabotearte.
– ¿Qué habéis pensado? -pregunté.
– Muy bien, te contaremos lo que hemos pensado -dijo Amelia, y me expuso a continuación la Fase Uno, algo que podría haber pensado por mí misma. La ayuda de las brujas, sin embargo, serviría para que el plan funcionase sobre ruedas.
Llamé a Calvin y le pedí que se pasase por mi casa a la hora de comer, cuando tuviera tiempo. Se quedó sorprendido al oírme, pero accedió a mi petición.