Y más sorprendido se quedó cuando entró en la cocina y encontró allí a Amelia y Octavia. Calvin, el líder de los hombres pantera que vivían en la pequeña comunidad de Hotshot, había coincidido ya varias veces con Amelia, pero no conocía a Octavia. La respetó de inmediato porque al instante reconoció su poder. Un detalle que fue de gran ayuda.
Calvin tendría unos cuarenta y cinco años, era fuerte y robusto, seguro de sí mismo. Empezaba a mostrar canas, pero caminaba erguido como si se hubiera tragado un palo y poseía un carácter calmado que impresionaba a todo el mundo. Estuvo durante un tiempo interesado por mí, y me dolía no haber podido sentir lo mismo. Era un buen hombre.
– ¿Qué sucede, Sookie? -dijo después de rechazar la oferta de unas galletas, un té o una Coca-Cola.
Respiré hondo.
– No me gusta ir contando chismes de la gente, Calvin, pero tenemos un problema -dije.
– Tanya -replicó de inmediato.
– Sí -dije, sin molestarme en esconder lo aliviada que me sentía.
– Es muy astuta -dijo, y no me gustó nada sentir cierto tono de admiración en su voz.
– Es una espía -dijo Amelia. Amelia iba directa al grano.
– ¿De quién? -Calvin ladeó la cabeza hacia un lado, sin estar sorprendido pero con curiosidad.
Le conté una versión resumida de la historia, una historia que estaba tremendamente harta de repetir. Pero Calvin necesitaba saber que tenía un gran problema con los Pelt, que Sandra me perseguiría hasta la tumba, que Tanya era pesada como un tábano.
Calvin estiró las piernas mientras escuchaba, con los brazos cruzados sobre su pecho. Llevaba unos pantalones vaqueros nuevos y una camisa de cuadros. Olía a árboles recién cortados.
– ¿Quieres lanzarle un hechizo? -le preguntó a Amelia cuando yo terminé con mi explicación.
– Queremos -dije-. Pero necesitamos que la traigas aquí.
– ¿Cuál sería el efecto? ¿Le haría algún daño?
– Perdería el interés por hacerle daño a Sookie y a su familia. Ya no querría seguir obedeciendo a Sandra Pelt. No le haría ningún daño físico.
– ¿Le supondría un cambio mental?
– No -dijo Octavia-. Pero no es un hechizo tan seguro como el que la llevaría a no querer venir por aquí nunca más. Si le practicásemos este último, se iría de aquí y no querría volver jamás.
Calvin reflexionó sobre el tema.
– Esa chica me gusta -dijo-. Está llena de vitalidad. Pero me preocupan los problemas que está causando entre Jason y Crystal y he estado pensando en qué pasos dar para que Crystal deje de gastar como una loca. Me imagino que el tema está bien claro.
– ¿Te gusta? -pregunté. Quería todas las cartas sobre la mesa.
– Eso he dicho.
– No, me refiero a si te «gusta».
– Bueno…, nos lo pasamos bien los dos de vez en cuando.
– No quieres que se vaya -dije-. Quieres intentar la otra alternativa.
– Es más o menos eso. Tienes razón: no puede quedarse y seguir tal como es. O cambia su forma de ser, o se marcha. -No parecía muy satisfecho con la idea-. ¿Trabajas hoy, Sookie?
Miré el calendario de la pared.
– No, es mi día libre. -Iba a tener dos días libres seguidos.
– Iré a buscarla y la traeré aquí esta noche. ¿Tendrán las señoras tiempo suficiente para prepararlo todo?
Las dos brujas se miraron y se consultaron en silencio.
– Sí, será suficiente -dijo Octavia.
– Llegaremos hacia las siete -dijo Calvin.
El asunto iba inesperadamente sobre ruedas.
– Gracias, Calvin -dije-. Has sido de gran ayuda.
– Si funciona, mataremos varios pájaros de un solo tiro -dijo Calvin-. Ahora bien, si no funciona, claro está, estas dos señoras dejarán de estar en mi lista de personas favoritas. -Su voz sonó completamente prosaica.
Las dos brujas no quedaron muy satisfechas.
Calvin vio entonces a Bob, que acababa de entrar en la estancia.
– Hola, hermano -le dijo Calvin al gato. Miró a Amelia con ojos entrecerrados-. Me parece que no siempre te salen bien los trucos.
Amelia dio la impresión de sentirse culpable y ofendida al mismo tiempo.
– Éste funcionará -dijo entre dientes-. Ya verás.
– Eso espero.
Pasé el resto del día dedicada a la colada, repasándome las uñas, cambiando las sábanas…, todas esas tareas que reservas para cuando tienes tu día libre. Pasé por la biblioteca para cambiar mis libros y no sucedió absolutamente nada. Estaba de guardia una de la ayudantes a tiempo parcial de Barbara Beck, lo que me vino muy bien. No me apetecía recordar otra vez el horror del ataque, como me sucedería a buen seguro durante mucho tiempo cada vez que me encontrara con Barbara. Me di cuenta de que la mancha había desaparecido del suelo de la biblioteca.
Después fui al supermercado. No hubo ataques de hombres lobo, ni aparecieron vampiros. Nadie intentó matarme a mí ni a ningún conocido mío. No aparecieron nuevos parientes secretos y absolutamente nadie intentó involucrarme en sus problemas, maritales o del tipo que fuese.
Cuando llegué a casa, podría decirse que todo apestaba a normalidad.
Me tocaba cocinar y decidí hacer unas costillas de cerdo. Cuando preparo mi mezcla favorita para empanar lo hago en grandes cantidades, de modo que dejé las costillas en remojo con leche y luego las rebocé con la mezcla para que estuvieran listas para introducir en el horno. También dejé hechas unas manzanas rellenas con pasas, canela y mantequilla, que puse en el horno, y a continuación aliñé unas judías verdes de lata, un poco de maíz también de lata y lo puse a calentar a fuego lento. Al cabo de un rato, abrí el horno para poner la carne. Pensé en preparar también unas galletas, pero me pareció que ya teníamos suficientes calorías en marcha.
Mientras yo cocinaba, las brujas estaban en la sala de estar preparando sus cosas. Me dio la impresión de que se lo pasaban en grande. Oía la voz de Octavia, que me recordaba la de una maestra. De vez en cuando, Amelia le formulaba una pregunta.
Mientras cocinaba, siempre solía murmurar para mis adentros. Confiaba en que el hechizo funcionase y me sentía agradecida con las brujas por mostrarse tan solícitas y querer ayudarme. Pero me sentía un poco dejada de lado en el ámbito doméstico. La breve mención que le había hecho a Amelia diciéndole que Octavia podía quedarse con nosotras por una temporada había sido algo provocado por el calor del momento. (Estaba segura de que a partir de ahora vigilaría mejor mis conversaciones con mi compañera de casa). Octavia no había mencionado si se quedaría en mi casa por un fin de semana, un mes o por un periodo de tiempo indefinido. Y eso me daba miedo.
Me imaginaba que podría haber acorralado a Amelia y decirle: «No me has preguntado si Octavia podía quedarse justo ahora en este momento, y estamos en mi casa». Pero tenía una habitación libre y Octavia necesitaba un lugar donde hospedarse. Era un poco tarde para descubrir que no me sentía del todo feliz al tener una tercera persona en la casa…, una tercera persona a la que apenas conocía.
Tal vez pudiera encontrarle un trabajo a Octavia, pues unos ingresos regulares le permitirían ser independiente y marcharse de aquí. Me pregunté sobre el estado de su casa en Nueva Orleans. Me imaginé que estaría inhabitable. Pese a todo el poder que tenía, supuse que ni siquiera Octavia podía deshacer el daño que el huracán había ocasionado. Después de sus referencias a las escaleras y a su cada vez mayor necesidad de ir al baño, revisé su edad al alza, pero seguía sin parecerme mayor de…, digamos, sesenta y tres años. Era prácticamente una polluela, hoy en día.
A las seis llamé a Amelia y Octavia para que vinieran a la mesa. Estaba todo preparado y había servido té helado, pero les dejé que se sirvieran ellas mismas su plato directamente de la bandeja del horno. No es elegante, pero así me ahorraba platos.
Comimos sin hablar mucho. Las tres estábamos pensando en la velada que teníamos por delante. Por mucho que me desagradara, me sentía un poco preocupada por Tanya.